Carmen Reviriego, consejera editorial de FORBES LIFE, dialogó en Londres con Konrad Bernheimer, Chairman de la sección de Bellas Artes de TEFAF Maastrich y cuarta generación de una de las más prestigiosas dinastías de art dealers del mundo. Un experto que lo sabe todo sobre arte y coleccionismo.

Por mucho que sepas de arte, siempre hay algo —mucho— que no sabes. Ante esa bendita ignorancia, ese resorte que dirige a la humanidad hacia indagar en lo desconocido, la solución es ver, leer o hablar… Hablar de arte siempre es un placer y una puerta hacia el conocimiento, pero hay personas con las que tener una conversación sobre arte es, sencillamente, algo más que un privilegio: una experiencia vital única. Una de esas escasísimas personas es Konrad Bernheimer. Este venezolano —cuando Venezuela duele tanto— con potentísima cabeza germánica y un español hablado con cadencia musical, representa la cuarta generación de una de las más prestigiosas dinastías de art dealers del mundo. Es Chairman de la Sección de Bellas Artes de TEFAF Maastricht, miembro del Board de la misma desde hace 20 años, miembro del Comité de TEFAF Nueva York y presidente de la Galería Colnaghi de Old Masters (1760), una de las más prestigiosas del mundo y, cosa no menor, la más antigua.

De Colnaghi han salido Rubens, Rembrandt, Vermeer —sí, los milagros existen—, Goyas, Velázquez… en dirección al Louvre, al MET, al Prado y, por supuesto, hacia muchas colecciones privadas, entre ellas las más prestigiosas e importantes del mundo, como por ejemplo la Frick de Nueva York. Este «hablar del arte» en concreto se produce en el 26 de Bury Street, la sede de la Galería Colnaghi en Londres.

Carmen Reviriego conversando con Konrad Bernheimer.

Nacido en 1950 en Venezuela, es hijo de Kurt Bernheimer, judío de origen alemán, y Mercedes Uzcátegui, venezolana católica de una importante familia. Los Bernheimer escaparon de la persecución nazi y, tras la guerra, Konrad volvió a Alemania siguiendo los pasos de su familia.

En un momento en que las galerías de arte hacen más del 30 % de su negocio en las ferias de arte, Tefaf sigue siendo excepcional.

No hay tantas ferias. Hay muchas, pero poquísimas buenas en realidad. Claro que hay ferias prestigiosas, como ArtBasel, Frieze o FIAC, pero son de arte contemporáneo. TEFAF es la única que reúne arte de todas las épocas.

Para ti, ¿qué motiva a alguien a coleccionar?

La pasión es muy importante. Pero hay otras cosas si abres el espectro: «the social prestige» y «the social connections». Al coleccionar, entras en otro mundo, el del arte, te haces amigos que te conectan con museos, con otros coleccionistas, con el mercado. Si yo pienso en aquella primera generación de coleccionistas americanos, cuando Colnaghi tuvo su gran momento, entre 1880-1930, eran personas como Isabella Stewart Garden, como los Mellan; los Frick empezaron a coleccionar para llegar a otro mundo. Frick no tenía la reputación que adquirió con su colección y se convirtió en el centro de la sociedad neoyorquina.

Nada gusta más a un coleccionista de arte que hablar con otro coleccionista…

Cambian incluso sus agendas: saben que en marzo tienen que estar en Maastricht, en junio en Basel, en octubre en Nueva York… Empiezas a adaptar tu calendario a los events del mercado del arte. Otra cosa que ves mucho en el mercado del arte contemporáneo es la idea de adquirir obra como una inversión. La mayoría piensa: «Si esto lo compro hoy, valdrá tanto más en varios años».

¿Te ha pasado a ti? Dame un ejemplo.

Va a quedar más claro si te doy uno en el que no actué. En los 80 me ofrecieron un cuadro de un pintor que no se conocía, una mujer que parecía una fotografía, mi mujer me dijo que deberíamos comprarlo. Costaba 17,000 marcos alemanes, y yo le dije que no íbamos a comprar un cuadro de nadie por ese precio. Bueno pues la obra era de Gerhard Ritcher. Este cuadro hoy en día valdría millones… Si yo me hubiera informado de quién era Ritcher, a lo mejor hubiera comprado el cuadro. Por ejemplo, tú vas al Museo del Prado y ves un cuadro que te gusta muchísimo, empiezas a investigar quién es el pintor; a lo mejor sigue teniendo obra en el mercado, como por ejemplo Clara Peeters, de la que siguen saliendo bodegones. En los inicios está despertar esa pasión: mirar hasta descubrir qué les gusta.

¿Dónde está el límite?

Yo me quedo asombradísimo de los precios de arte contemporáneo. Por ejemplo, Jeff Koons. Si nos preguntamos qué colecciona él mismo, pues es pintura del siglo xvii. Igual que Baselitz: siglo xvii y dibujo del siglo xix. Y luego ellos se ponen a pintar en otro estilo y ganan muchísimo, pero con ese dinero compran a Gaspar David Friedrich por un precio mucho más bajo que el de las obras que ellos pintan. Friedrich es un artista totalmente consolidado; en cambio, en el arte contemporáneo, algunos artistas no van a perdurar como grandes maestros. Yo quiero que cuando me compren un cuadro sea porque quieran vivir con él, no porque estén pensando en ganar dinero. Aparte de que estoy muy seguro de las obras de las que soy especialista. Los siglos XV, XVI, y XVII sé que, si ahora valen tanto dinero, en cien años van a seguir costando lo mismo o más. Si tú gastas hoy un dineral en un Hirst, ¿quién me va a decir que una obra que cuesta hoy 50 millones dentro de cien años vaya a tener el mismo valor o superior? En cambio, con un Rembrandt sabes que no encontrarás obras de ese nivel.

Imaginemos que soy un cliente y llego a ti: ¿qué me recomiendas?

Que no compres una tercera calidad de un primer nombre, sino una primerísima calidad de un segundo o tercer nombre. Rubens, por ejemplo, fue un artista muy prolífico y hay muchas obras suyas, pero hay que tener mucho cuidado, porque en su época más famosa tenía un estudio muy grande y eso quiere decir que en muchas de sus obras no hablamos sólo de la mano de Rubens. Y ahí está el problema. A veces Rubens no es Rubens, porque tenía un taller con mucha ayuda y lo que hace el valor grande de artistas como él son sus obras maestras. Se ve en Goya, en el Greco… En todos los nombres grandes hay que tener mucho cuidado con lo que estás comprando. Para eso necesitas mucho expertise, que es algo que te dan los dealers, pero no las casas de subastas. Con el  arte contemporáneo es más fácil: no tienes el problema del taller, porque todo el mundo sabe que Hirst o Koons tienen la idea y la obra la realiza su «fábrica»; el artista no hace lo que sale de su estudio. Como la nueva exposición de Hirst en Venecia, en el Museo Pinault, unas esculturas gigantescas, él seguramente tuvo la idea e hizo los diseños, pero luego la obra la creó su estudio.

 

En 2016 han bajado las ventas de Picasso porque no han salido obras excepcionales y los coleccionistas han preferido obras de Léger, Chagall u otros artistas no tan cotizados.

También te recomendaría que hay que comprar con el ojo y no con el oído. Recuerdo que un gran coleccionista americano me llamó hace años para decirme que en Christie’s iba a salir un Rubens muy importante y quería que yo fuera a verlo. Le dije que era una obra fantástica, y que si quería gastarse ese dinero debía comprarlo; la obra era maravillosa. Unos días antes de la subasta, la gente de siempre empezó a hablar de que las condiciones no eran tan buenas y mi obligación fue llamar a mi cliente a decirle que, aunque yo seguía pensando que la obra era magnífica, había algunas personas que no lo tenían tan claro. Él me dijo: «Nunca he comprado con los oídos, compro con mis ojos. Si tú estás convencido, adelante». Comprar con los oídos es lo que vemos en muchos casos en el coleccionismo de arte contemporáneo. La gente sólo compra una «marca», no obra de artistas. Compran un Koons como si compraran una cartera de Hermès. Por eso hay tantos rusos que no tienen ni idea, pero compran un Picasso tras otro…

Hay que entrenar el ojo para tener criterio.

Cuando empiezas, no sabes qué es lo que te va a gustar. Mi truco cuando viene alguien a decirme que quiere crear una colección: le llevo a la pinacoteca, paseo una hora con esa o esas personas en salas con obras asequibles que todavía se pueden encontrar en el mercado y, de pronto, les suelto: «Muy bien, ahora tú me vas a decir qué te gustaría coleccionar y por qué». Les llevo a tener que tener que elegir; por mucho que les guste todo, tienen que empezar con algo. Así he podido iniciar varias colecciones. Para mí también es un ejercicio muy bueno, porque tengo que defender las obras y ayudar; por ejemplo, advirtiendo sobre las obras que sé que nunca vamos a encontrar en el mercado. [Piensa un segundo] Formar el gusto es poner jerarquías al gusto. Por mucho que quieras una obra de Vermeer, no la vas a encontrar y, por otro, los maestros grandes también tienen sus momentos mejores y peores. No todos los cuadros de Goya son magníficos.

La mirada cambia con el tiempo.

Sí, un ejemplo son los cambios de gusto por motivos políticos, que son cambios muy importantes que afectan a una colección. Un ejemplo es la pinacoteca de Munich, que durante los años 30 y 40 vendió cuadros que no eran del gusto de los políticos. Un Rafael, por ejemplo, se vendió porque no gustaba y hoy es el gran autorretrato de Rafael de la National Gallery de Washington.

TEFAF  tiene el comité más exigente para decidir qué obras pasan el filtro de la feria. Sobre falsificaciones y atribuciones, ¿cómo se rige? 

Hay una gran diferencia entre falso y atribuído. Hay muy pocos casos en que se haya descubierto una falsificación, pero la atribución es muy importante. En TEFAF tenemos un Vetting Committee de los más importantes del mundo, más de 200 expertos que van por cada stand examinando cada cuadro, cada uno especializado en un país o un sector del arte. Durante dos días —en los que los galeristas no están presentes— hacen un estudio minucioso. Funciona muy bien y al comprador le da el máximo de seguridad. Este comité fue el que formó el prestigio de TEFAF.

¿Este mismo proceso se lleva a cabo en la sección de arte moderno y contemporáneo?

La parte de moderno y contemporáneo en TEFAF es siempre mucho más seria que en Basel o Frieze, porque los criterios de selección que seguimos son los mismos que para el arte antiguo. A la hora de elegir entre un Basquiat o un Cranach tienes que decidir cuál de los dos va a ser miembro de tu familia, fijarse más en esto que en el precio.

A medida que sube el precio, son más los criterios que tiene en cuenta el coleccionista.

Pero hay una diferencia. Algunos maestros antiguos ya han pasado el examen de la historia (Goya, Rubens, Picasso…), pero Basquiat, Baselitz, Koons no. Además, probablemente, no es algo que el artista busque. Koons es un maestro del marketing. No es sólo el dinero; en el momento en que las obras de Koons se instalaron en Versalles o en la Punta della Dogana, él sintió, sin duda, un enorme orgullo… y le viene fenomenal para el mercado. Hay que diferenciar entre el artista por excelencia y el artista genio del marketing.

¿Qué importancia tiene el catálogo razonado de un artista? A veces, hay intereses ocultos de los herederos y no siempre están recogidas todas las obras que debieran estar.

El catálogo razonado es muy importante. Por ejemplo, si tenemos una obra de Pompeo Battoni, lo primero que hacemos es buscarlo en el catálogo razonado. Si no está, hay que investigar un poco más. Y a veces, por el contrario, ocurre que sí está en el catálogo razonado, pero el resto de los expertos no aceptan la obra.  Es un mundo fascinante. A veces, el arte consiste en buscar el punto donde el hielo es más grueso mientras andamos por un lago helado.

Otro tema complejo es el de la restauración.

Yo, por ejemplo, aceptaría una restauración cuando va a conseguir hacer visibles aspectos de la obra que estaban ocultos. Pero cuando el daño es tan importante que hay que reconstruir, entonces diría que no. No tienes la obra original, sino una reconstrucción. Es una línea muy fina, por lo que es un proceso muy complicado. Puedes ver hasta el dibujo que está debajo de la pintura, ves cómo el maestro empezó a crear su cuadro, ves cómo emerge lo real, llegas muy cerca del maestro del siglo xvii, ves su mano, sus inseguridades… Es la etapa más emocionante.

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