Muchos gobiernos siguen atrapados en el mundo analógico, detrás de un escritorio con horarios acotados, trámites en papel, largas filas, tiempos de respuesta impredecibles y sistemas de pago de ventanilla. ¿Qué hacer?

 

 

Hace dos décadas tuvimos, de manera colectiva, el impacto tecnológico en una redacción de noticias de una televisora mexicana. Los periodistas que llevaban muchos años conociendo los temas, reporteando y formándose en el oficio, se enfrentaban ahora a un nuevo dilema: usar una computadora.

Me tocó implementar la transición de la máquina de escribir mecánica a la computadora en un centro de trabajo; en ese entonces, la computadora era la máquina del “diablo”, con una pantalla negra y caracteres color blanco con un cursor parpadeante que había que mover con teclas hacia los cuatro puntos cardinales (no existía el mouse).

Sabíamos que aquel cambio provocaría un problema interno, quejas, protestas y paro de labores, por lo que tuvimos que entrar de noche con herramientas para cortar los candados y las cadenas que fijaban las máquinas de escribir a los escritorios e introducir de la noche a la mañana las computadoras (es en serio). Los redactores y reporteros se vieron obligados a capacitarse de manera urgente a esas nuevas tecnologías (ahora lo agradecen). Fue un choque intelectual y operativo para entender un sistema diferente que no te habían enseñado en la escuela, pero que era indispensable para el progreso personal y laboral.

Al final, entendí que ninguna escuela te da todo y que había que abrirse paso de manera autodidacta ante un mundo veloz y tecnificado. Que las reglas son cambiantes y que no todas están escritas, que tienes que crear la habilidad de participar en un juego cambiante, lleno de riesgos y oportunidades.

Lo mismo pasa con los gobernantes: es un sector que se actualiza muy lentamente, los gobiernos y las leyes generalmente van varios pasos atrasados frente a la realidad. Muchos gobiernos siguen atrapados en el mundo analógico, detrás de un escritorio con horarios acotados, trámites en papel, largas filas, tiempos de respuesta impredecibles, sistemas de pago de ventanilla, etc.

La transición al mundo digital parece más un reto del personal informático que de los políticos, cuando es precisamente la voluntad política el primer paso para avanzar en una nueva forma de gobernar. En realidad, muchos políticos están atrapados en la evolución tecnológica, no saben aprovecharla para implementar políticas públicas o acciones de buen gobierno.

En un estudio de la Coordinación General de Servicios de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav) cgstic.cinvestav.mx , sobre el concepto denominado e-gobierno o gobierno digital, presentado el año pasado, donde revisaron varios rublos de las páginas de internet de una amplia muestra (518) de los ayuntamientos del país. Los resultados son deplorables.

Se definieron ocho componentes a evaluar: Información, trámites y servicios, transparencia, un concepto que ellos definieron como “Web 2.0”, seguridad, tecnología y participación ciudadana.

En el rublo de información, que se refiere a la calidad del contenido proporcionado y de utilidad al ciudadano, sólo el 30% de los municipios “aprobaron” esta evaluación y más de la mitad (61.30%) ni siquiera cumplen con este tema básico.

En materia de transparencia, es algo parecido, el 60.5% de la muestra municipal no cumplen con lo mínimo que obliga la normatividad en materia de transparencia y rendición de cuentas.

Ya ni de qué hablar de los demás rublos; están por el estilo.

En otras palabras, se puede decir que más de la mitad de los municipios de México no tienen una página de internet como una extensión de gobierno, tan sólo es una ventana de promoción turística o para exaltar al gobernante en turno con un catálogo de fotos besando niños, abrazando viejitos e inaugurando obras.

Como ciudadano, para avanzar hacia el mundo digital, se tiene que hacer dando tumbos y abriéndose camino en el día a día de manera autodidacta, pero para eso se requiere un mínimo de interés, para no quedarse atrás o convertirse en un discapacitado tecnológico. Pero los gobernantes no pueden darse ese lujo, tienen que estar en ese terreno por lo menos para los procesos de información, de transparencia y rendición de cuentas, reporte de servicios, formatos administrativos, retroalimentación con el ciudadano y redes sociales (funcionales y no sólo promocionales). Ideal sería que también existiera servicios de transaccionalidad (pago de servicios y derechos), atención inmediata vía chat o reporte de emergencias, pero ya sería mucho pedir.

Los políticos de hoy, cómo todo el mundo laboral, debe actualizarse y encontrar nuevas vías de comunicación y diálogo con el ciudadano. Innovar.

Yo no conozco ningún gobierno que tenga un área de “innovación gubernamental”, una especie de laboratorio que explore nuevas formas de hacer las cosas utilizando las nuevas tecnologías, reingenierías de procesos, cambios de procedimientos o que redimensione el actuar cotidiano de los burócratas frente a los ciudadanos y de los ciudadanos hacia su gobierno.

Los gobernantes de todos los niveles tienen perfiles profesionales muy variados y resulta irreal pedirles que sean todólogos, pero cómo líderes tienen que tener la capacidad de convocar a expertos de todas las disciplinas y organizarlos para transformar la administración pública en una entidad moderna, eficiente y transparente.

 

 

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