Desde hace más de un siglo, The Goring permanece en el seno de la familia  fundadora que ha convertido este hotel en una cápsula del tiempo que retrotrae al huésped al esplendor del imperio británico: té, salones eduardianos y garden parties.

Por Álvaro Retana

Londres es encantador. Salgo y es como si de pronto apareciese una alfombra mágica sobre la que me siento transportada al  seno de la belleza sin levantar un dedo”. Virginia Woolf era una enamorada de la capital británica, presente en casi todas sus novelas como un personaje más, que describió en su diario como “una joya entre las joyas y jaspe de la alegría”. En pleno corazón del barrio de Belgravia, en Beeston Place, a escasos minutos del palacio de Buckingham y de la estación Victoria, se encuentra un hotel que parece nacido de la fantasía de esta acérrima londinense, The Goring, abierto en 1910 por el bisabuelo de su actual CEO, Jeremy Goring, durante el reinado de Eduardo VII.

Es el único en todo Londres que aún permanece en el seno de la familia que lo fundó: a lo largo de cuatro generaciones ha pasado de las manos de O. R. Goring, promotor y patrono; a las de su hijo, George; su nieto, del mismo nombre; y hoy a las de su bisnieto, Jeremy. Más que un hotel es una institución, típicamente británica, que no cerró sus puertas —ni siquiera durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial— hasta el año 2010, para celebrar su centenario con una renovación integral a cargo de los más renombrados interioristas ingleses (David Linley, Tim Gosling, Nina Campbell y Russell Sage), que le devolvieron su esplendor original, inspirándose en la estética de las casas de campo inglesas y en archivos de marcas históricas, como Gainsborouh Silks.

En el caso del bar, “el corazón del hotel”, como lo define Jeremy Goring, la inspiración viene del otro lado del Canal de la Mancha: el castillo de Malmaison, donde la emperatriz Josefina se retiró tras ser repudiada por Napoleón ante la imposibilidad de darle un heredero.

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Bajo el riesgo de corregir al último miembro de la dinastía fundadora, podemos decir que el verdadero corazón del hotel, más allá del bar o The Dinning Room —un fastuoso restaurante que recuerda a una legendaria fotografía de Cecil Beaton de un baile de debutantes, cuyo chef, Shay Cooper, acaba de recibir una estrella Michelin—, es el jardín en torno al cual se distribuye el edificio original, diseñado por el arquitecto John Evelyn Trollope en estilo barroco eduardiano.

Se trata del jardín interior más grande de Londres, de 41 por 30 metros cuadrados —es mayor que la pista de tenis más famosa del mundo: el Centre Court de Wimbledon—, y cuenta con su propio jardinero, contratado durante todo el año para lograr el efecto de un prado en el que discurren las estaciones entre tulipanes, rosas, clavellinas y un arroyo particular. El escenario perfecto para una garden party.

Por la tarde, durante los meses más cálidos, es también el marco perfecto para disfrutar de otra institución típicamente inglesa: el té. Galardonado como el Top London Afternoon Tea (algo así como los premios Oscar del té), refleja la pasión de esta familia por preservar los valores que hicieron de la corona británica un imperio global. Un clásico que afronta los próximos 100 años con su mejor cara.

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