Recorremos los sueños y recuerdos que vuelan en torno a este ícono del entretenimiento. El actor de distintivo acento de New Jersey e intensos ojos azules nos contó en exclusiva cómo marcar tendencia en el mundo del espectáculo y qué pasiones millonarias cultiva.

Una trayectoria en el mundo del espectáculo de 40 años respalda a este icono de la pantalla grande. No sólo ha sabido entretener a las audiencias, sino que ha interpretado personajes que se han convertido en emblemas de más de una generación: 54 películas desde 1975, dos más en espera de ser lanzadas, y más de 20 apariciones en series de televisión, sin contar sus presentaciones en teatro y su carrera como cantante, han colocado a John Travolta en el imaginario colectivo de todo el mundo. Cualquier persona del mundo reconoce su rostro, no importa su edad. Lo comprobamos mientras caminamos junto a él por el  Hotel St. Regis de la Ciudad de México.

Sus orígenes, sin embargo, no fueron fáciles. El hijo menor de una familia de seis hermanos que vivía en un suburbio modesto y con un presupuesto apretado se convirtió en uno de los más grandes actores de su tiempo con tres películas al año, giras  mundiales, y, además, siendo piloto profesional con licencias de vuelo que pocos llegan a adquirir. La colección de aeronaves que hoy nos muestra jamás se la imaginó siendo un chico que abandonó la escuela a los 17 años.

Fue en 1957 en Englewood, Nueva Jersey, cuando un pequeño niño se enamoró de los aviones. Con tan sólo tres años de edad solía tumbarse en el césped a ver estas grandes aeronaves cruzar el cielo desde el aeropuerto de LaGuardia, en Nueva York,  hasta el George Washington Bridge. Su infancia se llenó de un sueño: volar entre las nubes. Hoy en día afirma que el aire es su obsesión y, a la vez, su mayor inversión.

«Mi familia, mis hermanas en particular, se dedicaban a actuar y viajaban por todo el país. Mi papá y yo las llevábamos y las recogíamos del aeropuerto en cada uno de sus viajes. Esa mezcla de show business y aviación me empezó a parecer muy interesante», nos comentó el actor mientras se acomodaba en un sillón de su suite. «A los 15 años comencé a tomar cursos para aprender a volar».

Tardó cuatro años en conseguir la licencia —a 37 dólares la hora de vuelo resultaba complicado avanzar rápido teniendo un trabajo modesto en el supermercado y su primer cheque como actor no llegó hasta una obra de Broadway a los 19 años—. «No podía creer que fuera real, la idea de estar solo en ese avión, volando, incluso era surrealista. Me costaba trabajo creer que hubiera conseguido la habilidad y el conocimiento para llevarlo. Estaba eufórico y, honestamente, aún lo estoy».

La emoción de estar lejos de la tierra, la velocidad y el hecho de experimentar lo que siente un ave lo llevó a comprar su primera aeronave. «Era un Ercoupe con un motor pequeño y dos colas. Lo llamaban “el avión que se podía volar como un auto” porque era sencillo de conducir y bastante económico. Sólo costó 25,000 dólares», nos reveló Travolta. Aquel pequeño aeroplano fue el primero de una vasta colección por la que han pasado alrededor de 30 aeronaves. The Challenger 601, de Bombardier, es el predilecto del actor y ha sido el que más le ha costado. Aunque la inversión de este jet especializado lo coloca como el mayor lujo que se ha dado, afirma que la cantidad inicial se compensa con el eficiente mantenimiento, lo que lo convierte en una elección bastante efectiva, sostiene.

Confiesa que aprender a dejar ir una aeronave ha sido un problema para él, pues no sólo está enamorado de la sensación de volar, sino que adora a sus aviones. Nos cuenta con nostalgia la historia de uno de sus primeros modelos, al que tardó mucho  tiempo en dejar ir —demasiado, subraya— al punto en el que la cantidad de dinero invertida por su mantenimiento ya no era costeable y superaba, por mucho, lo que gasta actualmente.

¿Su segundo gran lujo? La adquisición de aviones de pasajeros: un Boeing 707 y un Gulfstream. Por esta afición ha obtenido las licencias de aviación más especializadas y difíciles de conseguir, sumando un total de 12. De igual forma, ha sido galardonado con el premio de excelencia por el Instituto de Aeronáutica y Astronáutica en 2003 y obtuvo la mención como «Embajador de las leyendas vivientes de la aviación» en 2007.

Como una muestra más de su pasión por el arte de volar, su casa en Ocala, Florida, tiene un diseño especial para conectar los aviones a la misma a través de una pista de rodaje. Una especie de aeropuerto privado, pues el piloto, cuya riqueza se estima en 160 millones de dólares, suele utilizar únicamente sus aeronaves para sus viajes de trabajo, giras y, por su puesto, también para sus viajes de placer.

Foto: Germán Nájera e IVvan Flores.

Foto: Germán Nájera e Ivan Flores.

La familia como la cúspide

«Mi hijo más pequeño quiere ser chef. Con mi asistencia,  lo dejo preparar pasta y brownies, y después volamos sobre Florida juntos. A veces dejo que se siente conmigo en la cabina y que me ayude a volar el avión, presionando algunos botones y cosas así», nos cuenta.

Sus hijos han sido su mayor alegría y su principal fuente de inspiración, pero también le han traído sus más grandes tristezas. La muerte de su hijo Jett en 2009 es uno de los momentos más difíciles que ha tenido que afrontar. Para poder seguir adelante tardó dos años y uno de sus mayores apoyos lo encontró en su religión, la Cienciología, la cual sigue desde hace cerca de 40 años.

«Si pudiera volver a vivir un momento en mi vida, en definitiva, sería la niñez de mis tres hijos, cuando tenían de dos a cinco años; esa edad es una de las más especiales. Me hizo experimentar la paternidad de una forma imposible de definir».

La paternidad es la primera de sus prioridades, e incluso menciona que la primer cosa por la que le gustaría ser recordado en esta vida es por ser un buen padre, seguido por tener la capacidad de entretener a un público mejor que la mayoría y por inspirar a las personas a volar y a ser mejores.

Sus padres y su hermana, asegura, son las personas de quienes más ha aprendido. Ellen, la mayor de sus cinco hermanos, es un ejemplo para él, pues es quien lo hizo ver que, con trabajo, era posible conseguir lo que desees, es factible estar en el mundo real y poder ganarse la vida siendo un artista.

«Algo que siempre recordaré será haber llevado a mis padres por primera vez a Europa después de haber filmado Grease (Randal Kleiser, 1978). Dejarles explorar un nivel de vida que no conocían porque no habían tenido el dinero para experimentarlo y, de repente, estar en París, en un buen hotel, viendo los Campos Elíseos y la Torre Eiffel. Es un regalo que les di y me da mucho gusto recordar. Ellos me criaron, me trataron bien, me dieron un futuro y quería darles algo a cambio», platica Travolta con una sonrisa en su rostro.

Sin embargo, afirma que hay cosas que vienen con la fama y el dinero que no puedes controlar y esos son los mayores retos que ha tenido que sobrellevar. «Saber cómo elegir a las personas a tu alrededor, encontrar aquellas que son buenas para ti y lograr discernir cuáles no lo son es un arte que, mientras antes domines, mejor estarás. Especialmente, en un lugar como Hollywood».

Algunos de los problemas que ha enfrentado a lo largo de su carrera —y de su vida personal— han sido, precisamente, ocasionados por esas malas elecciones. Sin embargo, las mayores alegrías y los momentos más enriquecedores se han dado por haber tenido la habilidad de encontrar excelentes personas en quienes apoyarse. «Creo que ese es uno de los retos más grandes en la vida. Sin duda, ha sido el mío», confiesa el artista.

La otra cara de la moneda

El dinero le ha permitido construir un aeropuerto dentro de su casa, la posibilidad de conocer todo el mundo y el gusto de poder presumir una vasta colección de relojes de lujo. Sin embargo, si hay alguien que sabe que el dinero no lo es todo es John Travolta.

La muerte de su primer hijo con sólo 17 años a causa del autismo y de ataques epilépticos lo hizo ver que la salud es algo que no se puede controlar. Sin embargo, la experiencia hizo al actor reflexionar sobre la necesidad que existe hoy en día de apoyar a la ciencia para encontrar solución a este tipo de problemas. El respaldo, a través de una inversión bien direccionada, no sólo le da un empuje al avance de las investigaciones, sino que puede ayudar a familias que no tienen la capacidad económica para sobrellevar las enfermedades o de, en algunos casos, darle solución a las mismas.

«Dirijo cinco fundaciones, una es la que está dedicada a mi hijo, The Jett Travolta Foundation». Esta, que es el eje rector de todos sus esfuerzos filantrópicos, incluye un amplio espectro de áreas para las cuales utilizan el dinero. «No quería limitarlo a epilepsia o autismo, que es lo que Jett padecía, sino ampliar la ayuda para beneficiar a cualquier familia que tenga un hijo con alguna discapacidad», comentó Travolta,  quien dentro de la fundación es la persona que tiene la última palabra en la decisión de hacia dónde se destinan los fondos.

Sin ningún costo de operación, en los últimos seis años, esta fundación ha donado a alrededor de 100 causas distintas. Su principal enfoque son los jóvenes que padezcan desde problemas educacionales hasta aquellos que requieran tratamientos especializados. Incluso, uno de sus más recientes esfuerzos se direccionó a un grupo de jóvenes que deseaban competir en carreras de velocidad, pero que necesitaban prótesis para hacerlo.

Algunas de sus otras fundaciones incluyen un programa de rehabilitación que vela por la salud de bomberos y personal de rescate de Estados Unidos que se encuentran expuestos a sustancias tóxicas. Esta se basó en la desintoxicación a la que se tuvieron que someter algunos oficiales tras los ataques del 11 de septiembre. En la zona de devastación había químicos y sustancias tóxicas que dañaron la salud de varios cuerpos de rescate, lo cual requería cuidados especiales que resultaban costosos. Como ésta, hay otras situaciones que requieren de tratamientos para asegurar el bienestar de los trabajadores públicos.

De igual forma, dentro de sus esfuerzos filantrópicos, realiza donaciones recurrentes al Nelson Mandela Children’s Fund y se involucra personalmente en programas de rescate ante desastres naturales. Durante el huracán de 2005 en Nueva Orleans piloteó su 707 para llevar comida y medicinas a las personas que estaban en la zona de desastre. Más adelante, tras el terremoto de Haití en 2010, volvió a llevar su 707 para trasladar médicos, voluntarios y provisiones que ayudaran a la población haitiana.

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El arte de ser John Travolta

El entretenimiento, la velocidad y la filantropía no son los únicos intereses que el nominado al premio Oscar por la película de Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994), posee. Mientras mira su celular en una suite del Hotel St. Regis de la Ciudad de México, Travolta platica sobre su más reciente interés: la pintura.

El también bailarín tiene un agudo sentido del arte. Hace años pasaba su tiempo libre realizando pinturas con acuarela; sin embargo, con su más reciente papel en la película The Forger (Philip Martin, 2014), confiesa haber recuperado el interés por el pincel y los lienzos blancos. Sin embargo, es el óleo lo que en esta ocasión ha atraído su atención. Finalmente, en su celular ha encontrado sus más recientes creaciones. Dos pinturas, que tiene enmarcadas, realizadas por él mismo y que responden, una a la técnica impresionista y la otra se acerca más a las tendencias expresionistas. «También vengo de una familia de pintores. Mi padre pintaba y mi abuelo también, así que traigo ese interés en la sangre», afirma orgulloso mientras nos muestra la pintura de la bailarina que tiene colgada en una pared de su casa.

En la elección de pintores predilectos, sin embargo, le resulta difícil decidirse. Expresa su admiración por Monet, Calder, Moreau y Picasso, así como por Edward Hopper, su artista estadounidense preferido. No obstante, aunque aún no es un gran coleccionista de arte, Travolta comenta que está comenzando su colección poco a poco y que, hasta el momento, tiene suficientes piezas «para vestir una pared». En su posesión se encuentran dos obras de Calder, dos lienzos de Moreau y un Picasso.

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Originalmente publicada el 7 de agosto de 2015

 

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