La educación es una de las asignaturas pendientes de México. Hay tantos frentes abiertos que es difícil decidirse por uno. Sin embargo, Alejandra Alemán no titubeó hace 11 años al iniciar la Fundación Niños en Alegría para hacer realidad el derecho universal de atesorar conocimiento.

 

 

Hay una frase del escritor Christopher Morley que plasma el verdadero signifi­cado de poseer conocimiento: «Cuando vendes un libro a un hombre, no le vendes tres kilos de papel, pegamento y tinta; le vendes una vida nueva.» Y no hay nadie para quien esto tenga más consecuencias que para un niño.

Invertir en educación es una de las estrategias más rentables para un país; aunque muchos parecen no enterarse. El gasto público en educación por estudiante latinoamericano no llega a un tercio comparado con la inversión que realizan las naciones desarrolladas. En México, el gasto anual en instituciones públicas de edu­cación infantil (desde los tres años) fue de 2,217 dólares por estudiante en 2010, cuando la media mundial, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) estuvo en 6,275 dólares. Queda claro que los primeros años de vida de un niño mexi­cano están marcados por un rezago notable en su for­mación. Y es que, como decía Machado: «En cuestiones de cultura y de saber, sólo se pierde lo que se guarda, sólo se gana lo que se da.»

La educación es clave para la igualdad entre géneros, el desarrollo de las comunidades y el progreso de las naciones. Es un reto enorme, pero también una oportu­nidad única. Pueden cambiar tantas cosas cuando una generación bien formada toma el relevo generacional, que es fácil perderse en hipótesis y olvidar hacerlo rea­lidad. «Garantizar el acceso a una educación de calidad a niños desfavorecidos aumenta su capacidad produc­tiva y mejora la inclusión social a través de una mayor empleabilidad», explicó recientemente Jim Yong Kim, presidente del Banco Mundial. «Esto significa otorgar a las personas recursos para mejorar su calidad de vida.»

 

Niños en alegría

Imaginemos a un niño o niña que intenta hacer sus debe­res en medio de un huracán —señalan desde UNICEF—; es evidente que si fallan los componentes clave del proceso de aprendizaje, la educación está condenada al fracaso. Recibir una educación de escasa calidad es lo mismo que no recibir educación alguna. Por eso, lo primero que hay que garantizar es la infraestructura adecuada y un marco favorable para que los contenidos permeen sin trabas. «Iniciamos la Fundación Niños en Alegría (NEA) en Gue­rrero con la idea de remodelar escuelas por completo. Después llegó la alianza con la Secretaría de Educación Pública. Hoy en día tenemos un convenio en el que ellos pagan 50% de la construcción del edificio y nosotros el otro 50%», comenta Alejandra mientras damos un paseo por su casa. «Muchos amigos extranjeros me preguntan por qué la fundación tiene que construir escuelas, cuando es el gobierno el que debería hacerlas.» El alma máter de NEA asevera que la necesidad de una infraestructura digna es simultánea a mejorar la calidad educativa. «Hay que enfocarse en una cosa. Si creamos una escuela digna y segura transmitimos la responsabilidad de cuidarla a los maestros, padres y a los propios niños. Tener luz, un aula de medios audiovisuales, unos baños dignos… es impor­tante. Hasta hoy hemos levantado ocho centros de bien­estar para niños que les ofrecen educación y seguridad. Recientemente pudimos comprobar que los huracanes Ingrid y Manuel no dañaron nuestras escuelas y, es más, sirvieron de albergue.»

La parte más compleja de la filantropía es la buro­cracia. «Dar un recibo deducible es un proceso com­plicado en Hacienda –afirma–, y también hay que armarse de paciencia durante el proceso de cons­trucción de una escuela. Nosotros ponemos la pri­mera parte del monto total y el gobierno pone la segunda parte. A veces este proceso se ralentiza, y es un momento crítico porque si no hay dinero se para la construcción.» En esta cruzada cuenta con diferen­tes aliados, como Cementos Moctezuma, que les dona todo el cemento para las escuelas; Ópticas Devlyn, que revisan a los niños gratuitamente, o L’Oréal, muy fieles a esta causa desde el inicio, entre otros.

Resultados es la palabra que más repite Alemán a lo largo de la conversación. «Nos interesa evaluar una escuela desde que la construimos hasta cinco años después, para demostrar a la sociedad que NEA sí fun­ciona. Hacemos proyectos a corto plazo: acabamos una escuela en un año, y es gratificante ver a tantas personas beneficiadas tan pronto.»

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México y la falta de confianza

Alejandra piensa que todavía falta mucho camino por recorrer en este ámbito. «Admiro la filantropía ameri­cana y la alemana. Si ven un anuncio relativo a una fun­dación creen que es verdad. La gente en el país no dona o no cree en los proyectos porque hay mala información al respecto. En México se ha malinterpretado lo que implica ser filántropo; tener una fundación no es parte de ser una señora de sociedad.»

Actualmente las grandes fundaciones absorben la mayoría de fondos y dejan a las pequeñas en una situa­ción complicada. Para estas últimas la filantropía gota por gota es la solución más efectiva. «Muchas fundaciones deberíamos pedir el gota a gota; esas pequeñas dona­ciones suman mucho más que las grandes. Donar poco a poco, mes a mes, todavía es difícil en México porque no hay la credibilidad ni la confianza suficientes, quizá por falta de transparencia.» Su consejo para alguien que empieza en este ámbito es elegir muy bien el objetivo; cómo y a quién ayudar. En el camino es fácil desviarse y no ver la meta. «El toque personal, de corazón, es lo más importante para lograr algo que trascienda.»

Cuando le preguntamos qué hace falta cambiar en nuestro país para que la filantropía tenga más fuerza y sea más efectiva, responde que lo primero sería aumen­tar los beneficios para las empresas y personas, sobre todo en cuanto a deducción de impuestos. «Admiro a Bimbo. Tiene estipulado un porcentaje muy alto para causas filantrópicas, y automáticamente, antes que desti­nar ese dinero a utilidades, lo utilizan para ayudar.»

 

Lo emocional vale más que lo material

Un proyecto preescolar en Michigan (EU), llevado a cabo en la escuela HighScope Perry, realizó un segui­miento a niños desde los tres años hasta los 27. Demos­traron que si se invierten 100 dólares en la educación de un niño de entre cero y cuatro años, se obtiene un retorno promedio de entre 7 y 10 dólares anuales. La misma cantidad invertida en el mercado de valores daría una ganancia promedio de 6.9 dólares anuales. De todas las inversiones que podemos hacer, la educación es la más rentable.

Por otro lado, el aprendizaje no es un proceso sim­plemente intelectual, sino también emocional. Los niños quedan más marcados por experiencias emocio­nales que materiales. Una de las historias que Alejandra relata demuestra esta tesis: «Otorgamos becas a niños y les seguimos hasta que son adultos. Hay casos de éxito, como el arquitecto que estudió en una de nues­tras escuelas y ahora nos ayuda a construir más. Un momento clave para mí fue cuando una niña, a su vuelta de un campamento en España, me dijo que quería ser la primera presidenta de México. Se había sentido libre y respetada, y quería ayudar a las mujeres a vivir lo mismo. Esa chispa de diferencia, esos cambios de patro­nes, nos dan ánimo para seguir luchando.» Lo raro es que ningún político haya querido atribuirse el gol, repli­car el modelo desarrollado por esta fundación y aprove­char una herramienta tan poderosa como es garantizar una educación básica. Pero, claro, tal vez es que real­mente no interesa…

 

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