Corrían los años 60 cuando un Arte mundano e impersonal (enfrentado en sus principios al expresionismo abstracto), surgía como un dragón hambriento de la nueva sociedad de consumo,  un depredador ávido de imágenes de cultura popular, de medios de comunicación, de anuncios publicitarios, de cine, de cómics, de objetos corrientes de uso cotidiano.

El engendro se alimentaba de imágenes populares, triviales que  sacaba de su contexto enfatizándolas con tintes irónicos; el aspecto banal de los objetos, en ese movimiento urbano, tomaba protagonismo en el arte…

La revolución del Arte Pop encontraría  su sentido en encumbrar los objetos cotidianos (imbuidos en su propia cotidianidad) hasta hacerlos Arte. ARTE, en su propia esencia de vulgaridad: Arte Urbano, superficial, objetivo, frío, inexpresivo. ARTE carente de emoción cuyo fin último sería reflejar la superficialidad de los elementos de la cultura de las masas (inexpresión e  impersonalidad repetidas hasta la saciedad). Del mismo modo que hacían los medios de comunicación y de publicidad para narcotizar, crear iconos o manipular a la población.

El mundo observaría atónito durante aquellos años cómo se invertían los papeles del arte, pudiendo contemplar cómo ahora sería irremisiblemente la misma vida la que se transformaría en arte… El mundo, señoras y señores, se daba de bruces contra el (Popular Mass Culture) Arte Pop , la otra  revolución del Arte.

Andy Warhol sería probablemente la figura más relevante de este arte, llevando incluso su modo de vida a esa gélida forma de mirar el mundo tan carente de emoción y de afectación humana.

La muestra, que estos días nos ofrece el museo Jumex del artista pop, en la ciudad de Mexico, nos permite  adentrarnos con conciencia en un recorrido (“La Estrella Oscura”), a través de la magnífica obra y las diferentes etapas del trabajo de aquel Andrew Warhola nacido en Pittsburg en 1928  y que, tras descubrir su fascinación por los cómics y el mundo del diseño, llegaría a ser el icono de un arte que hasta entonces, no tenía nombre.

La cabeza de un artista que bullía obsesivamente en una sociedad consumista entre los productos de consumo masivo, como las  latas de sopa Campbell’s, el tinte dramático de los desastres, la sobrecogedora muerte (acto que consideraba singular y único en la vida), los trágicos suicidios o los espeluznantes accidentes automovilísticos  reales y descarnados que nos muestra en sus fotografías coloreadas extraídas de los noticieros, amasados en el mismo contexto que sus mujeres atormentadas por asesinatos o suicidios y las series de repeticiones de imágenes de personajes y celebridades del momento, nos ilustran manifiestamente cómo, a lo largo de las varias salas del museo,  la estrella del Pop,  revela, a través de su técnica de serigrafía, tal como dice, con sabio criterio, Douglas Fogle, el modo en el que Warhol se habría convertido en  pintor de  la historia de finales del siglo XX y en arqueólogo de la prehistoria del mundo de las redes sociales que hoy habitamos.

Imágenes en serie, sistemas fotomecánicos de producción, procesos de serigrafiado dinámico, el mundo del dinero, el sexo, las drogas, la fama, el arte del negocio, el negocio del arte, su tenaz búsqueda de la fama, los retratos de celebridades, la inmediatez y celeridad de sus retratos de Polaroid. Su estudio, en aquella quinta planta de aquel modesto barrio del corazón de Manhattan. La Silver Factory era lugar de encuentro de bohemios, modernos y personajes de moda en donde se llegarían a producir hasta 80 lienzos en un solo día,  donde se multiplicarían fiestas, cuadros y películas a un ritmo desenfrenado, y en donde se gestarían y rodarían sus famosas películas de destrucción narrativa sin movimiento (dentro de su tan polémico género independiente), como fuera, entre otras, la filmación de las 8 horas de toma fija del edificio neoyorkino Empire State, desde el ocaso hasta el amanecer (expuesta en la muestra que nos ocupa).

Una pugna hacia y contra el arte del momento; esa que llevaría a un Warhol aguerrido, alborotador y ávido de ocupar espacio, a crear un imperio tan mediático en el mundo del arte, que pareciera que todos, en algún momento,  sin saber cómo, hubiéramos creído llegar a conocer su obra.

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