¿Sientes un fuerte peso financiero por las deudas y no te gusta vivir tan ajustado? Entonces debes entender que lo que hiciste en diciembre tiene un nombre: gasto emocional.

 

Tres palabras de moda: “cuesta de enero”. Y a mí me viene a la mente una tonelada de preguntas: ¿Cómo fue que me metí en esto? ¿Será que los regalos de Navidad fueron muy caros? ¿Tuve demasiadas reuniones, cenas, comidas? ¿De verdad gasté tanto en restaurantes? ¿Será que Santa y los Reyes Magos no tienen ningún control? ¿Acaso no hice las provisiones necesarias durante el año?

Lo cierto es que ahora que todo ha pasado, no tengo muy claro lo que hice mal. O quizá no hice nada mal…Finalmente, todo el mundo hace lo mismo, ¿no es así? Pero no me gusta sentirme como me siento ahora. Me siento con un fuerte peso financiero por las deudas y no me gusta vivir tan ajustado. ¿Qué puedo aprender de todo esto?

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Primero, tengo que entender que lo que hice durante diciembre tiene un nombre. Se llama: gasto emocional. Algunos ejemplos de ello son: cuando compro algo que realmente no necesito; cuando lo adquiero por impresionar a alguien o a los demás; cuando lo hago por quedar bien; cuando sólo es un antojo o cuando siento que ¡no puedo esperar para tenerlo!, y, la peor de todas: cuando pago y está fuera de mi alcance; es decir, que no me corresponde todavía.

El gasto emocional se caracteriza por adquirir cosas que definitivamente me hacen sentir mejor, ¡y claro que lo logro! Pero son cosas que en realidad no necesito. El primer paso es identificarlo: el nuevo smartphone, la ropa y accesorios de marca, los viajes, restaurantes, regalos, etcétera.

No tiene nada de malo comprar esas cosas; el problema es la forma en la que resuelvo hacerlo, es decir, cuando comienzo a racionalizar la decisión. Por ejemplo, si en mi mente aparecen cosas como: “la verdad es que me lo merezco”, “para eso trabajo”, “son lujos que me puedo dar”, “pues ahora doy un ‘tarjetazo’ y ya después veré cómo lo pago”, etcétera, seguramente se trata de un gasto emocional.

¿Cómo es que llego a esa decisión? Mi proceso al disponer normalmente lo hago preguntando: “¿Me alcanzaría para comprarlo o no?” Si la respuesta es que “sí me alcanza”, ¡lo compro! Pero ésa es una pregunta incorrecta, y por eso tienen tanto éxito los programas a meses sin intereses, porque hacen que “me alcance” para tener las cosas que me gustaría comprar y entonces, ¡lo hago!

La pregunta correcta es mucho más dura, difícil y dolorosamente honesta; por eso casi nadie la usa: “eso que me quiero comprar, ¿me corresponde?” Porque con las “mensualidades sin intereses” seguro que “me alcanza” para comprarme esa casa, ese teléfono o ese viaje, pero ¿realmente me corresponde? Es duro contestar esto y muy polémico su planteamiento.

A la mayoría de las personas no les gusta reconocer que algo todavía no está “a su alcance” o que “no les corresponde todavía”. Muchos dicen: “¡Claro que puedo pagarlo! Si me aprieto un poco aquí y otro poco allá, ¡por supuesto que puedo!” Pero no se trata de que “puedas” o de que “te alcance”: se trata de evaluar si realmente es algo que te corresponde o todavía no.

Ahora bien, ¿cómo saber si algo te corresponde o todavía no? No tienes que ir a consultar complejas teorías financieras. Aquí te dejo una regla muy sencilla: finge que ganas el 70% de lo que en realidad ganas. Si tuvieras ese ingreso ¿haría sentido la compra?

Por ejemplo, imagina que tu salario es de 10,000 pesos y quieres comprarte un coche cuya mensualidad es de 3,000 pesos. Tú piensas: “si hago algunos ajustes, ¡claro me va a alcanzar!”, y luego comienzas a racionalizar la compra y tu mente te dice: “de hecho, los bancos dicen que el pago de un crédito no debe exceder de un 30 o 35% del ingreso, así que estoy dentro del rango aceptable; además, no gasta tanta gasolina y, finalmente, prometo que sólo lo voy a ocupar cuando sea muy necesario. Entonces ¡me lo llevo!”

Ahora, aplica la técnica y haz la pregunta correcta: “Si mis ingresos son de 7,000 pesos (el 70% de lo que en realidad gano) ¿haría sentido comprarme un carro cuya mensualidad es de 3,000 pesos?” Pues evidentemente no, porque estaría destinando casi la mitad de lo que gano a pagarlo; entonces ¡no lo adquiero todavía y no me meto en problemas! ¿Te das cuenta de la diferencia?

Quizás es doloroso reconocer que, “aunque te alcanza”, lo que quizá te corresponde en realidad por ahora es un auto cuya mensualidad es de 1,200. Ya sé que quieres el de 3,000, pero por ahora te toca el de 1,200.

Entonces, ¿cómo hago para tener el de 3,000? Pues primero incrementa tus medios y luego ajustas tus gastos, en lugar de que tus medios persigan a tus gastos. ¿Te suena razonable? En un artículo posterior te daré algunos consejos para incrementar tus medios y para vencer definitivamente el gasto emocional.

Espero que esta información te resulte útil para tu vida financiera. ¡Inténtalo!

 

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