Hermès desvela, hasta el próximo 12 de junio, los secretos de sus ateliers en la Ciudad de México. En el espejo de agua del Parque Lincoln, en Polanco, una carpa alberga el trabajo de algunos de sus mejores artesanos, quienes dan vida a fetiches de lujo elaborados con un mimo exquisito.

Fotos: Julio Hernández

En el corazón de Polanco, Hermès ha orquestado un espacio lleno de imaginación para contar qué hay detrás de cada uno de los objetos que se manufacturan en el sanctasanctórum de sus talleres. “Para elaborar un objeto Hermès se requiere talento, materias, herramientas, emoción, inteligencia… Detrás de cada terminado, hay un inicio. Detrás de cada proeza técnica, un largo aprendizaje. Detrás de cada gesto ajustado, la herramienta adecuada, con su historia y su nombre”, explican desde la maison.

Hermès a puertas abiertas es un encuentro organizado por la casa francesa hasta el próximo 12 de junio para mostrar el complejo proceso que se esconde tras las realización de cada una de sus piezas —desde las sillas de montar a un ícono como la bolsa Kelly, pasando por sus célebres carrés estampados, corbatas, relojes y exquisitas vajillas—: pasión por la creatividad sin prisas y la artesanía contemporánea, heredera de un legado que se remonta a casi 180 años (se fundó en 1837). No se trata de una exhibición al uso pensada para satisfacer la curiosidad de los clientes de Hermès, sino de una demostración práctica del mejor savoir-faire artesano, de sus saberes y procesos creativos, al alcance de todos, ya que la muestra es libre y gratuita.

A través de ocho estaciones, se van desgranando algunos de los trabajos seculares que han convertido a esta casa en epítome de lujo a nivel mundial. El trabajo del marroquinero sobre la piel, del pintor de porcelanas —con un pantone de colores que emplea en su trabajo, ya sea gracias a un pincel de pelo de marta o una pluma—, de la enrolladora —quien efectúa el terminado de todos los carrés; se requiere de doce meses de aprendizaje para estar cualificada—, el grabador de seda —un diseño compuesto por 30 colores y, por tanto, de 30 secciones, implica de 400 a 600 horas de trabajo manual—, el impresor de seda —que trabaja con la técnica llamada de “marco plano” o “marco de Lyon”, que data de los años 30—, la confeccionista de corbatas —que emplea un único hilo de montaje, lo que le brinda un tacto y una caída fácilmente reconocibles—, el relojero —que arma un sabio rompecabezas mecánico cuyas piezas interactúan con total precisión— y el guarnicionero —que transforma cada silla de montar en una auténtica obra de arte con sus almohadillas, faldones y hebillas— se van mostrando en cada una de estas estaciones, como un via crucis gozoso en el que no hay lugar para la precipitación o lo instantáneo.

Cada gesto requiere su tiempo, y cada parte del proceso arroja luz sobre cómo funcionan los talleres de esta maison: como un auténtico rompecabezas, un mosaico de oficios tradicionales que han continuado existiendo gracias al tesón de Hermès y su apuesta por la manufactura más exquisita.

Cada uno de ellos realiza su trabajo a la vista de los visitantes y, con ayuda de un traductor, responde a cualquier duda. Así, por ejemplo, pudimos saber que una Kelly requiere de una media de 20 horas para su manufactura —es un largo proceso para ensamblar y coser 36 piezas de cuero mediante 680 puntadas y 16 pequeños remaches— y que la parte más complicada de realizar es el asa.

Durante estas jornadas de puertas abiertas, la flagship store de Hermès en El Palacio de Hierro de Polanco se unirá a la celebración con una serie de escaparates especiales creados por la artista belga Isabelle de Borchgrave, inspirados en las escenas cotidianas que se pueden ver en los diversos ateliers de la casa francesa.

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