Minúsculo refugio atrapado entre dos lagos, tregua idílica a los contratiempos de la vida, donde todo es delicado y cálido, eso es Penticton, “el lugar para permanecer por siempre”.

 

Hay lugares que trascienden más allá de su geografía, por muy imponente y magnífica que ésta sea. Eso me ocurrió con Penticton, un minúsculo paraíso ubicado en el sur de la Columbia Británica, en el oeste de Canadá. Una pequeña ciudad atrapada entre dos inmenso lagos, el Okanagan y el Skaha, y coronada por una cordillera tapizada de terrosos viñedos, campos de manzanos e infinitos bosques repletos de pinos, arces y robles.

Foto: Cortesía Daniel Valdés.

Foto: Cortesía Daniel Valdés.

Pero, como les dije, lo formidable de esta tierra va más allá. Aterricé, con un intenso sol de otoño, en la ciudad vecina de Kelowna, tras una escala en la vibrante Vancouver, para recorrer la fabulosa carretera que perfila el valle de Okanagan y une ambas ciudades. Los potentes paisajes adornados con las galas anaranjadas del otoño eran realmente deslumbrantes.

Llegué al hotel, ubicado frente a uno de sus lagos, provisto de un extenso muelle donde los vecinos saborean la calma y caminan abrazados del brazo, dialogando o paseando a sus perros. Otros optan por el gran malecón que hay frente a su playa para respirar su brisa fría. Pude observar todo este entramado desde mi habitación, sin cansarme de admirar la quietud, el silencio y la serenidad del lugar. Especialmente de su gente. Penticton se presenta como el refugio, la tregua idílica ante los contratiempos de la vida. Aquí todo es delicado y cálido.

A lo largo del lago Skaha. (Foto: wikipedia.org)

A lo largo del lago Skaha. (Foto: wikipedia.org)

A la mañana siguiente, sin embargo, nos esperaba una buena dosis de adrenalina: decidimos aventurarnos a recorrer los cielos claros de la ciudad en helicóptero, adentrándonos en las profundas hendiduras del valle y fascinándonos con la longitud de sus aguas y el verdor de sus montañas. Es curioso cómo la mayoría de nosotros tenemos una gélida imagen mental de Canadá, permanentemente nevada. Por eso sorprende descubrir esta región, donde los veranos son largos y secos, y las manzanas y los racimos de uvas maduran a pleno sol.

Foto: Cortesía Daniel Valdés.

Foto: Cortesía Daniel Valdés.

Precisamente ésa es otra de sus gratas sorpresas: ¡el vino!, ¡los deliciosos vinos de Okanagan!, y sus majestuosos viñedos y bodegas gourmet donde es posible catar exquisitos Chardonnay, profundos Merlot o interesantes Cabernet Franc, acompañados de buena gastronomía y mejor ambiente.

“Agua, sol, brisa, calma y un paisaje espectacular, con atardeceres como probablemente nunca has visto. Ése es el secreto de nuestros vinos”, me comentaba Jacquie Carlson, propietario de Poplar Grove Winery, la primera bodega gourmet que visitamos, ubicada en la colina de Naramata, frente al lago. Allí saboreamos, entre otros, su clásico y frutoso Poplar Grove Cabernet Franc, y comimos en su delicioso restaurante Vanilla Pod, donde destacan las tablas de quesos y frutas, mientras contemplamos cómo moría el sol y surgía una superluna en los cielos de Canadá.

Foto: Cortesía Daniel Valdés.

Foto: Cortesía Daniel Valdés.

Al día siguiente, en los alrededores de Penticton, nos dirigimos a Liquidity Winery, también con restaurante propio, Liquidity Bistro, un espacio minimalista y sofisticado, donde se fusionan el amor al vino, al arte y a la gastronomía. Además de probar su carnoso salmón local, nos deleitamos con diferentes platillos internacionales. Por supuesto, todo ello regado con sus excelentes caldos.

Aunque para excelente, su gente, y esa singular forma de ver la vida, siempre amables, cálidos, interesados en conocer tu país, tus comidas, tu manera de vivir. Y es precisamente ese rasgo, esa capacidad de integrar diversas razas, lenguas y costumbres, donde radica gran parte de la belleza de este país, el segundo mayor del mundo. Libre, tolerante y ecléctico. Siempre un gran anfitrión.

Ya rumbo a Vancouver, sobrevolando sus irregulares colinas serpenteadas por lagos, recordé que alguien me contó el origen indígena del nombre de la ciudad, Penticton, cuyo significado podría traducirse como “el lugar para permanecer por siempre”. No sé si vivir por siempre –como buena amante del caos citadino que soy–, pero sí permanecerá atado a mí el recuerdo de aquel minúsculo refugio de otoño atrapado entre dos lagos.

Foto: Cortesía Daniel Valdés.

Foto: Cortesía Daniel Valdés.

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Correo: [email protected]

Twitter: @mariagiuseppina

 

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