A escasos metros del río Sena y de la Torre Eiffel se encuentra uno de los hospedajes más emblemáticos de La Ciudad de la Luz. Shangri-La tiene espíritu vinculado a la realeza y entrega lo más exclusivo de la capital francesa a sus invitados.

Por Pauline Trann

 

Llegué a París poco después del medio día, lo que me concedió el tiempo suficiente para hacer algunas compras en la avenida Montaigne. Al llegar al hotel dejé que el aristocrático botones tomara mi equipaje para llevarlo a las escalinatas de la entrada. Había escuchado sobre Shangri-La de boca de algunos conocidos –viajeros exigentes todos ellos–, así que me aseguré una entrada triunfal, es decir, con un número poco razonable de bolsas de shopping en las manos.

El botones me lanzó una sonrisa familiar, de una cordialidad hoy escasa, y abrió para mí las puertas de este palacio francés: pomposos chandeliers colgados en un largo corredor con piso de mármol me dieron la bienvenida a un lugar aristocrático, completamente ajeno al recato. Un manifiesto de exclusividad.

Rodeada de floreros y mesas barrocas de color dorado, continué el camino hasta encontrarme con la escalera principal, uno de los mayores atractivos del hotel. Me resultó difícil asimilar que por esas escalinatas alguna vez también corrieron los pasos del príncipe Ronald Bonaparte. Este edificio fue propiedad del sobrino-nieto del emperador Napoleón en 1896. Eso explica su decoración y los elementos de estilo Imperio y Art Nouveau en cada pasillo, sala y habitación.

Después de un recorrido casi museográfico llegué a mi habitación, donde encontré generosas amenidades. No podría haber sido de otra manera: Shangri-La es famoso por su hospitalidad. Inspeccioné cada rincón con afán de encontrar algo fuera de lugar, impreciso, inoportuno… En un hotel que ha hospedado a personajes de la realeza y celebridades de Hollywood sólo cabe la perfección.

El hotel cuenta con 101 habitaciones, incluyendo 36 suites,  diseñadas y decoradas con la misma elegancia y estilo imperial, obra del arquitecto Richard Martinet y del interiorista Pierre-Yves Rochon. Sólo una habitación genera máxima curiosidad entre los huéspedes: la suite Impériale, el antiguo apartamento privado de Ronald Bonaparte y la habitación más lujosa de este cinco estrellas.

Al día siguiente de mi llegada salí a explorar los espacios del hotel: el jardín interior –obra del paisajista Louis Benech–, el bar decorado con estilo imperio, la piscina techada de 15 metros, los grandes salones donde seguramente hubo fiestas y conspiraciones políticas, la sala fitness abierta 24 horas, con la posibilidad de ser asistido por un coach personal y, finalmente, uno de los spas más deliciosos del orbe. El primer establecimiento europeo de la cadena asiática Shangri-La Hotels & Resorts presume de una selección de tratamientos tradicionales traídos desde oriente y completados por la firma Carita.

Justo después de tomar uno de los cuatro tratamientos corporales dispuestos en el menú wellness, hice una pausa para recordar las sugerencias de mis exigentes amigos viajeros: “No olvides visitar Le Bar, el bartender prepara los mejores cócteles de París”. Aseguro que no estaban equivocados…

shangri-la.com/paris

hospedaje_lujo_paris
 

Siguientes artículos

Silversea Cruises: un tesoro de memorias marinas
Por

Un tesoro, como en las historias de piratas que nos contaban de niños, fue lo que encontramos al adentrarnos en el azul...