Por Julián Andrade*

François Hollande acaba de publicar Las lecciones del poder. Quien gobernó Francia dice que una de las tareas más importantes de un mandatario es tomar decisiones y asumirlas.

Nada es sencillo y todo tiene un costo, muchas veces alto en terreno personal y en el político.

Tocado por múltiples tragedias y entre ellas las provocadas por ataques terroristas, revela que el trabajo presidencial es el de velar sobre la vida de la nación, pero entendiendo que día a día lo acompañará la muerte. Palabras duras que provienen de un hombre que tuvo que elegir y que lo hizo, a su modo y en su tiempo, en un mundo peligroso y lleno de acechanzas.

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Una mañana el presidente recibe, en su teléfono móvil, una llamada de Patrick Pelloux, cronista en Charlie Hebdo. Su voz, “está deformada por el horror” y solo alcanza a decir: “es una masacre, están todos muertos”. De inmediato, y a pasar de las objeciones de los servicios de seguridad, Hollande se traslada a la avenida Richard Lenoir donde se encuentran las instalaciones del semanario. El impacto va a ser grande y definirá su presidencia.

Después de todo, Chalie “encarna la libertad, la impertinencia, la risa salvadora. Hablo de esos hombres y esas mujeres que admiramos y ya no están más.”

Una decisión tomada en minutos desde un escritorio en el Palacio del Elíseo puede cambiar el destino de un pueblo y signar una victoria de la democracia sobre la barbarie. Es ahí, “donde la política tiene sentido”.

Una presidencia normal, sostiene Hollande, no es una presidencia banal. Ella exige en las circunstancias graves y en la duración del tiempo de sangre fría y de sagacidad.

Después de todo, el rol presidencial se advierte en la instauración de una dignidad democrática que apela a la ejemplaridad, la razón y la adhesión.

“El jefe de estado debe ser a la lejano pero cercano, inflexible pero humano, majestuoso pero modesto, misterioso pero transparente, lacónico pero conversador, distante pero adorable, monarca, pero ciudadano.”

Hollande es un defensor del modelo presidencial, ya que ello permite no estar sujeto a acuerdos que lo aten y que reduzcan su flexibilidad para impulsar un proyecto. Recuerda que los jefes de gobierno en las democracias europeas provienen del sufragio universal, pero dependen de sus parlamentos, en Francia, en cambio, el presidente depende del pueblo.

La palabra es trascendental. Hollande difiere de la idea de que el silencio de los presidentes ayuda a suscitar interés. El jefe de Estado debe aceptar estar presente en los múltiples espacios mediáticos, ya que lo que finalmente importa es el contenido, el mensaje.

Para Hollande, en la nueva configuración de la información, la gestión del tiempo es un arma principal. Hay que ir rápido para no perder la partida, pero también hay que saber detenerse.

Siempre mantuvo un respeto irrestricto por la prensa, ya que está convencido que el presidente tiene la necesidad, más que nunca, y ante la crisis de confianza en las democracias, de ser cuestionado.

*Periodista y escritor. Es autor de la Lejanía del desierto y coautor de Asesinato de un cardenal

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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