El artista cubano celebra 40 años y nos abre las puertas de su casa. Se fue de su país natal cuando la isla caribeña atravesaba, quizás, el peor momento de su historia.

 

 

Son las doce de la mañana de un viernes y hemos quedado con el artista Flavio Garciandía en su casa-estudio para hablar de su trabajo en un momento cúspide de reconocimiento profesional. Es un día despejado y las calles de la capital mexi­cana rebosan vida en todas direccio­nes. Llegando a su tranquilo barrio, el ruido de la metrópoli es acallado entre la sombra de los árboles. Me reciben su sonrisa y el traqueteo de Lula, una simpática compañera canina que va con él a todas partes.

Flavio Felipe Garciandía de Oraá nació en 1954 en Caibarién, una peque­ña ciudad cubana con una población de 26,000 habitantes y un activo puerto aduanero. Vive desde 1995 en México, pero 20 años no han podido borrar su acento. Se fue de su país natal cuando la isla caribeña atravesaba, quizás, el peor momento de su historia. Dice que fue una buena oportunidad “poder salir de Cuba y venir a vivir a México, donde me he sentido como en casa”.

Su obra está desde los años setenta en colecciones permanentes por todo el mundo, desde el Museo de Bellas Artes de La Habana hasta el Museo de Arte Blanton en Austin (Texas), pasando por el Museo de Arte Moderno de Lodi, uno de los más importantes de Polonia. Destacamos el museo estadounidense de arte contemporáneo Albright-Knox Art Gallery, que acaba de adquirir un cuadro suyo este año y lo ha puesto inmedia­tamente en exhibición al lado de una pintura de Mark Rothko, el aclamado artista neoyorquino de mediados del siglo pasado —asociado al expresionis­mo abstracto, que batió récords en las subastas en 2012 cuando Orange, Red, Yellow (1961) fue adquirido por 86.8 millones de dólares en Christie’s.

El primer cuadro de Flavio fue adqui­rido en la década de 1970 por Manuel Alfredo Sosabravo, un prestigioso artista cubano, por la insignificante cifra de 22 dólares de la época. Garciandía relata la anécdota: “Para mi sorpresa, Sosabra­vo dijo: ‘Quiero esa obra’”. Hoy en día trabaja con la galería Mai 36, de Zúrich, y su trabajo cotiza en un rango de entre 20,000 y 50,000 dólares. Este año en Zona Maco un coleccionista particular compró una de sus últimas creaciones por 33,000 dólares. El lienzo se titula MIFUNE, aludiendo al actor japonés Toshiro Mifune.

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El derecho a no ser  heroico ni sublime  (o a serlo sin vergüenza)

Resumiendo diremos que Flavio ha des­empeñado un papel crucial en el desarrollo del arte cubano en las décadas de los ochenta y noventa. Pertenece a la llamada Generación de los 70 junto a Manuel Alcaide, Rogelio López Marín (Gory), Cosme Proenza y José Omar. Flavio lleva 40 años participando en los eventos artísticos más significativos del planeta, como la Bienal de París, la Bienal de La Habana, la Bienal de São Paulo, la Bienal de Venecia o la Bienal de Sídney.

En 2006, con motivo de la novena Bienal de La Habana, presentó un proyecto para las salas del Museo Nacional de Bellas Artes que tituló Auge o decadencia del arte cubano, en el que pidió a 158 artistas cubanos renunciar a su poética personal para pintar un lienzo colectivo regalando al panorama de la cultura cubana su más explosiva paradoja.

De niño no destacó especialmente por sus dibujos; de hecho, empezó estudiando violín. Recuerda que la timidez le hizo re­chazar la idea de dar conciertos en público. Un día, a los ocho años, le dijo a su madre: “Se acabó el violín, quiero pintar.” Afortu­nadamente ella le respondió: “¡Adelante!” Sus años de formación —la década de los sesenta— coincidieron con una etapa especial­mente floreciente de la plástica cubana.

Con 28 años expuso en una muestra de arte cubano en la Westbeth Gallery de Nueva York. A los 47 hizo su primera exposición personal en la misma ciudad en la Galería Ramis Barquet, exhibición que fue reseñada en The New York Times por la crítica de arte Roberta Smith.

La beca que obtuvo en los noventa para estudiar en Kassel le permitió exponer en Alemania, y como muchos coetáneos suyos, puso de manifiesto la emigración sucesiva de los artistas plásticos más jóvenes de Cuba. Después se trasladó a Nueva York, donde desarrolló la serie Una visita al Mu­seo de Arte Tropical, que “es una revisión de los clichés de lo que es ser un artista en el trópico. Es un juego y, a la vez, una reflexión crítica”.

 

El derecho a dejarse influir

“A partir de mi primera exposición en 1974, mi trabajo reflejó una gran preocu­pación por asimilar diversas manifestacio­nes del arte contemporáneo.”

Su obra trata la historiografía de la pin­tura, colmándose de citas. “Es una revi­sión de lo que constituyen mis paradigmas en el arte moderno y contemporáneo.” Esta metalingüística que caracteriza su producción la ha llevado a ser calificada como posmoderna. Se inventó una serie de situaciones en que ciertos artistas que para él son paradigmáticos iban a Cuba. Él tenía un altercado con cada uno de ellos, los insultaba. “Fue entonces que insulté a Baldessari en La Habana, en una especie de homenaje muy paradójico y extraño.”

A través de títulos y con un componen­te muy importante de humor, involucra a los artistas más importantes del escenario internacional. “Mi obra surge precisamen­te de la relación que tengo con los artistas que considero paradigmáticos.” A partir de 2004 también hace referencia a perso­nalidades de la política. “No soy un artista que encuentre un estilo y lo desarrolle”, comenta. “Lo que me gusta es el proceso y estar investigando constantemente. Pro­ponerme cosas nuevas, más que nada para no aburrirme de mí mismo… Parece que mi obra es obra de varios autores, porque hay desde hiperrealismo o fotorrealismo de los años setenta hasta obra abstracta o con un énfasis conceptual mayor.”

La pintura como material es el centro de su trabajo, sobre todo a partir de que la obra tomó una variante abstracta más definida. “El color es lo que le da una es­pecie de sello. A través del color se da un statement, una aclaración. Esto es lo que quiero hacer con el color.” Generalmente son tonos pastel en una clave muy alta los que dominan su paleta. Precisamente lo que puede ser definido como un estilo, no le interesa que sea definido como tal, sino como una particularidad de su trabajo.

En 2006 publicó I Insulted Flavio Garciandía in Havana, un libro antoló­gico que recorre gran parte de su obra a lo largo de 35 años. La edición estuvo a cargo de la editorial Turner y se impri­mió en Verona, Italia. “Es una imprenta que tiene gran prestigio en libros de arte y el resultado fue bastante satisfactorio”, comenta orgulloso.

 

La musa llega trabajando (o ya estaba allí antes  de empezar)

Garciandía trabaja casi todos los días, aunque su obra ya no resulta tan prolí­fica. “Ahora me tomo mi tiempo”, dice, a pesar de que siempre está “más o menos trabajando”. Tiene el estudio en su casa y eso significa que está creando todo el día. “Si trabajo mucho un día, al siguiente no puedo trabajar”, alega el pintor. Para él, pintar es sinónimo de ponerse nervioso; tiene que tomar mil decisiones sobre lo que va a hacer.

“Ser artista implica una vocación muy grande que no todo el mundo posee”, explica. “El carácter tautológico del arte implica un alto grado de especialización, de qué es el arte, de qué le ha precedi­do. Creo que se nace artista. He tenido muchos alumnos, y cuando alguien tiene ese sentido de proyectarse como artista se ve enseguida.”

La única razón por la que se hubiera involucrado en otros proyectos hubiera sido por la posibilidad de involucrarse en el cine, pero “ser pintor implica que todas las decisiones las tomo yo, y eso me gusta más. Siempre he tenido un sentido de vocación y pertenencia muy grande hacia el mundo del arte”.

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