Jean Cassegrain, CEO de Longchamp, nos habla sobre la expansión de la marca en México y los retos a los que se enfrenta para consolidar un producto de lujo en el volátil mundo de la moda.

Por Victoria Mass

Una elegante figura espigada saluda en francés. Lo primero que nos llama la atención es su bigote en croos –con las puntas levemente hacia arriba– en una barba blanca como la nieve. Jean forma parte de la tercera generación de la familia que fundó Longchamp. Sus primeros recuerdos nos trasladan al negocio fundado por su abuelo en 1948, las visitas a los talleres en el oeste de Francia y la tienda de su abuela en los Campos Elíseos.

Hoy, el panorama es distinto. Longchamp es referencia en Europa, está consolidada en el sudeste Asiático y busca conquistar Latinoamérica. Los consumidores orientales han entendido la filosofía de la marca. Según el hijo mayor de Philippe y Michèle Cassegrain la clave ha sido introducirla paso a paso. «Hay que ser muy persistente. En Singapur hemos estado desde los años 50, y en Indonesia, Malasia o Tailandia desde finales de los 90. Hay que aceptar que el negocio de lujo lleva tiempo. No es un asunto de poner más dinero en la mesa, es hacer las cosas bien y tomarse tiempo para ello».

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¿Cuál es la situación de Longchamp en el mercado mexicano?
Veo mucho potencial. Hay tres boutiques, una en Antara, Ciudad de México, una en Cancún y otra en Los Cabos. Dado el tamaño del país estamos buscando nuevas oportunidades para continuar desarrollando nuestra distribución. México es, probablemente, el mayor mercado en América Latina para productos de lujo. Pero para nosotros no lo es todavía. Nuestras tiendas son exitosas pero necesitamos hacernos un poco más visibles. Por ejemplo, desarrollar a nivel local las redes sociales, como ya hemos hecho en Estados Unidos y China.

¿Qué planean hacer para crecer?
El punto clave es la distribución. Necesitamos expandir la distribución y hacer la marca más conocida para el público. Muchos mexicanos nos conocen, pero compran nuestros productos fuera del país, en Florida, California, París o Madrid.

¿Qué presencia tiene la marca en nuestro continente?

En Brasil estamos sólo en São Paulo de momento, pero planeamos expandirnos. Tenemos tiendas en Colombia y Venezuela. Venezuela es difícil ahora mismo, Colombia está mejor. Y tenemos planes en marcha en Chile, Perú y Paraguay.

¿Cuáles son los desafíos en estos mercados?
Tenemos diferentes escenarios. En Brasil es nuestra propia compañía, Longchamp Brasil, y no es fácil. En otros países estamos trabajando con distribuidores locales. Tenemos suerte de tener buenos socios en América Latina. Los desafíos son las tasas e impuestos que hacen el producto un poco más caro que en otras partes del mundo. Y, a veces, las normas y regulaciones en algunos países pueden ser difíciles de cumplir.

¿Qué cifras puedes compartirnos?
No damos números, pero diré que el beneficio que representa América Latina para Longchamp es menos del 5% del total anual. Así que soy muy entusiasta y positivo. Estamos muy lejos de alcanzar todo nuestro potencial en América Latina.

¿Cómo percibes al consumidor mexicano?

Creo que está cerca del consumidor estadounidense. Veo muchas similitudes con Estados Unidos mientras que, por ejemplo, en Brasil la gente es más europea en su estilo. Aquí gusta más el color. los negocios. Mi hermano gestiona nuestras tiendas en Estados Unidos, ya que vive en Nueva York. Mi papel es criticar las ideas y ayudarles a venderlas, porque a menudo tienen más de las que podemos poner en el mercado.

Supongo que al ser un negocio familiar tienen más control del producto…
Creo que esa cualidad da a la marca mucha estabilidad. Somos la tercera generación y mis padres siguen activos. Nuestros socios, empleados y clientes saben que podemos mirar a largo plazo. No somos una compañía pública, no tenemos que publicar cuentas cada trimestre ni mostrar más beneficios todo el tiempo… No miramos el próximo trimestre, miramos la próxima generación.

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@Longchamp
longchamp.com

 

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