Basta salir a las calles de la ciudad para sentir un ambiente permanente de campaña electoral. Los candidatos son nada más y nada menos que los propios gobernantes.

 

 

 

Siempre se ha cuestionado el gasto que los gobiernos federal y estatales ejercen en materia de comunicación social. Se rechaza que se inviertan cantidades muy altas en la materia y se exige transparencia y rendición de cuentas.

El caso más reciente y el más emblemático es el del gobernador de Chiapas, Manuel Velasco, que de repente vimos un despliegue exagerado e indignante de su rostro en toda la zona metropolitana de la Ciudad de México, sin que los ciudadanos comprendiéramos que necesidad había para que un gobernador que recién comienza su mandato, en un estado muy lejano geográficamente y con la mayor pobreza del país, se presentara así en el DF.

No es el único y ni es el primero, basta salir a las calles de la ciudad para sentir un ambiente permanente de campaña electoral. Los candidatos son nada más y nada menos que los propios gobernantes. Las y los jefes delegacionales son ahora rostros maquillados y poses de estrellas de televisión; las miradas al infinito de las y los diputados locales o federales ocupan grandes espectaculares; personas desconocidas ponen sus nombres de gran tamaño en bardas y lugares públicos (incluso donde está prohibido como los bajo puentes); los gobernadores son (y actúan) como virreyes que les debemos pleitesías y honores y sus figuras se reproducen en todos los espacios posibles; según la propaganda oficial –en voz de una niña-, ahora hay que ir a la cámara de diputados a agradecerles a los legisladores por las leyes que aprueban;  incluso la Cruzada contra el Hambre, es una “decisión presidencial” y no una urgencia nacional como se dijo desde el inicio.

Muchos de los funcionarios en campaña (incluyendo el señor de Chiapas), dicen que ellos no gastan “ni un peso” en publicitarse, que todo es producto de la “buena onda” de los medios que los entrevistan (Revista Cambio) y son ellos los que hacen las grandes campañas. Lo mismo dicen varios jefes delegacionales que inundan de promoción en las vallas (grandes espectaculares a nivel de piso generalmente en edificios en construcción) y que casualmente son ellos quienes autorizan esa modalidad de publicidad exterior. Y con esas mentiras los gobernantes piensan que ya rindieron cuentas y se desligaron del tema.

Con dinero público, artimañas e ingenierías financieras se promocionan los gobernantes en turno como parte del trapecismo político. Se gobierna con la mira puesta en la siguiente posición política y la urgencia de aumentar su nivel de conocimiento  más a través del marketing que gobernando. Y ese es el meollo del problema.

Pocos buscan hacer un buen gobierno, que sea eficaz y novedoso, que resuelva los problemas directos de los vecinos, que atienda los problemas viejos y nuevos, que combata la corrupción y haga cumplir la ley, que facilite la vida de los ciudadanos en su andar diario o que el gobierno no sea una carga sino un facilitador.

Estos gobiernos piensan que ser famosos es ser mejor gobernante y que son mejores por lo que son y no por lo que hacen.

La comunicación social se manifiesta por los mensajes y por las acciones –así en conjunto-, cuando no hay acciones y sólo son palabras parece más a demagogia, donde el fin último es exacerbar a un auditorio o decir algo que no trascenderá más allá del discurso.

Una práctica muy común entre los legisladores, por ejemplo, es presentar puntos de acuerdo o exhortos absurdos e iniciativas de ley poco viables; el objetivo no es que el tema se resuelva  o trascienda, sino quedar bien con algún sector o un grupo al que le debe su apoyo. El legislador presenta el tema (en cualquiera de sus modalidades: punto de acuerdo, exhorto, iniciativa), éste se registra y en el mejor de los casos, se turna a comisiones donde dormirá el sueño de los justos. De esta manera podrá decir que ya cumplió con sus electores. Son acciones simuladas que no tienen ningún efecto real.

En casos más patéticos, existen legisladores que nunca han subido a la tribuna parlamentaria más que para tomarse la foto en actitud de orador en un debate encendido. Dicha foto será la imagen que se publicitará en su distrito a través de carteles, folletos, espectaculares, en su página de internet o como avatar de su cuenta de twitter. Es decir, se hacen poses falsas para simular acciones.

La acción de gobierno es la capacidad de generar cosas tangibles que produzcan efectos en un entorno. Cuando un gobernante le preocupa más engrandecer su imagen en lugar de mejorar sus capacidades de acción, se mueve más a la demagogia que a la política efectiva. Y en México nos estamos rodeando de muchos demagogos ineficientes.

Nos indigna escuchar a demagogos como el Gobernador de Michoacán, Fausto Vallejo, decir con vehemencia que no permitirá que la ilegalidad de apodere del estado, cuando hace mucho tiempo la ingobernabilidad y la violencia es la característica principal de la región. De un gobierno que no actúa sólo declara (y a veces).

La acción es también una sucesión encadenada de actos, por eso decir que ya taparon un bache, no significa que exista una acción de gobierno, tan sólo es un punto en la cadena, aunque tampoco es precisamente una acción, más bien es una re-acción, la autoridad interviene ante un hecho imprevisto y no preventivo.

Ojalá algún día los políticos entiendan que la mejor y más barata comunicación no es la que se paga sino la que se hace a través de la acción de gobierno. Que se preocupen más en ser eficaces y eficientes en su actuar diario, que pongan al ciudadano en el centro de todo y se opere ciudadano por ciudadano y no barda por barda. El despliegue territorial georreferenciado de calle por calle es una buena opción que muchos políticos lo utilizan para las elecciones pero no para la actividad gubernamental.

Un gobierno que toque la puerta de un ciudadano es mucho más efectivo que un espectacular, siempre y cuando el representante gubernamental sea un facilitador y no pretenda extraer un beneficio personal (corrupción) o colectivo a cambio de favores políticos.

La comunicación social que busca inundar de carteles con la foto de un político generalmente resulta contraria a los efectos que se pretende. De hecho es ridícula o a veces no entendemos que buscan con esas acciones, más allá de darse a conocer. Creo que están confundiendo la comunicación comercial con la comunicación política. Venderse como un producto sin atributos reales es como vender un tiempo compartido sin verificar que existe realmente el edificio.

Entiendo bien que lo que quieren es darse a conocer por el cargo que tienen y por eso la foto y el nombre del “candidato” ocupa el 90 por ciento de la publicidad. Están ganando tiempo para aumentar el nivel de conocimiento ya que en algunos casos las posiciones políticas futuras requieren destacar en las encuestas o sondeos de los vecinos. Por supuesto, a costa o gracias a sus actuales puestos.

Para algunos gobernantes están más preocupados en destacar como personajes famosos que en ganar prestigio por un buen gobierno.

Los gurús o funcionarios de la comunicación en esos gobierno mantienen sus prácticas difusión electoral a través de pendones colocados en los postes (Alejandro Fernández, Delegado en Cuauhtémoc), Vallas (Víctor Hugo Romo, Delegado en Miguel Hidalgo), espectaculares (Sergio Palacios, Delegado Azcapotzalco), módulos de Valet Parking (Miguel Mancera, Jefe de Gobierno), Mobiliario urbano (Carlos Navarrete -PRD-, Manuel Velasco, Gobernador de Chiapas) y muchos más.

Ni siquiera buscan maneras más creativas para promocionarse, el tema es gastar dinero y poner la mejor sonrisa (y a veces ni eso).  Ojalá los gobernantes de hoy tuvieran más respeto por los ciudadanos y no los sigan viendo como menores de edad. ¿De verdad piensan que con colgar un gallardete en la calle la gente va a votar por ellos, a pesar de que no haya elecciones próximas?

Un buen gobierno hace un buen gobernante y un buen gobernante hace a un buen político que donde quiera que se presente podrá ganar una elección, sobre todo si es en el mismo territorio donde gobernó.

Los gastos de comunicación social no pueden desviarse para hacer promoción personal de los gobernantes que es lo que están haciendo muchos, es indigno y pienso que provoca más negativos que positivos en cuestión de percepción.

A los ciudadanos nos toca, ahora, valorar todos estos factores para ponerlo en la balanza electoral y sancionarlo en su momento. Todo a su tiempo.

 

 

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