La primera vez que le hinqué el diente a un texto de Georges Steiner fui incapaz de entender ni una sola frase, pero la maquinaria de mi cerebro de naturaleza inquieta ya se había puesto a funcionar. Aquella primera vez, en un tren rumbo a Barcelona para un concierto de Inma Shara en el Palau de la Música, tuve el presentimiento de que aquel judío alemán iba a descubrirme un mundo totalmente nuevo para mí. Así que lo volví a intentar, una y otra vez, como el arquero de Ortega, y tengo que reconocer, que a pesar de haber leído ya gran parte de su obra me sigo sintiendo en muchos momentos sobrepasada.

En su libro “Nostalgia del Absoluto”, reflexiona sobre cómo el hombre, desde el Renacimiento hasta nuestros días, ha intentado -con mayor o menor suerte – llenar el vacío existencial dejado por la certeza de Dios que sí poseía el hombre del medievo. Ortega, en esto puntualizaba muy bien, jugando con el término vigencia… obviamente Dios no ha desaparecido de este mundo que llamamos Occidental, pero sí ha dejado de ser vigente -como una ley que ya ha sido sustituida por otra-. Hubo un tiempo que Dios era la certeza general y hoy sigue existiendo para excepciones multitudinarias, pero excepciones, ya no es referencia social en torno a la que gire la vida humana en este mundo globalizado. Dios, sin duda, ha cedido un territorio inmenso a la razón, a su hija la ciencia y su nieta… la tecnología.

Cristo Santa Maria Novella – GIotto

Hace unos meses, saliendo de la Tate Modern con mi marido, no pude dejar de pensar en esa tetralogía de infinitivos sobre los que se apoya lo mejor del hombre: tolerar, disfrutar, amar y convivir, y fui consciente, entonces, mientras paseábamos los dos, de ese regalo inmenso que consiste en acercarte a la pasión del otro para compartirla, y ensanchar con ese acto de generosidad la vida común. De pronto, la mente trabaja así, vi la gran cantidad de personas en pareja, solas, en familias con hijos jugando a su alrededor, que se iban cruzando con nosotros al atravesar el Millenium Bridge, que se dirigían al museo del que nosotros veníamos: personas riendo, caminando solas con el periódico, jóvenes con los cascos puestos poniendo banda sonora a esa película colectiva de pertenencia a algo común, a esa escena de la que todos éramos no extras, sino protagonistas. De pronto recordé, justo en ese momento, -la memoria es una gran sabia, creo que diría Steiner-, que hacía algo menos de una hora, desde esa atalaya privilegiada que es la barandilla de la planta superior de la Sala de Turbinas, yo observaba ese fluir de seres humanos en un deambular asombrado, y me pasaba por la cabeza que esas personas podían haber acudido al museo buscando lo mismo que yo, peregrinos a uno de estos templos surgidos en uno de esos huecos dejados por la falta de vigencia de Dios en nuestras sociedades.

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Cimabue, Giotto,…. los grandes maestros primitivos del Renacimiento Italiano no hubieran podido pintar unas Vírgenes y unos Cristos tan bellos, si no hubieran vivido esa presencia activa y vigente de Dios en sus sociedades. Los egipcios plasmaban en sus obras lo que sabían que existía más que lo que veían, y así, el hieratismo de su arte remite a una permanencia universal y eterna. Los griegos y su pensamiento, el nacimiento de la Filosofía, ese acontecimiento cósmico que cambiaría al hombre para siempre, se asomaron a una nueva realidad, y descubrieron el mundo de otra forma; abrieron las puertas a los sentidos, y comenzaron a representar lo que veían… como lo veían, no como era, no como esencia, sino como sensibilidad individual. Los artistas del medievo se movieron entre estas dos tendencias del arte que iban configurando al hombre moderno. Por un lado, la que trataba lo simbólico, lo icónico, ese ámbito donde la obra de arte es sagrada en sí misma y emana lo divino; un arte que llegó a cotas inimaginables en Bizancio y su zona de influencia que llegaba a la propia Venecia. No era arte realista, sino hierático de nuevo, contenía un concepto – en este caso, la divinidad misma emanando en la sustancia del icono -… eso que luego, en el ¡Siglo XX! llamaríamos -como un gran invento- “conceptual”.

Capilla Scrovegni Padua – Giotto

Fue, otro judío alemán, Ernst Kitzinger, quien estableció esa conexión que nos había permanecido prácticamente oculta hasta que en su obra “Así se hizo el arte bizantino” anunció la teoría del arte occidental como una “dialéctica” entre el mundo visto con los ojos y el mundo “visto”, sentido, con la conciencia, con la mente o con el espíritu. El mundo pudo observar a través de la obra de Kitzinger, el arte Occidental de una forma completamente nueva y, donde veíamos “primitivismo” y un cierto arte “torpe”, apareció la sofisticadísima simiente del arte moderno: La belleza como resultado de la representación de la verdad de la idea. “La pintura puede ser para los iletrados lo mismo que la escritura para los que saben leer”. Nada volvió a ser igual. Y nada había cambiado, sin embargo; sólo el marco de la “idea” que encuadraba el mismo arte de una forma distinta. La pintura era -había sido siempre- una forma de escribir con imágenes.

Londres nos brinda una tarde despejada, una pareja más sobre el fluir del Támesis. A la vista, el inmenso “diamante” de Foster que marca desde hace años el nuevo horizonte del Reino Unido. Mirándolo, pensaba lo que podía haber significado para el hombre medieval la catedral de Venecia o la de Santa Sofía y, en seguida, lo que podría haberlo sido una iglesia sencilla, quizá el único edificio de piedra de la comunidad, para las gentes de un pequeño pueblo medieval donde la única protección podía venir de Dios. El contraste entre el elevado edificio y sus pinturas y tallas y las moradas humildes y primitivas en las que transcurrían las vidas de aquellas gentes debió ser tan abrumador, como para sentir, con una fidelidad, “verdadera” la presencia de Dios.

Acabo volviendo al poeta Francois Villon -finales del medioevo- escribiendo desde su madre:

Soy una mujer, vieja y pobre,

Ignorante de todo; no puedo leer;

en la iglesia de mi pueblo me muestran

un Paraíso pintado, con arpas y un Infierno, en el que hierven las almas de los condenados; uno me alegra, me horroriza el otro.

Esta decadencia del papel desempeñado por las iglesias en los sistemas occidentales, tienen su origen según el pensador o historiador al que acudamos, en los resultados de la corrupción de la Iglesia a finales del medievo, al racionalismo científico; al darwinismo y a la aparición de la tecnología moderna con la revolución Industrial. Pero lo cierto, es que donde existe un vacío, surgen realidades que sustituyen a las anteriores. Y surgió el Renacimiento anunciado por Cimabue y Giotto, como “primitivos italianos” -algo nuevo y tosco- o como proto-renacentistas, -madurez que da paso a lo nuevo-. El hombre del Renacimiento desarrollo la idea de la “humanidad” personal característica de todo el pensamiento moderno. El hombre renacentista y moderno, tiene como misión desarrollarse plenamente en este mundo. Cada individuo representa a la humanidad entera, y la misión del hombre es desarrollar a toda la humanidad en sí mismo. Fue Fichte sobre cuál era la misión del sabio: “yo me crezco, te crezco, y juntos crecemos a la humanidad entera”.

Museo Internacional Barroco, Puebla

Goethe, Hegel, Dostoievski, Camus… se preguntaron ¿Si Dios ha muerto ahora qué? Y su pensamiento otorgaba -otorga- a cada hombre la responsabilidad de construir sus propias certezas, su “verdad”. Ninguno de ellos lo hizo de una manera tan absoluta como Nietzsche:

“Es incapaz de dar a luz una estrella quien no tiene fuerza para superarse a sí mismo, quien sí tiene deseos, pero no grandes proyectos”. Pienso que no da luz a una estrella, quien sólo busca comodidad y felicidad y que da a luz una estrella, quien asume el carácter heroico de la existencia humana, establece valores auténticos y fieles a la naturaleza que le constituye y aspira a ser más, a convertirse en un espíritu libre”.

Quizás los peregrinos de la Tate van buscando, como yo, eso que nos encontramos cuando estamos frente a una gran obra, de las artes, la literatura, la música,…una conversación profunda y sincera desde un “adentro” hasta otro “adentro”, tras la cual quedarnos irremediablemente tocados en lo más hondo y por tanto “humanizados”. Como no sobrecogerse de amor y fraternidad con “El rapto de Proserpina” de Bernini, con el Dr Rieux de Camus o con el Concierto n 2 para piano de Rachmaninov.

Quizás los peregrinos de la Tate, iban como yo, en busca de un nuevo templo de Dios.

 

Rapto Proserpina – Bernini


Mi gratitud a Gaby Garza por su compromiso con el arte y por ser un ejemplo a seguir por toda la sociedad mexicana.


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