Chromecast, el nuevo dispositivo de Google para ver contenido de video en Internet a través de la televisión pondrá a temblar a cableras y televisoras, entérate por qué.

 

Por Jeff Bercovici

 

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Más que cualquier otra gran empresa de tecnología, Google está construyendo para el futuro, la realización de proyectos como computadoras portables y coches autónomos que no tienen un lugar obvio en el mundo actual, porque cree que serán omnipresentes en el mundo de mañana.

Chromecast, el nuevo widget de 35 dólares que permite transmitir vídeo de Internet desde la computadora o dispositivo móvil a la televisión, no es ese tipo de producto. Es más bien una tecnología puente, una medida provisional —un producto poco elegante, en realidad—. Ciertamente no es la solución que esperemos llegue algún día.

Y aunque Google dice que está vendiendo Chromecasts son una ganancia, a 35 dólares —una parte de las cuales deberá pagar a Netflix para los tres meses de membresía gratuita incluidos— el margen no puede ser muy amplio. [Actualización: los meses gratis de Netflix ya no se incluyen en la compra, Google informa que se ha agotado el número de pases que tenía disponibles.] Así que ¿por qué tomarse la molestia de hacer un producto de nicho que bien puede volverse obsoleto en un año o dos?

La respuesta, sospecho, tiene algo que ver con un esfuerzo mucho más ambicioso: el intento de Google de crear un servicio de televisión vía Internet con los mismos canales y programación que la señal vía satélite o cable.

Mientras que Intel, Sony y Microsoft están trabajando en sus propias versiones de la misma idea, todos enfrentan el mismo obstáculo: los conglomerados de medios que poseen los canales no están muy seguros de querer ver eso. Están preocupados de que podría alterar el muy rentable y acogedor ecosistema en el que son capaces de vender a los distribuidores paquetes de canales que nadie ve y trasladan los costos directamente a sus clientes, quienes aprietan los dientes y pagan recibos cada vez más altos por el servicio de cable con tal de no perderse las cosas que quieren ver y no pueden conseguir fácilmente en otros lugares, sobre todo deportes en vivo y estrenos de series.

Para los aspirantes a distribuidores de TV por Internet, el problema es el apalancamiento. Con el perdón de Slate, son como Marlo Stanfield de The Wire yendo a The Greek con un maletín lleno de dinero en efectivo, pidiendo una parte del botín y siendo rechazados. Cuando tienes los márgenes de ganancia de un gran importador de heroína o de un programador de cable, una cosa segura es siempre preferible a una nueva relación riesgosa.

Chromecast tiene el potencial de cambiar esa ecuación en ambos extremos. A juzgar por la respuesta inicial, la demanda va a ser fuerte, y sería aún más fuerte si Google puede agrupar otro atractivo servicio de televisión para complementar Netflix —quizás Aereo, que contribuiría con algunos episodios y deportes en vivo—.

Si Google puede vender unos cuantos millones de Chromecasts, podrá tener más armas para negociar. Mientras tanto, al ofrecer a los consumidores una solución que, aunque imperfecta, hace gradualmente el corte del cable un proceso menos doloroso, suma impulso a la tendencia que tantos programadores y operadores temen, pues los excluye de la mezcla. Cuanto más grande sea su éxito, mayores serán las posibilidades de Google de forjar un servicio de televisión por Internet real a un precio competitivo.

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