Sólo hay una firma en el mundo que pueda identificarse bajo este título. Accedemos al corazón de las dos manufacturas de Montblanc en Suiza para comprobar que los instrumentos de escritura y los guardianes del tiempo comparten ADN: artesanía y perfección.

Minerva —contraparte de la griega Atenea— era la diosa romana de las artes, la industria, la ciencia y la sabiduría. Pero también de la guerra. Los fundadores de la manufactura Minerva, situada en Villeret (Suiza), no eligieron el nombre en vano. En 1858 los tres hermanos Robert se propusieron sentar las bases de una empresa donde los maestros relojeros preservasen la relojería suiza tradicional, su estética clásica y los movimientos mecánicos fuesen elaborados íntegramente por ellos. Aunque el primer calibre de complicación manufacturado en sus propios talleres data de 1908, el calibre 9CH, la palabra Minerva no apareció en las carátulas hasta 1923. El nombre comercial completo era Fabrique Minerva, Robert Fréres SA.

Desde hace más de 200 años en la región suiza de Le Locle y los valles que la rodean (La Chaux-de-Fonds, Saint-Imier y la región de Bienne) se crean los guardatiempos más complejos del orbe. Aquí se fabricaron cronógrafos de bolsillo en el siglo XIX, después los primeros relojes de pulsera y hoy en día las máquinas que guían la agenda del ejecutivo Forbes. En Villeret la manufactura Minerva ha demostrado su capacidad innovadora haciendo honor a su nombre, pero también su espíritu de lucha sobreviviendo a los dos grandes sismos de la industria: la crisis económica del 29 y la crisis relojera de los años 70.

En 1997 Montblanc Montre SA se instala en Le Locle y durante su primera participación en el Salón Internacional de la Alta Relojería (SIHH) en Ginebra presentan el reloj Meisterstück. Diez años más tarde Minerva y Montblanc unen fuerzas para crear el Institut Minerva de Recherche en Haute Horlogerie y preservar un patrimonio del que pocas firmas pueden presumir. Unidas por la misma inicial, hoy conforman una manufactura especialista en movimientos altamente codiciados, como los calibres de las colecciones Nicolas Rieussec y TimeWalker.

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La prueba de las 500 horas

Desde el inicio de la producción se presta especial atención a la calidad de los componentes. Para garantizar un nivel de funcionamiento óptimo, el equipo de control de calidad de Montblanc Montre SA. en Le Locle desarrolló e implementó una estricta prueba que valida todos los relojes antes de salida de la manufactura: la prueba de las 500 horas. Simula el ciclo de vida del primer año de un reloj. En las instalaciones —propias de un laboratorio especializado— todos los relojes se someten a condiciones que reproducen las condiciones de uso con la mayor fidelidad posible. Consta de varias etapas, cada una con distintas pruebas, y dura un total de tres semanas. No es algo habitual en la industria del tiempo. Sólo esta marca realiza un test de estas características.

¿Cuándo mide un segundo?

La manufactura en Villeret es conocida por haber desarrollado ingeniosas maneras de medir intervalos cortos de tiempo. Caminando entre los pasillos de su taller averiguamos que Albert Einstein publicó su tratado sobre la relación entre el espacio y el tiempo (Berna, 1916) el mismo año que esta manufactura creó un cronómetro que podía medir intervalos de tiempo con una precisión de una centésima de segundo. Algunas décadas después el mismo cronógrafo inspiró otra revolución a la hora de medir intervalos cortos: nacía el TimeWriter II Chronographe Bi-Fréquence 1.000 de Montblanc.

“Es un reloj que desafía las leyes de la ciencia”, comenta uno de los maestros relojeros cuando le preguntamos por él. Barto Gomila desarrolló el mecanismo recordando el juego de niños más común: hacer rodar un arco con la ayuda de un palo. Desde la marca puntualizan que la frecuencia necesaria para que un reloj mecánico divida el tiempo en milésimas de segundo debería ser de 500 Hz, pero este cronógrafo mide con precisión 1/1,000 de segundo con un volante que oscila sólo a 50 Hz.

Otro hito que los devotos de la estrella blanca no olvidan sucedió en 2008 durante el Salón Internacional de la Alta Relojería de Ginebra (SIHH). El primer calibre Montblanc manufacturado en sus talleres, el MB R100. Con él rendían homenaje a Nicolas Rieussec, inventor del cronógrafo. Movimientos particularmente complejos como los anteriormente mencionados reflejan un vasto legado y anticipan el futuro de la relojería de precisión. La manufactura Montblanc en Le Locle se concentra en desarrollar sus propios movimientos relojeros. Un detalle como prueba: el gran volante con elevado momento de inercia —el componente más importante del reloj— es de fabricación propia, al igual que la espiral, necesaria para que éste oscile.

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El nacimiento de una estrella

Alfred Nehemias, banquero de Hamburgo, y August Eberstein, ingeniero berlinés, deciden producir estilográficas  simplicissimus en 1906. Poco tiempo después, tres socios más se suman al negocio sembrando los cimientos de la firma que hoy veneran los hombres de negocios. En 1909 se establece el nombre Montblanc, según la leyenda, durante una partida de cartas en la que un familiar de uno de los socios hace una analogía de la estilográfica con el Mont Blanc, la cima más elevada y majestuosa de los Alpes. Un año después se registra la marca y se lanza la estilográfica Montblanc. El punto blanco en el capuchón será el precursor de la estrella blanca que hoy conocemos.

#DatoForbes

Dunhill Holding poseía Montblanc en los años 80. El holding fue adquirido por Vendôme Luxury Group SA, ahora Grupo Richemont.

 

Espera la segunda parte de esta historia…

 

 

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