El universo luxury ha evolucionado a lo largo de la historia de nuestro país e,inevitablemente, se halla ligado a los orígenes de El Palacio de Hierro.

El lujo es una herramienta psicológica muy poderosa. Asociamos la imagen de un país a sus principales marcas; la precisión de un reloj suizo, la eficacia de un automóvil alemán, la exquisitez de una seda china, la calidad artesanal de un artículo de marroquinería francés o el estilo de un saco italiano. Lujo es una palabra que procede del latín luxus y según la Real Academia Española es “demasía en el adorno, abundancia de cosas no necesarias y todo aquello que supera los medios normales de alguien para conseguirlo”. Pero aquí es donde las palabras pierden su significado. Si nos remontamos a fechas anteriores al siglo XX, lujo era todo lo superfluo que hiciese feliz al hombre. Cuanto más ornato, mejor.

Sin embargo, encontramos una mejor definición que la del diccionario de la lengua en la siguiente frase de Coco Chanel: “Amo el lujo, y éste no reside en la riqueza ni en el ornamento, sino en la ausencia de vulgaridad”. Antes era ostentación, acumulación de objetos, pompa y boato. Hoy, es estilo innato y experiencias únicas.

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Cada país tiene su propia historia del lujo. Puesto que es un concepto que depende del contexto, hay que recorrer toda la trayectoria para comprender su evolución y la razón por la cual el precio de un objeto es siempre menor al valor emocional que el usuario le otorga al mismo.

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En México, el desembarco de ricas telas europeas, especias traídas de lugares exóticos y objetos únicos está vinculado a la época virreinal y al gobierno imperial de Maximiliano. Lo importante era —y sigue siendo— la calidad, el material, la hechura y el lugar de procedencia. El objeto poseía un valor intrínseco que definía la jerarquía y el prestigio social de una persona. Y en la sociedad novohispana del siglo XVIII, mostrarse como una persona rica, noble y honrada, pero sobre todo poderosa, era casi tan importante como serlo “en realidad”.

En La vida cotidiana en México (F.C.E.), Pilar Gonzalbo cuenta cómo viajaba un virrey en el siglo XVIII: “Todo el lujo que enmarcaba la travesía y que sería ostensible a la llegada a Perú no era ocioso. Por el contrario, las directrices políticas ilustradas presentaban el lujo como un rasgo inevitable de un buen gobierno monárquico. En ese contexto, el honor y el lujo garantizaban la riqueza de la nación y la fortaleza del Estado”.

La esencia de lujo radicaba en la exclusividad de poseerlo o en la dificultad de adquirirlo. La condesa Paula Kolonitz —dama de honor de Carlota— narra detalles de las habitaciones acondicionadas para recibir a Maximiliano y menciona, en el libro Un viaje a México en 1864 (SEP), que: “Antes de la llegada de sus majestades fuimos a visitar los departamentos imperiales que a toda prisa habían preparado… En todos lados se usan los productos de Europa y a precio de oro traen de más allá de los mares las telas y los muebles… Debido a esto el departamento de la emperatriz parecía, más que el de una residencia, el departamento de un hotel europeo”.

En esos años se encontraba en el Zócalo un espacio con grandes arcos denominado Portal de las Flores, donde se situaba Las Fábricas de Francia. Sus fundadores, resueltos a comercializar bienes preciados, decidieron abrir en 1891 la primera tienda departamental del país, inspirada en las existentes en París o Londres: un “almacén de novedades” de cinco pisos de altura y estructura de hierro fundido.

El espíritu de la Torre Eiffel en la Exposición Universal de 1889 se apoderó de la Ciudad de México e imponentes grúas jugaban con vigas de hierro traídas desde París. Los transeúntes se preguntaban con curiosidad qué palacio de hierro se estaba construyendo y así nació —a pesar de que su nombre original era en francés— El Palacio de Hierro. El regateo habitual en los mercados no tuvo cabida en el nuevo modelo de negocio moderno y los precios fijos se instauraron por primera vez en nuestro país.

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Carlos Salcido, director de mercadotecnia de la firma, confirma a Forbes: “Estamos cumpliendo 125 años de crear moda y estilo en México, y el compromiso de El Palacio de Hierro a lo largo de su historia siempre ha sido traer lo  mejor a México. Somos la principal plataforma de lanzamiento para una marca de lujo. Hemos fomentado este liderazgo y generado esta confianza porque hemos sabido entender a las marcas internacionales. Somos expertos en lujo, en retail, pero sobre todo, expertos en el mercado mexicano. Es difícil encontrar un socio estratégico que respete la herencia de una marca, se comprometa y tenga una visión internacional y emprendedora. Además, hemos creado una casa capaz de entender la cultura mexicana y crear un verdadero estilo de vida”.

En mercados desarrollados las empresas de lujo están siempre relacionadas con responsabilidad social y ecológica. En cambio, en las economías emergentes el lujo es aún símbolo de éxito social y profesional. Mientras que en los primeros vemos un uso inspirador —el arte de vivir bien, de disfrutar de objetos o experiencias por satisfacción personal—, en las segundas el lujo es aspiracional, el ser a través del tener.

México ha experimentado un fuerte crecimiento en este sector en los últimos 15 años. “Perfilamos el mundo del lujo como gran diferenciador y vector de crecimiento y es un pilar fundamental en la estrategia de la empresa. Los productos de alta gama son un generador de negocio que crece muy positivamente año con año y, a veces, crece al doble del ritmo de la propia tienda.

Hemos tenido una explosión de marcas que han entrado al país por la apertura de fronteras y la situación económica que vivimos. Hay que considerar que en el mundo se está volviendo de más alto nivel. Las marcas se han dado cuenta que El Palacio de Hierro no sólo es plataforma de imagen sino de negocio, y estamos abiertos a desarrollar propuestas diferentes, como la flagship store en Polanco, que será el epicentro de lujo en México”, comenta Salcido.

A lo largo de la historia es constante la necesidad del lujo por subrayar sus orígenes, porque lo primordial es no perder la legitimidad. La historia de la firma se torna fundamental en el papel que ésta juega para el consumidor. El lujo no se compara entre sí y la confianza sólo se pierde una vez, por eso el nombre y el prestigio se miman hasta el extremo. Su razón de ser es la pasión. Y nunca hay que subestimar el poder de la pasión.

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