Patek Philippe es la última manufactura ginebrina independiente en manos de una sola familia. Cumplen 175 años. Su autonomía creativa es total, su respeto por la tradición es inquebrantable. Conversamos con Thierry Stern, presidente de la firma, y nos adentramos allí donde dominan el tiempo, en el corazón de la máquina suiza.

 

Es indiscutible cuán significativo es el tiempo para la humanidad. Quizá por eso medirlo siempre ha sido nuestra obsesión. Y es la tenacidad de perseguir cada segundo la que nos lleva a un febril deseo por alcanzar la perfección, la precisión exacta, ese poder casi divino para dividir lo intangible en fracciones exactas con ritmo constante.

En el siglo XVII se descubrió el sistema de escape —antecedente del tic tac— y hacía ya 200 años que Calvino había impuesto en Ginebra un régimen teocrático que controlaba la vida religiosa –y la no religiosa– imponiendo una moral austera que hacía pecaminoso usar joyas o vestidos ostentosos. Excepto los relojes.

La puntualidad en el trabajo y los deberes morales eran primordiales. Y las máquinas del tiempo se convirtieron en símbolos de precisión a golpe de prohibición. El reloj de pulsera comenzó su vida como una joya femenina cuando los hombres sólo utilizaban guarda-tiempos de bolsillo. Numerosas manufacturas vieron la luz en el siglo XIX dispuestas a comercializar lo que había sido exclusivo de reyes y princesas. Pero sólo una sigue impertérrita desde su creación el 1 de mayo de 1839 en Ginebra. Su actividad nunca ha sido interrumpida y siempre se ha mantenido como empresa independiente gestionada por manos privadas.

Patek conoce a Philippe

Antoine Norbert de Patek llega a Ginebra en 1833 huyendo de la invasión rusa en Polonia. En 1839 funda con Czapek —otro emigrante polaco— y Thomas Moreau la manufactura relojera Patek, Czapek & Cie Fabricants à Genève. A pesar del éxito obtenido, las tensiones laborales obligan a Patek a buscar un nuevo socio.

Lo halla durante la Exposición Nacional de 1844 en París. Jean Adrien Philippe es un relojero francés con un reciente invento: un mecanismo que permite dar cuerda al movimiento y poner las agujas en hora sin ayuda de una llave independiente. (A los relojes de pulsera actuales se les sigue dando cuerda según el mismo principio.)

En 1845, Patek pone fin al contrato con Czapek y funda junto a Jean Adrien Philippe y un tercer socio Patek & Cie Fabricants à Genève, nombre que en 1851 cambia a Patek, Philippe & Cie. Mientras Philippe se centra en métodos de producción modernos, Patek difunde el arte relojero por Estados Unidos, Europa y Rusia. El polaco se desvive por la perfección estética (grabado, esmaltado, engastado) que convertía a los relojes en obras de arte. El francés se obsesiona con los retos técnicos quedando absorto en el desarrollo de las “complicaciones”. Al fallecer Patek, su hijo Léon no desea ser partícipe del negocio y renuncia a sus derechos a cambio de una renta vitalicia anual de 10,000 francos.

Philippe cede su puesto a su hijo menor, Joseph Emile. Tras el fallecimiento de éste, su hijo Adrien es el último representante de una de las familias fundadoras –en 1875 tres empleados de la marca de apellidos Cingria, Rouge y Köhn inyectaron capital convirtiéndose en copropietarios de la manufactura– hasta que en 1932, a raíz de la inestabilidad económica reinante, decide buscar un comprador para la firma.

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De proveedores a propietarios

Charles y Jean Stern, dueños de la manufactura Cadrans Stern Frères que proveía de esferas a Patek Philippe, compran en 1932 acciones de la empresa y, un año más tarde, es totalmente suya. Inyectan dinero fresco e implantan un nuevo tipo de gestión en las áreas de dirección y marketing a través de la figura de Jean Pfister. Charles toma el puesto de presidente del Consejo de administración.

Patek Philippe es por primera vez propiedad de una sola familia: la clave de la marca. La libertad. El momento en el que, consciente e intencionadamente, deciden orientar sus esfuerzos hacia un único objetivo: dominar el tiempo. Alcanzar la perfección. Ofrecer un patrimonio invaluable a generaciones futuras. Sin duda 1932 es un año clave. Lanzan la referencia 96, el primer modelo de la colección Calatrava. El diseño traduce los principios arquitectónicos de la Bauhaus: «La forma de un objeto viene dada por su función».

Es uno de los primeros relojes de pulsera redondos de la historia relojera suiza. Dos años después, Henri —hijo de Charles— se incorpora a la empresa familiar. Funda en Nueva York la Henri Stern Watch Agency, distribuidora exclusiva de los relojes Patek Philippe en Estados Unidos. En 1958 su padre lo nombra director general y presidente. En la década de los 60, mientras la sociedad se desentendía del valor del tiempo entregándose al disfrute del presente, un movimiento mecánico Patek Philippe conseguía el récord del mundo de precisión, que aún sigue vigente. Pero su objetivo sigue siendo crear los relojes más bellos del mundo y deciden jugar con la razón áurea para controlar el baile eterno de las proporciones hasta alcanzar la perfección con el reloj Ellipse d’Or.

El estratega empresarial

La tercera generación de la familia Stern asumió un rol fundamental para la supervivencia y posicionamiento de la marca. Philippe, quien en principio decidió dedicarse a la informática, se une a Patek Philippe Genève en 1966. Su propia afición por las regatas le lleva a crear el Nautilus (1976). Sin embargo, el tercer integrante de la línea Stern se enfrenta al auge de los relojes de cuarzo —más precisos y económicos— y tiene que decidir el rumbo que ha de tomar la manufactura.

El aniversario 150 es para este hombre de negocios una oportunidad única para trazar un plan que aúne marketing, sensibilidad estética y estrategia empresarial a largo plazo. Su visión es clara: convertir a Patek Philippe en una manufactura industrial. Según la marca, «para que un reloj mecánico se convierta en una obra de arte buscada es necesario ofrecer la más alta calidad en todos los ámbitos. Patek Philippe tiene un solo lema: cero concesiones». Cuentan con una gran ventaja frente a otras firmas relojeras a la hora de tomar decisiones. Stern solamente debe consultarlas con la almohada. Así que desarrollar el reloj mecánico portátil más complicado del mundo a día de hoy —el Calibre 89,con 33 complicaciones— es una apuesta arriesgada que ningún accionista puede truncar.

Y así, el siglo y medio de existencia de la casa suiza se colma de alabanzas a través de una pirueta técnica y estética. La manufactura ha de recurrir a proveedores externos para determinados tipos de ébauche. Entonces, Philippe da un giro y decide reunir bajo un mismo techo los talleres, adquiere un terreno en Plan-les-Ouates y construye un nuevo edificio financiado con fondos propios. Forbes estima que la familia Stern tiene un patrimonio neto de alrededor de 3,000 millones de dólares.

En 1996 Stern sienta las bases de la comunicación a través de una campaña publicitaria internacional: “Nunca un Patek Philippe es del todo suyo. Suyo es el placer de custodiarlo hasta la siguiente generación. Lo mismo podríamos decir de la propia gestión de la marca.

El Rostro del futuro

Thierry Stern es el actual encargado de velar por la doble P. Su formación es atípica: los talleres han sido su cancha de juego, se ha iniciado en los diversos oficios de alta artesanía relojera y conoce a los grabadores, esmaltadores y joyeros. Su retina ha memorizado cada filigrana. Ha trabajado en todos los departamentos para absorber el pasado y presente de la marca y así ser capaz de imaginar el futuro. Es el primer integrante de la familia Stern que domina, literalmente, el arte de contar el tiempo.

Su familia lleva lidiando con los vaivenes económicos más de 80 años: adquirieron la empresa en un contexto de crisis, la sostuvieron intacta durante la Segunda Guerra Mundial y superaron la revolución del cuarzo. Actualmente unos 2,000 empleados dan cuerda diariamente a la manufactura familiar.

Con motivo del 175 aniversario viajamos a Ginebra para vivir en primera persona el homenaje de la marca a sus orígenes. Después, conversamos con Thierry acerca de las debilidades y fortalezas de la empresa que dirige. Su respuesta nos desarma. “Como una compañía independiente y familiar tenemos que vigilar nuestra estrategia y valores a largo plazo. El nivel de calidad y la complejidad de nuestra producción limita nuestro crecimiento y capacidad, en algunos casos, de responder a la demanda existente así como la posibilidad de abrir mercados potenciales. Así que podríamos decir que nuestra fortaleza es también nuestra debilidad“.

El mexicano es un mercado suculento que aprecia el valor de la tradición. “Ser una marca de relojes independiente de gestión familiar desde hace cuatro generaciones es visto como una fortaleza por todos los mercados, así como por nuestros distribuidores y clientes”. Aquí una debilidad –o como señala Thierry, también fortaleza– sería la insuficiente disponibilidad de algunos modelos para aplacar el deseo de los coleccionistas. Sin embargo, una de sus estrategias es seguir alimentando el contacto directo con los clientes finales a través de nuestros distribuidores mediante la organización de exposiciones o eventos especiales. Para los próximos años queremos mejorar nuestra visibilidad y el conocimiento del personal en el punto de venta para ofrecer la mejor experiencia en todo el mundo.

Ello nos lleva a reflexionar sobre el cariz que está adquiriendo el valor de las vivencias en el mundo relativo al lujo. Thierry asevera que la Alta Relojería trata de hacer los relojes de mejor calidad y más exclusivos, pero no debería estar guiada por la comercialización. La oferta de productos debería reflejar los valores intrínsecos de la marca a largo plazo.

El lujo es un término genérico y no representa el valor intrínseco del producto o servicio. Es más bien un concepto de marketing. Durante su discurso en el marco del 175 aniversario recalcó que seguirían siendo una empresa familiar y privada, al menos, 25 años más. Cuando le preguntamos directamente por alguna oferta de compra o posible asociación, afirma: “Durante muchos años hemos enviado el mismo mensaje y, por lo tanto, hay pocos intentos. Tal vez uno o dos al año y ocurren principalmente en Baselworld. Nuestra independencia nos da la libertad para tener visión y estrategia a largo plazo. No tenemos que trabajar para el beneficio de los accionistas, logrando más y más dividendos año tras año. Las ganancias y el dinero no son lo que nos mueve. Nos motiva la pasión de crear los mejores relojes que podamos.

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