Gabriel Orozco es el artista mexicano más cotizado en el mercado internacional del arte contemporáneo. Su práctica responde a una imperiosa necesidad de explorar todo aquello que despierte su curiosidad, por muy inexplicable que en un principio parezca. Una de sus máximas: generar algo, sin esperar nada a cambio.

 

Por Naomi Palovits y Jonathán Torres

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El artista, con minuciosa paciencia y durante una larga convalecencia en su departamento de Nueva York, dibuja un tablero de ajedrez que se extiende en una calavera. El cráneo humano, que no es de plástico sino real, se transforma por completo y pasa de ser un objeto inerte a una pieza animada por el efecto envol­vente de la cuadrícula de grafito. La obra de arte ha sido creada.

“Black Kites” es considerada una de las obras artísticas más potentes del mundo, que hoy se exhibe en el Museo de Filadelfia, en Estados Unidos. Su creador es mexicano. Ga­briel Orozco, uno de los artistas más relevantes de su generación en la escena artística internacional, cuya obra ha sido motivo de exposiciones individuales en los museos y galerías más importantes del mundo.

Orozco nació en Jalapa, Veracruz, en 1962. Su padre, pintor, trabajaba con el muralista David Alfaro Siqueiros. A los seis años em­prendió su primera aventura: migrar a la Ciudad de México. Así empezó a escribir su historia, pero sobre todo fue ahí cuando tuvo sus primeros encuentros con un valor intangible que hoy lo manifiesta en su máxima expresión: la creatividad.

“Tuve una infancia muy feliz, cre­cí rodeado de artistas. Los padres de mis amigos eran fotógrafos, arquitectos, músicos, muy políticos, todos de izquierda”, cuenta en retrospec­tiva Gabriel Orozco, un observador nato que, antes de materializar una obra, se involucra con la tierra que pisa, mira su cotidianidad, indaga en su historia, analiza el momento. Eso hizo recientemente en Japón, donde trabajó con un experto en técnicas de carpintería que no requieren de ningún accesorio de metal o clavos y que, mediante el uso de sofisticados engranajes, han sostenido templos y casas durante siglos. Hoy, su última creación, “Visible Labor”, es exhibi­da en la galería Rat Hole en Tokyo.

―Gabriel, parece que no hay espacio en tu agenda para la rutina…

―Estoy en constante movimiento, pero tengo mi rutina de trabajo con mi cuaderno, por ejemplo, que se ha convertido en mi estudio. Al no tener un estudio permanente, ni asistentes permanentes, trabajo solo todo el tiempo y esa ligereza de equipaje es lo que me permite estar en diferentes lugares… Esto tiene que ver con la idea de vaciarse, de alguna manera, para estar fresco y empezar de nuevo un proceso de trabajo en cada proyecto.

Estamos frente a un artista sin estudio. La crea­tividad de Gabriel puede generarse entre cuatro paredes, pero nunca en el mismo espacio; parecería que la inspiración de este artista nace y muere todos los días. “Con el tiempo me di cuenta que no podía estar haciendo lo mismo por más de quince minutos en un lugar. Me empecé a aburrir de estar todo el tiempo en un estudio haciendo lo mismo. Llegaba y no sabía qué hacer. Me gusta variar, me encanta dibujar… a veces sentado, a veces en vertical, en un caballete o en mi cuaderno. El cambiar de espacios empezó a generar más agilidad en mi cerebro, empezó a oxigenarlo, las ideas empezaron a fluir mejor”.

Si hubiera que hacer uso del lenguaje utilizado en el mundo de los negocios, Gabriel Orozco emprende a cada momento, en diferentes mer­cados, con diversos activos. El barro bajo sus ojos, por ejemplo, no es visto solamente como un pedazo de tierra húmeda. Éste puede tener un alto contenido cultural, dependien­do del lugar en el que se encuentre. Lo mismo le ocurre cuando trabaja con un coche. Con cualquier “insig­nificancia”. Es decir, cada empren­dimiento de Orozco tiene su propia identidad, su valor añadido. Gabriel es un emprendedor social.

 

―¿Qué es lo que más disfrutas?

―Todo, desde el principio. Explorar algo sin saber bien qué vas a hacer con eso y disfrutarlo. Es muy importante la idea de deseo, algo que te da curiosidad y deseas conocer o hacer. Es como salir a caminar sin propósito fijo. Luego viene la parte de estudiar el material, empezar a ver que haces con éste. Cada caso es tan diferente, así como la variedad de posibilidades cuando empiezas a actuar con el material. Después vie­ne la resolución final, que es la más difícil, porque abres una nueva serie de posibilidades de significación para ese material que estás usando, pero tienes que dejar un momento de suma claridad para que sea útil para los demás y en ese momento se convierte en un bien común utilizado por el público para seguirlo significando culturalmente.

 

―¿De dónde viene la inspiración para lograr esos grandes proyectos?

―Cuando yo crecí no había internet, eran muy pocas las revistas que lle­gaban a México. Ahora es más fácil el acceso a la información. Si estás involucrándote con algo es muy im­portante saber lo que se ha hecho, lo que es posible y de allí viene mucho la inspiración. Pero la inspiración más importante tiene que ver con la experiencia que te da la vida; ser más o menos consciente del gran paisaje y de tu especificidad, para que esa posible inspiración pueda generar cosas especiales.

 

―El miedo a fallar existe en el emprendi­miento. ¿Cómo convives con el fracaso?

―La idea de decepción es muy im­portante para mi, porque el público está esperando que algo maravilloso se le presente y yo siempre me he revelado contra esa presión. Un empresario está invirtiendo y quiere ganar dinero, por lo que él tiene otra expectativa. Pero cuando se trata de un proyecto cultural, que tiene que ver con otro tipo de ganancias –polí­ticas, culturales, ecológicas– es muy importante plantear la idea del éxito de otra manera. Si mi labor y mi función social es la de innovar en el arte y de tratar de romper barreras de prejuicios de lo que debe de ser el arte, y de lo que debe de ser México, forzosamente tiene uno que lidiar con la idea de que habrá un público que se va a decepcionar. Cuando hay ese riesgo en la presentación de una obra se siente un placer raro, porque antes de presentarla sabes que la decepción se puede registrar y eso emociona, ya que estás arriesgando cosas. Pero la idea del éxito también es relativa. Hay una parte cultural en el arte que no se puede tasar. En fin, en mi caso la idea de decepción es muy importante porque eso siempre me ha dado la sensación de libertad, de hacer siempre lo que yo quiera.

El vértigo que se produce cuando miras el mundo a un ritmo superior a los 300 kilómetros por hora, era uno de esos resortes que activaban el cerebro del pequeño Gabriel, quien soñaba con ser piloto de F1. Pero había algo más en él: cu­riosidad y una tendencia al cuestio­namiento. Desde entonces, sabía que tenía que hacer algo distinto.

“Me gustaban mucho los coches. También el futbol. El arte puede ser como una buena jugada de futbol: mover algo con cierto arte en un te­rreno determinado. Con los años, em­pecé a llenarme de información y eso generó otros circuitos en mi cerebro para pensar de manera diferente”.

El joven Gabriel, con el correr del tiempo, mantenía esa costum­bre por moverse con rapidez, con preguntarse si había otras maneras para manifestar el arte, pero sobre todo albergaba una sensación de insatisfacción por el mundo que lo rodeaba. Eso le provocó un punto de inflexión y es aquí cuando esta historia toma otro rumbo.

“Empiezo a tomar distancia de mucha gente. Bueno, para mi madre todo lo que yo hacía era lo máximo. Pero mi padre no entendía, no era muy motivante, aunque no es que me criticara abiertamente. Algu­nas personas no entendían lo que hacía. Hubo una etapa en la que estaba bastante solo, sin el apoyo de ningún tipo. Fue un momento de transición muy importante, tenía que tomar un camino en solitario con bastante decisión, pagar el precio de esa soledad, pero seguir firme con mi proyecto. Fue así que empecé a independizarme sicoló­gicamente del sistema, del arte, del país, de ciertas relaciones de amis­tad y de familia. No estoy hablado de nada dramático, son procesos importantes donde se forma una personalidad”, cuenta ahora el artista Gabriel Orozco.

Había una piedra más en su camino: la falta de dinero. “Me acuerdo que muchos colegas del mundo del cine se quejaban de que era imposible hacer buen cine en México porque no tenían el presupuesto para hacerlo. Yo nunca acep­té esa explicación. ¿Para hacer una buena película necesitas un millón de dólares? Esa era una manera muy equivocada de empe­zar una empresa exitosa”.

 

―¿Cuál es el camino entonces?

―Lo que hice fue asegurarme de que la producción de mi obra no dependiera de un presupuesto, es decir, tratar de abaratar muchísimo los costos y trabajar con elementos accesibles que cualquier persona pudiera hacer para independizarse de la parte eco­nómica. Eso ya plantea un sistema de producción económico y político diferente, que va a influir en el resul­tado del producto de la obra.

Bajo esa lógica, nació la Gale­ría Kurimanzutto, una iniciativa mexicana que pone a disposición de jóvenes artistas la infraestructura para darle rienda suelta a la produc­ción del arte, con independencia económica y autosuficiencia. La iniciativa surgió de Gabriel Orozco. Al no tener galería en México que lo representara, le sugirió a sus amigos del alma, Mónica Manzutto y José Kuri, crear una galería. A falta de un espacio fijo, en un principio las exhibiciones eran itinerantes; un día, bastaba con tener un local en el Mercado de Medellín en la colonia Roma de la Ciudad de México; otro día, se mudaban a una bodega. Fue hasta 2008 cuando Kurimanzutto se estableció en un domicilio perma­nente en la colonia San Miguel Cha­pultepec. Hasta la fecha, la galería Kurimanzutto aplica una fórmula de complicidad y sociedad con sus artistas, entre ellos Gabriel Oroz­co, Damián Ortega, Gabriel Kuri, Abraham Cruzvillegas y el Dr. Lakra, todos con alcance internacional.

Sin embargo, fiel a su costumbre, Gabriel sostiene que todavía falta mucho por hacer: “Sería muy impor­tante hacer un museo de arte contemporáneo que involucre a varios secto­res del país para lograr un proyecto serio de museo a nivel internacional. Aunque ya hay una generación de ar­tistas y los curadores vienen a buscar más arte mexicano, no tenemos un museo del nivel de la Tate Modern o del MoMA. México es uno de los centros de producción de arte más importantes del mundo”.

 

―¿Quiénes le apuestan al arte contempo­ráneo en México?

―La iniciativa privada. Ciertas per­sonas y cada vez son más. Pero no estamos hablando de las grandes fortunas de este país, sino de fortu­nas medias.

 

―¿Y el gobierno?

―Lo normal sería que el gobierno pudiera hacer algo para involucrar­se un poco más y hacer un museo. Aunque, la participación del Estado en las artes plásticas tendría que ser mínima; entre menos se meta, mejor.
El artista tiene que cuidarse mucho de la dependencia excesiva de cual­quier sector de poder. Para hacer un gran museo necesitas que el Estado participe, evidentemente, junto con la iniciática privada, pero tiene que estar estructurado de tal manera que sea para fomentar las cosas, para resguardarlas, para cuidarlas.

Heróicamente, en los últimos años la escena del arte contemporáneo en el país se ha convertido en una industria. La cantidad de espacios dedicados a la venta de arte se ha multiplicado, así como también el número de centros de arte, escuelas independientes y talleres para la producción. Artistas como Gabriel Orozco, Francis Alÿs, Teresa Margolles, Miguel Calderón, Carlos Amorales y Damián Ortega, gozan de una carrera estableci­da, mientras que la calidad de los artistas emergentes cada vez es mayor. Las residencias artísticas en México dan cuenta del nuevo Ber­lín, en otras palabras, la gran capital creativa. Para artistas, México es el lugar donde suceden las cosas, y todo esto, ocurre al margen del Estado.

“El arte contemporáneo ha generado muchísimo para el país, y lo hemos hecho porque desde un principio, por lo menos de mi parte, fui muy consecuente con la idea de hacer una infraestructura para que se pudieran desarrollar otros artis­tas y para que el mercado pudiera crecer”, sostiene Gabriel Orozco.

 

―Forbes sostiene que eres el artista mexicano mejor pagado en el extranjero. ¿Cómo es tu relación con el dinero?

―Desde un principio, para mi era muy importante tener cierta libertad y ligereza para hacer variedad de trabajo y vivir en varios lados, por lo que he tratado de no depender del dinero en general. En otras palabras, podría hacer lo mismo que hago sin dinero. La primera condición impor­tante es mantener esa independen­cia creativa del dinero. Por otro lado, tengo la fortuna de tener una de las mejores galerías de Nueva York (Marian Goodman) y esa galería me ha ayudado a hacerlo bien y sin especulaciones gratuitas.

 

―¿Quién colecciona tus obras?

―La mayoría está en museos y colec­ciones privadas. La DS forma parte del Fondo Internacional de Arte Contemporáneo de Francia, Black Kites la adquirió el Museo de Fila­delfia, el MoMA tiene varias obras.

 

―¿En cuánto se cotizan tus obras?

―Ésas son cosas que el mismo mer­cado va dictando. El arte ha crecido mucho en el mundo y obviamente ha habido especulación de pre­cios y cosas en que yo no me meto porque no es mi lugar. Finalmente, la respuesta concreta es que yo sigo trabajando, sigo siendo el mismo de la misma manera. Nada más me estoy haciendo más viejo, me gusta comer bien, en el mismo lugar, mis tacos favoritos en Tlalpan.

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