El tiempo juega al escondite en las private haciendas de Catherwood Travels, en lo más profundo de la selva yucateca. Pasado y presente se funden entre restos prehispánicos, pirámides mayas, gloriosas ruinas de la época colonial y modernas villas de estilo zen. Un fascinante viaje desde la Belle Époque del henequén al lujo contemporáneo más exclusivo.

Paul Morand, escritor y diplomático francés que hizo del cosmopolitismo un arte, escribió que “todo viaje es una nueva vida, que nos es ofrecida en el interior de la otra. ¡Aprovechémoslo!”.

Con esas palabras escritas en nuestro Moleskine mental, nos adentramos en la selva yucateca, tras aterrizar en el aeropuerto de Mérida, con la visión de un camino que discurre en línea recta entre una frondosa vegetación, iluminada súbitamente por ráfagas de sol. En la antigua carretera de Uxmal a Umán, es fácil revivir mentalmente el shock que para las grandes familias del siglo XIX, esa élite conocida con el nombre de Casta Divina, tenía que suponer el abandonar sus palacios en Mérida, construidos con todo el lujo de la Belle Époque, para adentrarse en lo más profundo de la selva, en una época convulsa en la que vivir o morir valía lo que una medalla, una antigüedad o una vajilla de plata.

Si cerramos los ojos, es fácil oír “el sonido de una gigantesca hoguera donde arde el tiempo, todos los años y todos los calendarios de pergamino, todas las horas apiladas en llamas”. Es como si Ray Bradbury nos hablase directamente desde el asiento del copiloto, mientras nos dirigimos a nuestro primer destino: la Hacienda Itzincab.

Las haciendas yucatecas surgieron en la segunda mitad del siglo XIX por impulso de las antiguas familias que desde la época colonial poseían grandes propiedades maicero-ganaderas que, con el auge del henequén, transformaron en fábricas de este material con el que se fabricaban prácticamente todas las maromas y cordeles para el resto del mundo. En menos de cien años, un puñado de hidalgas dinastías acumularon fortunas formidables que les permitían mantener sus palacios en Mérida, alquilar barcos completos para emprender el Grand Tour europeo e instalar líneas eléctricas privadas que conectaban sus haciendas con la residencia familiar. Se trataba de pequeños mundos en miniatura con sus propias leyes, comercio y, en algunos casos, hasta moneda. Pero esa bonanza se evaporó en las primeras décadas del siglo XX con la aparición de las fibras textiles artificiales, cuya producción era más fácil y más barata.

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De la noche a la mañana, las haciendas quedaron abandonadas a su suerte, convirtiéndose en muchos casos —la mayoría— en venerables ruinas devoradas por la selva, que permanecían como testigos mudos de una época legendaria hasta que Roberto Hernández, exdirector y actual presidente honorario de Banamex, adquirió algunas de ellas —que hoy componen el portfolio de The Haciendas, A Luxury Collection Hotel— y les devolvió su esplendor original. Además, de la mano de su hija, Marilú Hernández, creó la Fundación Haciendas del Mundo Maya (FHMM), que ejerce un vínculo entre pasado y presente al tiempo que promueve las comunidades de artesanos locales.

Atravesamos la puerta de entrada de la Hacienda Itzincab de Cámara, que nos franquea un empleado vestido de blanco, y nos internamos en un túnel vegetal que acaba ante la entrada de la casa principal. Arriba, sobre la escalinata de piedra, nos esperan para darnos la bienvenida con agua de lima, como en plena Belle Époque: “Bienvenido a Itzincab, este será tu cuarto”. Se trata de una amplísima estancia, la habitación del patrón, con las paredes pintadas en ocre y rojo pompeyano, una hamaca tejida por las artesanas locales, una enorme cama de sábanas crujientes, una terraza privada con vistas al jardín y una pequeña alberca ubicada en la parte posterior. ¿Se puede pedir más? Sí, un almuerzo casero, servido en una galería, con recetas yucatecas tradicionales y, después, una siesta en una de las dos albercas situadas junto a la antigua capilla. En el duermevela, entre el sueño y la vigila, vislumbramos a un pájaro toh, con su cola como un péndulo turquesa, encaramado en un árbol.

Tradicionalmente, las haciendas se ubicaban en antiguos asentamientos mayas, por lo que casi todas cuentan con restos arqueológicos y un cenote privado. Itzincab, cuya etimología viene de la fusión entre dos vocablos —“itsi’n”, que significa hermano; y “cab”, tierra— no es una excepción. En un extremo de la casa se levantan los restos de una pirámide desde cuya cima se puede contemplar la puesta de sol y una vista incomparable de la selva.

Por la mañana, tras un desayuno en las ruinas de la Casa de Máquinas, a los pies de la totémica chimenea de la hacienda, conocemos la labor de la Fundación Haciendas del Mundo Maya de la mano de su directora, Carola Díez. La pasión de esta argentina, licenciada en Ciencias Políticas, es contagiosa; un puñado de mujeres sabias —y autosuficientes— nos explican en qué consiste su trabajo: bordados de una belleza simple y honesta, dijes esculpidos en cuerno de toro que no tienen nada que envidiar a la pureza de un diseño de Elsa Peretti, jabones elaborados con ingredientes naturales… “Son mujeres de una enorme dignidad que han aprendido a administrar su propia empresa. No son sólo artesanas, son empresarias”, explica Carola.

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Nos despedimos antes de emprender viaje a la zona arqueológica de Kabah, con un guía de excepción: Humberto Gómez, historiador y experto. El primer informe detallado sobre el sitio fue publicado en 1843 por John Lloyd Stephens y Frederick Catherwood. Casi 200 años después, las ruinas siguen conservando intacto el mismo misterio. El Palacio de los Mascarones o Codz Poop, con sus sofisticados jeroglíficos, es una incógnita que remite a la eterna pregunta: ¿cómo pudieron los mayas llegar a semejante perfección sin utilizar la rueda? ¿Por qué desapareció esta civilización?

Mientras el profesor Gómez desentraña algunas de las teorías que intentan arrojar luz sobre este enigma, llegamos a Xocnaceh, otra impresionante hacienda, que aún no ha sido restaurada, pero que alberga en su interior joyas como la capilla —donde descubrimos un aperitivo tradicional, el Sikil Pak, una pasta de semillas de calabaza, tomate y cilantro—, una pirámide maya o una alberca al aire libre. De pronto, estalla una tormenta: el efecto del agua sobre el agua es tan hipnótico como irresistible.

Al caer la tarde, emprendemos camino a nuestro próximo destino, la Hacienda Tamchen, otro de esos lugares en los que el tiempo juega a las sombras chinescas con el pasado y el presente. La casa original, que alberga dos dormitorios —el principal es casi como un departamento, con su propia terraza, alberca y jacuzzi—, comedor y una sala de meditación, contrasta con las dos villas de estilo zen construidas en un extremo del jardín, que cuentan con alberca privada. La infinity pool, rodeada por un estanque de nenúfares, es el centro neurálgico sobre el que gravita la vida de la hacienda. La comida, elaborada por doña Juanita, cocinera tradicional yucateca, es deliciosa y su pastel de aguacate, uno de esos placeres que la memoria atesora como la magdalena de Proust.

Hacienda Tamchen

Hacienda Tamchen

SECRETOS DEL MUNDO MAYA

Tras un almuerzo ligero, nos dirigimos a otra de las haciendas privadas de Catherwood, Tixnuc, donde nos espera Alfonso Morales Cleveland —discípulo de la epigrafista Linda Shelley en la Universidad de Texas y mano derecha de la investigadora maya Merle Green Robertson—, uno de los arqueólogos más célebres de México, quien nos devela algunos secretos sobre Palenque. Su sentido del humor es tan afilado como la hoja de obsidiana de un cuchillo maya. Cenar con este experto en la antigua capilla es todo un privilegio.

A la mañana siguiente, recorremos la selva yucateca en compañía de Hugo Lizama. El estado cuenta con 444 especies de aves, lo que representa cerca del 50% de las registradas en el país, por lo que Yucatán se ha convertido en una auténtica meca para ornitólogos y aficionados de todo el mundo. Faisanes, loros, guacamayas, colibrís, cardenales, ruiseñores, codornices, y el pájaro Toh que nos dio la bienvenida en Itzincab y que, esta mañana, también lo hace cuando llegamos a la Hacienda Cuzumal, un compendio de todo lo que hemos visto hasta ahora con restos prehispánicos, las ruinas de una antigua pirámide maya, un cenote privado al aire libre en el que es posible —y casi obligado— sumergirse; la huella colonial en las líneas originales de la casa principal; y la más moderna arquitectura en los tres pabellones construidos en torno a un estanque artificial de nenúfares.

Cenote privado, Catherwoods.

Cenote privado, Catherwoods.

La habitación del patrón se encuentra situada en la parte posterior, con mobiliario en madera de tzalam (nogal mexicano), parte de la mampostería original y un baño con una enorme tina esculpida en un bloque de piedra, desde el que se accede a una pequeña alberca privada. Tras el almuerzo, estalla una tormenta tropical con toda su intensidad. Las gotas rebotan sobre el agua de la alberca, flanqueada por palmera a un lado y hamacas por otro. El dolce far siente elevado a la categoría de arte… Así es Cuzumal, así son estas haciendas, así es Yucatán: un lugar donde ser feliz no es una obligación, si no una consecuencia.

LOS NUEVOS PIONEROS

Frederick Catherwood, uno de los viajeros más célebres de la historia, exploró Yucatán en el siglo XIX y documentó esta experiencia en el libro Incidentes de viajes a Yucatán. En la actualidad, el viajero que quiere revivir ese espíritu aventurero sin renunciar a los parámetros del máximo lujo, puede hacerlo de la mano de Catherwood Travels, quienes organizan experiencias a medida, como visitar las ruinas mayas con arqueólogos y expertos, o dormir en algunas de las joyas arquitectónicas que engrosan la colección de Private Villas & Haciendas.

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