No existe victoria sin sacrificio. En el ajedrez y en la economía es aplicable. La mayoría de los bancos centrales del mundo tienen muy claro que el crecimiento en este momento se antepone incluso a la inflación.

Estados Unidos, el Banco Central Europeo y el Banco Central de Japón, entre otros, han inundado el mundo con dinero como nunca en la historia. Solo la Reserva Federal implementó este año un apoteósico proyecto que le permitirá recibir un cheque de mil 400 dólares a los norteamericanos que tengan un ingreso menor a 80 mil dólares anuales, así como dinero adicional para rescates focalizados en sectores dañados por la crisis económica.

Entre los estímulos económicos de la administración Trump y este último estímulo aprobado en la administración Biden, la inyección de dinero representa casi el 20% del PIB de Estados Unidos. Una cantidad de dinero gigantesca si tomamos en cuenta que Estados Unidos representa el 25% del PIB mundial.

No solo es más dinero en el mundo, sino que además es más barato. El dinero tiene un valor nominal y es básicamente el que representan los billetes o monedas que intercambiamos por productos y servicios, por ejemplo, un billete de un dólar o de 100 pesos lo usamos como vehículo de canje para recibir algún producto o servicio que tengan ese precio.

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¿Pero cuál es el costo del dinero? Eso es diferente, el costo del dinero es la tasa de interés que pagamos por él. Esa tasa de interés ha venido bajando durante el último año como resultado de la política monetaria de los diferentes gobiernos y sirve como un mecanismo de estímulo a la economía. Mientras el dinero es más barato, es más sencillo acceder a él y, como consecuencia, el crédito fluye más rápido lo que produce un efecto dominó positivo: El crédito estimula el consumo, el consumo estimula la producción, la producción estimula el empleo y ese círculo virtuoso produce crecimiento y bienestar económico, aunque esto conlleva un riesgo en el largo plazo: Inflación. Una economía dinámica está aceitada por el incremento en el precio de los bienes y servicios, es inevitable.

En México, la tasa de interés de corto plazo pasó de 7%, a inicios de 2020, a 4% en febrero de este año y con altas posibilidades de que la junta de gobierno de Banco de México la siga reduciendo en su próxima reunión en marzo. En EEUU, la tasa pasó en ese mismo lapso de tiempo de 2% a niveles de 0 – 0.25%.

Pero esta crisis es muy diferente a las demás y ha provocado un fenómeno que llama la atención de los inversionistas: Mientras las tasas de corto plazo se mantienen o se reducen, las tasas de largo plazo se incrementan.

Los bancos centrales emiten bonos de muy largo plazo (5, 10, 20 o hasta 30 años). En el caso de México estos bonos, llamados Bonos M, tienen un diferencial de tasa muy amplio versus los bonos de corto plazo (Cetes a 28 días). Actualmente, el Bono M de 30 años está muy cerca de 7.22% y en el caso del Bono norteamericano a 30 años, ronda en 2.30%. El incremento en la tasa ha sido muy rápido como resultado en las expectativas de que la inflación crezca ante una avalancha de dinero que los consumidores utilizarán una vez que el confinamiento concluya. El incremento de la inflación y el aumento de las tasas de largo plazo están íntimamente ligados.

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Los bonos de largo plazo tienen tres características: Una fecha de vencimiento, una tasa de interés fija que pagan periódicamente (generalmente cada seis meses) y también un valor nominal que se mueve durante toda la vida del bono.

¿Y qué pasa cuando la tasa de interés de largo plazo sube? Ocurre un fenómeno que los inversionistas deben entender bien antes de comprar un bono de largo plazo. Cuando la tasa de interés sube, el precio del bono baja. Esto provoca que el dueño de un bono de largo plazo vea que el precio de su título reduce su valor versus el costo al que lo adquirió. Esto no debería preocuparle si lo desea mantener en su poder por el resto de la vida del bono, ya que recibirá la totalidad de su dinero al llegar el vencimiento; pero si desea venderlo, en un entorno como el actual, el resultado es que el mercado lo valuará a un precio más bajo.

¿Recuerdan las 3 características de estos bonos? Si un inversionista tiene un bono con una tasa de interés más baja versus un bono con una tasa más alta y lo quisiera vender, solo tiene una opción, ya que no puede modificar ni la fecha de vencimiento, ni la tasa de interés fija que el título paga periódicamente, así que lo único que puede hacer en un escenario donde las tasas suben es castigar el precio de su título, puesto que su bono tiene una tasa de interés por debajo de títulos que se están emitiendo con tasas de interés más altas.

En mis 20 años de experiencia en el mercado de valores he visto que estos activos de inversión son utilizados por inversionistas experimentados y que tienen muy claro que para obtener un rendimiento más alto en el largo plazo hay que sacrificar algunas cosas, como en este caso, la volatilidad de su inversión en periodos cortos.

Así como en la economía, en el ajedrez también se pueden hacer sacrificios en corto plazo para tener mejores resultados en el futuro aplicando un gambito que, en esencia, es el intercambio de una pieza para lograr una posición favorable en el futuro del juego.

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Contacto:

Edgar Arenas Sánchez, economista, gerente comercial en CI Fondos, profesor de economía bursátil en la UNAM, blogger de Rankia México y autor del libro “Invirtiendo y entendiendo”, reconocido por la Universidad Anáhuac, universidad de Cantabria y Santander Financial Institute como mejor asesor de inversiones 2020. 

Twitter: @garoarenas

LinkedIn: Edgar Arenas

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