A pesar de que soplaba viento a favor del TLCAN, la imposición unilateral de aranceles del 25% al acero mexicano y el 10% al aluminio de nuestro país por parte de la administración Trump es la cristalización de una política proteccionista que había venido esbozando el actual gobierno de los Estados Unidos. La sincronización de esta medida con el cierre esperado del proceso de renegociación del TLCAN no es fortuita, busca -sin duda- meternos presión para aceptar condiciones que no serían de interés para nuestro país.

Después de varios meses de negociación en el que ha sido evidente 1) la necesidad del TLCAN como una herramienta de competitividad de la región, 2) la defensa del mismo en los tres países y 3) la firmeza del gobierno de México, viene la imposición de estos aranceles para buscar concesiones de último minuto de acuerdo con los tiempos planteados para el proceso de renegociación. Como resulta cada vez más claro, la visión proteccionista de la administración Trump se basa en una concepción del comercio como juego de “suma cero” en el que en el que lo que ellos pierden (déficit) es igual a lo que nosotros ganamos (superávit). Esta visión no reconoce que lo que el comercio internacional permite es la especialización y que cada país se enfoque en producir lo que es más eficiente (a menor costo). Los ganadores en esto son los consumidores que pueden acceder a los productos en mejores condiciones de precio que si produjeran todo internamente o con aranceles que artificialmente encarecieran los productos importados. Menos aún, esta visión tampoco reconoce que los déficits y superávits son posiciones que no son ni intrínsecamente buenas o malas, sino que son condiciones generadas por desequilibrios macroeconómicos de las economías. Si un país gasta por encima de su nivel de ingreso -por ejemplo, por mayores niveles de consumo, inversión o gasto gubernamental- su mayor gasto necesariamente tendrá que ser financiado por alguien más generando un déficit. Sin embargo, pareciera que la administración Trump no sabe esto.

Y ante esa visión y esas acciones del gobierno de nuestro vecino ¿qué es lo que debe hacer México frente a estas medidas?

México debe responder y no reaccionar, ya lo he comentado antes. La respuesta de nuestro país debe ser inteligente y, sobre todo, debe hablar más de nosotros mismos y lo que queremos como país, que convertirnos en lo que nuestro vecino quiere. Frente a medidas proteccionistas no podemos reaccionar de la misma forma, sería como hacerle el juego a las políticas del gobierno de nuestro socio. México baila a su son y no al son que le toquen.

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¿Y cómo responder?

Ante la medida concreta. La respuesta de México debe ser firme y equivalente como ante cualquier medida unilateral por parte de un socio comercial de nuestro país. Es importante dejar en claro y mandar el mensaje de que no nos vamos a dejar. Como ya se ha anunciado el gobierno mexicano impondrá aranceles a diversos productos entre los que se encuentran los aceros planos (lámina caliente y fría, incluidos recubiertos y tubos diversos), lámparas, piernas y paletas de puerco, embutidos y preparaciones alimenticias, manzanas, uvas, arándanos, diversos quesos, entre otros, hasta por un monto equivalente al nivel de la afectación de la medida impuesta por nuestro vecino. Es importante responder y minimizar las afectaciones al consumidor y a las cadenas productivas.

En el proceso de renegociación del TLCAN. Más vale tomarnos el tiempo requerido y negociar un buen acuerdo que terminar rápido y quedarnos con uno no tan bueno. Existen fuerzas en los tres países que quieren un TLCAN que funciona y son aliados que realizan cabildeo y lo defenderán con nosotros, no estamos solos. Así que es necesario no dejarnos presionar con este mensaje del gobierno actual de nuestro vecino y seguir con el proceso de renegociación, aunque tome más tiempo. Sabemos que Trump ha hablado mucho de sus estrategias y tácticas de negociación. Así que, frente al ardid negociador, tiempo, firmeza y congruencia.

En nuestra visión del comercio exterior. Refrendar nuestra política comercial como país. Desde finales de los ochenta México es un país que ha tomado una posición muy clara respecto al comercio exterior. Somos un país muy abierto al comercio exterior y creemos firmemente en sus ventajas y las oportunidades de consumo e inversión para nuestra gente. Por su continuidad nuestra política se ha convertido en cierta forma parte de una política ya -de facto- del estado mexicano. Los resultados de esta política son visibles, somos el mayor exportador de América Latina y hemos consolidado avances muy importantes hasta convertirnos en una potencia manufacturera de clase mundial, además de una potencia de agricultura de exportación y una de las economías más complejas y que exportan más tecnología al resto del mundo. Somos uno de los países que tiene firmados más tratados de libre comercio en el mundo. También somos reconocidos como parte de lo que ofrece México a nuestros socios y es parte de marca país y de nuestro ADN en los negocios. Lo peor que podríamos hacer al cerrarnos al comercio exterior sería cuestionarnos nuestro grado de apertura e integración con el mundo e inadvertidamente seguirles el juego a las políticas comerciales del gobierno de nuestro vecino. Es momento de profundizar en la apertura comercial más que retraernos y bailar al son que nos toquen.

Frente al son de proteccionismo que viene del Norte hay que responder con más apertura al comercio exterior, no con más proteccionismo. Es necesario reforzar hacia afuera nuestra convicción de economía integrada en un mundo global y plenamente abierta al comercio exterior. Y una convicción hacia fuera no puede venir más que de una convicción desde adentro de que el mejor camino, el de la apertura, es el que hemos elegido. Son tiempos de firmeza hacia fuera y de no dudar, de profunda convicción hacia adentro. Momentos de defender en lo que creemos, sin arrepentimientos. Y más, en tiempo de elecciones.

 

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