El Metropolitan Museum de Nueva York rinde homenaje a una de las grandes musas de la alta costura del siglo XX: Jacqueline de Ribes. El «unicornio de marfil» de Yves Saint Laurent; la «Giraffina» de Emilio Pucci; la última reina de París, según los cronistas de sociedad; el cisne de Capote, que entona este año su último canto.

Si hay un personaje deslumbrante en En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, ése no es otro que la duquesa de Guermantes, la salonnière más fascinante de un mundo decadente, que oscila entre la exquisitez y el esnobismo. No es extraño que Luchino Visconti pensara en Jacqueline de Ribes para interpretarla en la adaptación al cine que pensaba hacer de la saga proustiana en la década de los sesenta. Lamentablemente, el director italiano —un personaje casi tan proustiano como ella misma— cayó enfermó y el proyecto se canceló.

Este año, el Metropolitan Museum de Nueva York homenajea la figura de esta musa en la muestra Jacqueline de Ribes: El arte del estilo. «Su acercamiento al vestido como declaración de individualidad se puede entender como una forma de arte viviente», declaró Harold Koda, curador del Costume Institute del Met, que ha seleccionado, junto con la propia condesa, 60 conjuntos de alta costura y prêt-à-porter de su archivo personal. Los diseñadores incluidos en la exhibición comprenden algunos de los nombres imprescindibles en la historia de la haute couture: Pierre Balmain, Yves Saint Laurent, Marc Bohan para House of Dior, Madame Grès (Alix Barton), Valentino Garavani, Guy Laroche, Giorgio Armani, John Galliano, Jean Paul Gaultier —que en 1999 le dedicó una colección de alta costura bajo el título Divina Jacqueline—, Emanuel Ungaro, Ralph Lauren, Ralph Rucci, Bill Blass, Roberto Cavalli, Fernando Sánchez para Revillon Frères y, por supuesto, la propia Jacqueline de Ribes.

Nacida en el seno de una familia aristocrática, Jacqueline Bonnin de La Bonninière de Beaumont era hija de los condes de Beaumont. Su padre, Caballero de la Legión de Honor, era piloto y héroe de guerra, además de vicepresidente del Consejo Olímpico Internacional. «Era un seductor profesional con un cuerpo fantástico», recuerda su hija. Su madre, Paule Rivaud de La Raffinière, hija de Olivier Rivaud, banquero fundador del Grupo Rivaud, fue una mujer de letras que nunca demostró el menor afecto maternal. «Sólo me besó una vez durante mi infancia». Su niñez, de hecho, estuvo marcada por la inseguridad y la tristeza.

Nació el 14 de julio de 1929, en el 140 aniversario de la toma de la Bastilla que le valió a varios de sus antepasados perder la cabeza. «Evidentemente, mi nacimiento suscitó una pequeña revolución», aseguró años más tarde, el 14 de julio de 2010, cuando el día de su cumpleaños Nicolas Sarkozy la nombró Caballero de la Legión de Honor.

Jacqueline creció en la tradición de la nobleza francesa de no mostrar sus sentimientos en público. Las emociones eran patrimonio de las clases más bajas, los aristócratas no lloraban; ni siquiera cuando su abuelo murió en 1939, dejándola, según sus propias palabras, «completamente perdida». Él fue un personaje clave de su infancia: «Vivía como un nuevo rico. Tenía un castillo, yates, establos con purasangres, coches y mujeres». Ese mismo año, durante la ocupación alemana, fue enviada junto con sus hermanas y su niñera escocesa a Hendaya, en la frontera con el País Vasco. Después sus padres decidieron enviarla al château de unos parientes, los condes Solages, en el centro de Francia, que la Gestapo expropió. «El castillo era mitad nuestro y mitad de los alemanes, que dos veces a la semana se hacían traer prostitutas. Allí lo vi todo», recuerda. «Cuando has sobrevivido a una infancia terrible, estás preparada para la vida».

MTMxNDQ4MTcwOTUyNTg1MTg2

Grandes esperanzas

A los 18 años, en plena posguerra, en 1947, su tío, el conde Étienne de Beaumont, anfitrión de algunas de las fiestas más extraordinarias del periodo de entreguerras y mecenas avant-garde, la llevó al salón recién abierto de su amigo Christian Dior: «He depositado grandes esperanzas en esta pequeña», dijo. Ese verano, Jacqueline conoció al por entonces vizconde Édouard de Ribes —no heredó el título de conde hasta la muerte de su padre, en 1981— en una fiesta campestre celebrada en San Juan de Luz. «Vi a esta gacela e inmediatamente me enamoré», rememoró en el banquete que ambos celebraron tras la ceremonia del Elíseo. Estas efusiones, sin embargo, no fueron la tónica general del matrimonio. La primera vez que ella tomó su mano mientras caminaban por los Campos Elíseos, él la rechazó con un «no seas vulgar».

En 2010, su marido recordó su enlace, un año después, con una anécdota: «Cuando me casé con ella, no tenía más que dos vestidos. Hoy tiene más de 200». En realidad, la colección de Jacqueline de Ribes comprende más del doble de piezas: 400 trajes de los diseñadores más importantes. La condesa comenzó su colección en los 70, después de que Pierre Bergé se negara a venderle un vestido que estaba destinado a los archivos de YSL. Ella tomó nota y decidió iniciar su propia colección, con algunos de los trajes más célebres que había portado en los bals masqués del Marqués de Cuevas en el Palacio Labia de Venecia —en el conocido como Baile del Siglo—, de Alexis de Redé en el Hôtel Lambert y de los Rothschild en el Palace Ferrières.

Poco después, en julio de 1982, informó a su marido y a sus hijos que iba a entrar en el negocio de la moda como diseñadora profesional, y que no había nada que ellos pudieran hacer para disuadirla de esta idea. No era su primer acercamiento a la industria, pero sí la primera vez que lo hacía sin personas interpuestas: con su propio nombre y a cara descubierta, algo para lo que no estaba destinada por nacimiento.  En la década de los 50, en su primer viaje a Nueva York con motivo del Paris Ball en el Waldorf-Astoria, su belleza única llamó la atención de Diana Vreeland, en aquel entonces editora de moda en Harper’s Bazaar. «Quiero que Richard Avedon le tome una foto mañana», le dijo mientras almorzaba con el famoso anfitrión mexicano-español Charles de Beistegui. La foto la catapultó a la fama y formó parte de una antología, Observations, con textos de Truman Capote. Desde 1950 a 1955, tal y como ella ha confesado, acuñó su propio estilo, imitado hasta la saciedad. «Todo el mundo dijo que me parecía a Nefertiti».

En 1955 Oleg Cassini, diseñador responsable, entre otros logros, del estilo de Jackie Kennedy durante su periodo como Primera Dama, le dijo: «Siento que eres una diseñadora frustrada, ¿por qué no haces algo para mí?». Dicho y hecho, contrató al première —cabeza del taller— de Patou y a diversos trabajadores de Balenciaga para que la ayudaran con sus primeros diseños. También contrató a un aprendiz, en aquel entonces desconocido, para que la ayudara con los croquis de sus vestidos: un joven italiano llamado Valentino Garavani. Tres años después, abrió su propia casa de modas en Roma y Jacqueline se convirtió en una de sus primeras clientas. En 1956 apareció por primera vez en la Lista Internacional de las Mujeres Mejor Vestidas y, en 1962, en el Hall of Fame. La condesa Marina Cicogna considera que «ella personificaba la idea de que las mujeres francesas eran las más chic del mundo». Durante los años 70 colaboró también con Emilio Pucci, quien cariñosamente la llamaba «Giraffina» por su cuello.

Sus incursiones en la moda o el teatro —ya fuera en el ballet del Marqués de Cuevas, con una inolvidable producción de La Cenicienta, o como productora de Así que pasen cinco años, de Lorca, en el teatro Récamier— escandalizaron a su familia política. Su suegro llegó a decir que era una mezcla «entre princesa rusa y corista del Folies Bergère». Su primer desfile recibió el aplauso no sólo de la crítica y el público, sino de la propia industria en 1983. «Todo el mundo estaba preparado para ridiculizar a la dama de sociedad que juega a ser diseñadora, pero hizo unos vestidos maravillosos», declaró John Fairchaild, en aquel entonces editor de Women’s Wear Daily. Saks Fifth Avenue firmó con ella un contrato en exclusiva por tres años y, sólo dos años después, su empresa tuvo beneficios por valor de tres millones de dólares y vendía en cerca de 40 tiendas departamentales en Estados Unidos, su principal mercado.

En 1986, Kanebo decidió invertir en su firma y abrió una enorme flagship store en Tokio, inspirada en el palacio parisino de la condesa para la que los dependientes tuvieron que tomar clases de protocolo y buenos modales. Contra todo pronóstico, Yves Saint Laurent le advirtió que no se fiara de sus socios japoneses. «Querían cambiar las proporciones y los largos. ¿Por qué invertir en una compañía si quieres cambiarlo todo?», se pregunta Cristina de Manuel, asesora financiera de la firma.
En 1994, Jacqueline se sometió a una hemilaminectomía —extirpación de una lámina ósea en un lado de la columna vertebral—, que la tuvo postrada hasta 1997. En 1995 tuvo que abandonar la dirección de la compañía, pues no fue capaz de entregar una colección a tiempo. «Parecía que una fuerza oscura me envolvía. Todo lo malo que pudo ocurrir, sucedió».

Lo malo no sólo fue el naufragio de su sueño empresarial sino nuevos problemas de salud —como un trastorno celíaco, incorrectamente diagnosticado como gastroenteritis— y, sobre todo, los conflictos judiciales a los que se enfrentó su marido, Édouard, y su hijo, Jean, a quienes el fisco francés acusó de evasión de impuestos. La justicia pidió una fianza de 30 millones de francos de la época (unos 10 millones de dólares). El escándalo saltó cuando la prensa dio a conocer las conexiones del Grupo Rivaud con el partido del entonces presidente de la República, Jacques Chirac, Unión por un Movimiento Popular (UMP, en francés). «Fue como si mi abuelo se hubiera vuelto a morir», declaró la condesa.

Una década después, el estado francés la condecoró por su labor filantrópica y su contribución cultural. Y desde el 19 de noviembre de 2015 hasta el 21 de febrero de 2016, el Met le rinde homenaje tanto por lo que ha hecho como por lo que representa. Como destacó uno de sus amigos más íntimos, el príncipe Nicolas Dadeshkeliani, «ella personifica todo lo que es destacable en Francia. Es la última de su estirpe».

jacqueline-de-ribes-by-richard-avedon-1955
 

Siguientes artículos

¿Qué conducen los pilotos de la F1 en la vida diaria?
Por

Cuando están en el circuito, los corredores de la Formula 1 conducen autos que poseen más cosas en común con un avión de...