En ese caminar por la vida, en donde uno se va tropezando (yo en mi jerga, les llamo tesoros) con gente inteligente que sabe dar forma a sus vuelos o colorear con sus propias ilusiones las nubes de sus sueños; gente valiente que tiene cosas que mostrar al mundo desde sus ópticas multisabores y multicolores, descubrí, hace algunos meses, también en este mismo Mexico intenso y multicultural donde la variedad de sinfonías de los infinitos chiles que aderezan los platillos de esa cultura gastronómica (otro mundo por descubrir en esta inmensidad …), sabe quemar con descaro los paladares incautos (como el mío) antes de permitirle a uno llegar al corazón de las calles, de los parques, al corazón de las frutas, o al corazón de las alcachofas…

Ese mismo corazón que la audaz y laureada Elena Poniatowska hacia que a mí me atrapara ( como el mismísimo corazón de Mexico) mientras leía su historia de amor en aquel libro: Llorar en la sopa , a lo largo de aquellas lineas que iban describiendo con ese exquisito detalle tocado del finísimo humor que ella sabe darle a la sutileza de su pluma, el sabor, el color, la textura o el ritual del deshojado de esa flor de pétalos apretados y sabor a corazón milenario de la alcachofa, en una de las 21 historias de amor que componen los secretos y los sueños de su libro “llorar en la sopa”.

arte tesoros de mexico

Ahí, entre ese tumulto de sabores, sutilezas y colores descubrí a una muy admirada artista cuyo trabajo me atrapó al pasar por primera vez por delante del escaparate de aquella pequeña tienda de trabajos de confección artesanal ubicada en un mercadito del centro de la ciudad, en la colonia de Polanco. Era el suyo, un trabajo sutil y etéreo; una labor que parecía tejida con jirones de nubes y viento, creando , en su factura, como una especie de hermosas pinceladas de colores que se fundían y entrelazaban entre, si como si la mano de un duende hubiera estado pintando sobre esa fina capa lana mientras lentamente le iba dando forma de una frágil, seductora y asombrosa prenda de vestir con la que adornar desde el torso de una hermosa princesa Azteca, hasta la más delicada espalda de nacar de una sirena con aquellas chalinas de seda voladoras tocadas con la ingravidez de los arambeles de algodón; y por si aquella dulce destreza fuera poca, su generosidad le llevaría a impartir cursos en los que las avezadas exploradoras que decidieran hacer incursiones por esas aguas ( ahí conocí yo a la Artista), podrían aprender todos los arcanos de su arte de su propia mano.

peces

Mi querida Claudia Cornew, trabajando entre fibras naturales, un soporte en el que sentir la suavidad y la dureza de la materia entre sus manos, resultó ser una artista de performances, cuyas obras vivas, podían pasearse (anónimamente) por las calles del mundo, pinturas para la piel, hechas de amor y lana, tejidas con la levedad de las brisas del mar para abrigar suspiros y sueños de eternidad.

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Los velos de Claudia volaban alto y lejos, y siguieron , y seguirán volando por que ese alma libre guarda tanto que enseñarle al mundo, que su historia no terminará … Jamás terminará, por que ese espíritu libre, lleno de ojos que saben mirar los rascacielos de las grandes urbes, los peces del mar y los valles del altiplano con la misma intensidad, ha decidido vestir paredes y llenar espacios abiertos y cerrados con sus horizontes y con sus colores; esa mirada, pondrá luz y sabor a cualquier planeta que se le ponga por delante siempre, por que ella es un cometa que sabe tejer los colores de la vida con las ilusiones y los anhelos de un meteoro.

 

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