Iris Apfel, una leyenda dentro de la industria de la moda, ha colaborado con la casa platera Tane en una colección de joyas que recupera el espíritu irreverente y audaz que la ha hecho mundialmente célebre a sus 94 años: “Soy como soy, si te gusta perfecto; y si no, también”.

Pocas veces un icono de la moda —sea lo que sea que eso signifique— te recibe en albornoz y zapatillas. Sin embargo, Iris Apfel nos recibe en la suite del hotel St. Regis con la cara lavada, sentada en su silla de ruedas, sin alharacas y sin quejas, sin el menor asomo de divismo, y puede permitírselo, aunque sólo sea porque a su edad (94 años) puede hacer lo que le venga en gana. Pero esta “niña de la Gran Depresión”, como ella misma se define, creció con unos valores muy diferentes a los que priman hoy. Disciplina, perseverancia, esfuerzo… y ahorro. A los 11 años, ya compraba su propio vestuario porque su madre trabajaba y no tenía tiempo de ir de compras con ella. Aún recuerda el primer outfit que adquirió para la Pascua.

“Entonces todo el mundo se compraba algo para estrenar ese día y lo lucía por la Quinta Avenida. Lo llamaban el Desfile de Pascua. Era precioso. Así que mi madre me dijo: ‘Lo siento, Iris. Si quieres un vestido nuevo, tendrás que encontrarlo tú sola’. Y me dio la magnífica suma de 25 dólares, que era un montón de dinero para la época”. Por 12.95 dólares se compró un vestido en una tienda de saldos en el centro, un sombrero por tres dólares, unos zapatos en una zapatería “cuyo dueño se convirtió en mi cliente años después y cuyo hijo es ahora un gran diseñador de calzado, Stuart Weitzman”, y le sobró dinero para almorzar y regresar a casa. “Mi madre siempre me dijo que tenía muy buen gusto, y mi padre, que era buena economista. Ese ha sido el secreto”, admite.

Hoy, en la mitad de su novena década, esta indómita veterana puede echar la vista atrás y sonreír satisfecha. A lo largo de su vida ha sido empresaria, interiorista —ha trabajado con nueve presidentes de Estados Unidos en la decoración de la Casa Blanca desde 1950 hasta 1992: Truman, Eisenhower, Nixon, Kennedy, Johnson, Carter, Reagan y Clinton— y propietaria, junto a su difunto marido, Carl Apfel, de la empresa textil Old World Waevers (Tejedores del Viejo Mundo), dedicada a la fabricación de textiles de lujo, tapicerías y copias de telas de diversos periodos. Gracias a su labor como zahorí de rarezas, viajó por todo el mundo en busca de las telas más exquisitas, que luego utilizaba para decorar las casas de clientes como Estée Lauder, Greta Garbo o Jacqueline Onassis.

Sin embargo, la fama no le ha llegado por ser “la decoradora de los famosos” —un título que sin duda a Iris Apfel le horrizaría—, sino por su guardarropa. En 2005, a los 84 años, el Metropolitan Museum de Nueva York le dedicó una exposición monográfica en el Costume Institute con el título Rara Avis y, de la noche a la mañana, se convirtió en “la anciana debutante de la moda”. Es algo que, en la actualidad, le sigue sorprendiendo, pero a su edad Iris mantiene una postura bastante crítica frente a este fenómeno.

“Vivimos una cultura de la fama y me parece horrible. Hace años tenías que hacer algo para ser una celebridad, hoy puedes hacer las cosas más espantosas y eres una celebrity. No quiero mencionar nombres. Es algo muy triste, porque la gente trata de imitarlo y son… mediocres”, afirma.

Iris, que ha llegado a la Ciudad de México hace menos de 48 horas y el día anterior lo ha tenido totalmente ocupado con sesiones de fotos, atiende a la prensa con algo de retraso. “El vuelo fue una agonía, perdí el avión y llegué tarde. Ayer estuve todo el día trabajando y aunque me levanté mal, estoy aquí con ustedes. Y esta noche es la fiesta”, se relame.

Esa noche, en efecto, es la puesta de largo de Iris, la colección que esta leyenda de la moda ha diseñado en colaboración con Nino Bauti, director artístico de la casa joyera mexicana Tane. Barbara Berger, buena amiga de Iris, esposa del joyero mexicano Mauricio Berger y, como ella, coleccionista de joyas, les presentó a ambos y, tras una cena en el restaurante del hotel Carlyle en Nueva York, se decidió a colaborar con Tane. El resultado, según sus propias palabras, es “una colección muy versátil que puede llevar todo tipo de mujer, desde la más conservadora a la más aventurera. No tuve en mente a un tipo determinado ni tampoco a una power woman, aunque reconozco que es una colección muy poderosa, ya que la unión de la plata y la madera es muy poco usual”.

Las grandes protagonistas de la colección son las cadenas, uno de los fetiches de Iris y uno de los signos distintivos de la casa mexicana. “Ya conocía la marca y siempre me han encantado las cadenas, así que cuando Nino me dijo que Tane era experta en eslabones decidimos improvisar”, asegura. A su lado, el director artístico apunta: “Comenzamos con seis piezas y luego lo ampliamos a 25, porque en el proceso creativo Iris se fue emocionando mientras se implicaba cada vez más”.

Durante su visita a la Ciudad de México, junto a visitas obligadas, como la Casa Azul o el Museo de Antropología, Iris solicitó ver algún mercado de artesanía. “Soy una loca de los mercadillos, están en lo más alto de la lista. A lo largo de mi vida he visto textiles de una calidad extraordinaria y estoy muy interesada en todo lo hecho a mano”, asegura. Esa ha sido precisamente la clave de su estilo, lo que ella llama mix & match: mezclar piezas couture de Balenciaga, Chanel, Armani o Ninna Ricci con prendas de mercadillo. Para Iris no hay reglas ni mucho menos esa cárcel de oro llamada “buen gusto”. “No le puedes enseñar a nadie lo que es el estilo. Lo tienes o no”, afirma.

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Su relación con la moda, que le ha llevado a dar clases a sus 90 años en la Universidad de Texas, data de su familia. “Mi madre era una mujer muy bien vestida y teníamos una casa bellísima. Mi padre trabajaba en el negocio de la importación y traía cosas hermosas de todo el mundo. Una de sus hermanas, a quien yo admiraba mucho, estaba en la escuela de arte y después se convirtió en diseñadora, así que crecí con ese interés”, rememora. Hoy, décadas después de ese romance con el estilo, su visión de la industria es mucho menos romántica. Es, de hecho, francamente desoladora. “La industria de la moda está en la tumba, lo han hecho todo mal. Este culto enloquecido por la juventud ha corrompido el sistema. ¿Cómo las casas de lujo son tas estúpidas que no se han dado cuenta de que el dinero no lo tienen las adolescentes sino que está en manos de mujeres de 60 años, que son ellas quienes tienen dinero para gastar pero no encuentran nada para ellas? Hoy todo está diseñado para adolescentes de 15 años. ¡Es ridículo!”, exclama.

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Su experiencia como docente y el contacto con las nuevas generaciones no le hacen ser precisamente optimista. “Hoy las escuelas de Moda en Estados Unidos piensan sólo en un tipo de cuerpo… y en el dinero. No sé qué enseñan. Los alumnos creen que la historia de la moda empieza con Tom Ford. No saben nada. Y ni un solo joven quiere empezar como becario aprendiendo el oficio; quieren empezar desde arriba y diseñar para la alfombra roja. Pero yo intento enseñarles que hay muchas facetas en el mundo de la moda que los medios no tratan. Ámbitos como las licencias, la distribución, el trabajo en los museos, el ámbito editorial y la cosmética. Quiero que tengan una visión amplia del negocio y que sepan que todo no son las grandes casas, que hay otras marcas, como J.Crew o Kate Spade, donde también pueden conseguir trabajo”, afirma.

Apfel coincide con otras gurús, como Li Edelkoort, la analista de tendencias de lujo más influyente del planeta, en que el fashion system se encuentra hoy en una crisis creativa, devorado por los grandes grupos sólo buscan los beneficios. “Es una época muy difícil para triunfar. Creo que hay pocos diseñadores tan buenos en el mundo como Ralph Rucci y es difícil para él encontrar distribución. O Isabel Toledo, que es fantástica, pero es casi imposible encontrar sus vestidos. En cambio hay otros diseñadores que se han convertido media freaks pero no en creadores. Tienen todo el dinero detrás, pero no creatividad”.

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La felicidad es el mejor traje

A sus 94 años, Iris Apfel puede presumir de ser una mujer eternamente moderna sin sucumbir a modas ni tendencias. Su guardarropa, objeto de una exposición en el Met, más que una colección es casi una autobiografía de sus viajes y estados de ánimo. “Prefiero ser una mujer feliz a una mujer bien vestida”, ha dicho en alguna ocasión. ¿El secreto? “No hay secretos para vestir ni para ser feliz. He trabajado muy duro y de manera muy intensa. Si te gusta como soy, perfecto; si no, también. No estoy interesada en las tendencias. Creo que eso es bueno para el negocio, pero es una pésima manera de construir un guardarropa. Hay mujeres que están obsesionadas con vestir bien y que incluso cuando lo están, no se sienten cómodas. ¿Qué sentido tiene eso? Si no puedes ser feliz, ¿para qué te sirve estar bien vestida?”.

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Animal social versus redes sociales

Un recorrido por el armario de Iris Apfel es como un paseo por la historia de la moda del siglo xx, que en la actualidad vive un capítulo tormentoso de cambios a golpe de likes. En un momento en que la industria parece estar obsesionada por el número de followers que las modelos acumulan en sus cuentas de Instagram, Iris alza su voz contra lo que considera una epidemia. “Creo que las redes sociales son horribles. Es ridículo. ¿De verdad cree toda esa gente que a alguien le interesa su opinión? No tienen alma, no tienen emociones. Por eso buscan respuestas en el pasado y en gente como yo. Porque son personas que no tienen ni un solo pensamiento original o propio. Todos, incluso los jóvenes diseñadores, están ahora obsesionados con eso. Hace poco estuve en un almuerzo con bloggers y era descorazonador verlas, tan solas, sin dirigirse la palabra, todas pendientes de sus teléfonos… Nunca había visto nada igual. Era como una comida con un puñado de cadáveres”.

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