En una llamada con accionistas el 15 de julio de 2015, Brian Krzanich, CEO de Intel, tuvo que abordar un tema polémico: la empresa ya no puede desarrollar microchips al ritmo que ellos mismos propusieron en la famosa Ley de Moore, que marcó el estándar de la industria de microprocesadores.

Gordon Moore, cofundador de Intel, propuso la ley que lleva su nombre, en 1965.

En su versión más reciente, la “ley” dice que aproximadamente cada dos años se duplica el número de transistores en un microprocesador. (Pongo la palabra “ley” entre comillas porque en realidad no se trata de una ley formulada con base en la ciencia o la ingeniería; más bien es una observación que ayudaba a predecir el ritmo de avance del desarrollo de chips.)

Y precisamente como no se trata de una ley, y puede cambiar, en aquella llamada el CEO de Intel explicó a sus inversionistas que de ahora en adelante la empresa duplicará la cantidad de transistores en sus chips cada 30 meses, y no cada 24. Además, Krzanich aseguró que los otros fabricantes también están disminuyendo la velocidad con la que desarrollan y lanzan nuevos microchips.

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Ni lenta ni perezosa, la empresa china Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC) salió a desmentir al CEO de Intel. Dijo que ellos sí tienen la capacidad de continuar desarrollando sus productos de acuerdo con lo que proyecta la Ley de Moore.

La declaración de TSMC no es cosa menor; se trata de la fundidora de semiconductores más grande del mundo, y si la empresa asiática está en lo cierto, el fracaso no será de la Ley de Moore, sino de Intel.

 

Ganadores y perdedores

La desaceleración no es una gran sorpresa, y a los inversionistas de Intel no les quita el sueño, ya que la empresa se ha diversificado a otros negocios lucrativos, como el internet de las cosas y los centros de datos.

Por otro lado, hay que reconocer que Siri de Apple o el Oculus Rift no serían posibles sin poderosos chips que traen la magia a la vida real, y cada nueva versión de esos productos tiene mejores microprocesadores. ¿Qué sucederá ahora? ¿Tendremos que esperar más tiempo para la nueva versión de nuestro gadget favorito? Quizá no.

Tener microprocesadores poderosos es importante; sin embargo, la densidad ya no es el aspecto más importante de un chip. Lo fue cuando el estilo de computación que permite Intel era dominante, es decir, tareas en equipos de escritorio con hojas de cálculo y procesadores de texto.

Hoy, las computadoras (y los humanos) realizamos actividades en las que la densidad de transistores en un chip no es la característica definitiva. Por ejemplo, simulaciones sísmicas, simulaciones de Monte Carlo o el procesamiento de gráficos requieren otro estilo de computación en el que dominan empresas como AMD o Nvidia. A la par, Google está probando la computación cuántica, e IBM y HP están experimentando con procesadores que emulan el cerebro humano.

El verdadero fracaso de la Ley de Moore es que se volvió irrelevante.

El verdadero fracaso para la industria de la tecnología sería no aprender del pasado y repetir la historia de Intel: crear un estándar y elevarlo al grado de ley, para 50 años después decir “siempre ya no” y que tu principal competidor diga “¿cómo que no?”

 

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