Más de una década ha pasado desde que Al Gore estrenaba “Una verdad incómoda”, documental que en 2006 le dio un Oscar y millones de espectadores. A pesar de las críticas recibidas al documental, desde inconsistencias científicas hasta intenciones oportunistas, algo no puede regateársele al ex vicepresidente de Estados Unidos, haber popularizado el concepto de calentamiento climático, algo que desde el ámbito exclusivamente científico hubiera sido quizá imposible de lograr.

El documental de quien ganó el voto popular, pero fue derrotado en el Colegio Electoral por George W. Bush en la elección presidencial del año 2000, mostró el potencial de “mediatizar” el problema del calentamiento global. Sin embargo, lo que vimos en aquel mensaje del político se mira pequeño comparado con el movimiento que está poniendo en la agenda global el problema de cambio climático y la exigencia de acción.

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Hace poco los nombres de un grupo de jóvenes activistas resuenan en los medios y en las redes sociales. El rostro más visible es Greta Thunberg, la adolescente sueca de 16 años, de quien Google arroja 87.9 millones de resultados y cuyo síndrome de Asperger a veces parece ser tan importante como el discurso que con tanta vehemencia ha construido en torno a la crisis planetaria del cambio climático y la incapacidad de los adultos para hacerse cargo del problema.

Desde finales del siglo XIX se comenzó a registrar la temperatura a escala mundial y pese a la evidencia de que el aumento en la emisión de gases como dióxido de carbono y la velocidad en que está ocurriendo en la escala geológica, es atribuible a los seres humanos, hoy se sigue negando el cambio climático, lo mismo por empresarios, gente común que tomadores de decisión del tamaño de Donald Trump.

Los esfuerzos internacionales de cara al problema han sido insuficientes. Desde sus inicios en 1988, el Panel Internacional sobre Cambio Climático (IPCC) de Naciones Unidas que funciona como un grupo de cooperación científica, ha recopilado datos y evidencia contundente sobre las consecuencias fatales del calentamiento global, aún en el escenario más optimista. El protocolo de Kyoto, un instrumento internacional para que los países firmantes redujeran sus niveles de emisiones en menos de un 5% respecto a las generadas en 1990, vio salir naciones como Estados Unidos, Canadá y Australia. Mientras tanto, el título de “histórico” del Acuerdo de París contra el cambio climático se tambaleó con la decisión en 2017 de Donald Trump de romper con el pacto, dejándole a China un espacio de liderazgo en las negociaciones por venir.

Es en este contexto donde un activismo climático está haciéndose escuchar. Uno con rostros de jóvenes y adolescentes alrededor del mundo. De pronóstico reservado, este movimiento articulado por nuevos tipos de liderazgos como la sueca Thunberg exhiben con contundencia las contradicciones de nuestra sociedad. Además de las preocupaciones en torno al cambio climático, jóvenes de países desarrollados y en desarrollo están apuntando, aún sin decirlo, a una discusión más amplia que tiene que ver las contradicciones del sistema, uno cuya evidencia empírica apunta a la desigualdad como su basamento: un capitalismo salvaje donde todo es susceptible de ser un bien de consumo.

Irónicamente el discurso del cambio climático todavía se mira como un tema de élite. La preocupación por el clima lejos está de rivalizar con otros problemas como la inseguridad y la corrupción en países de América Latina. No obstante, hoy a diferencia de hace una década, el acceso a la información y su diseminación podrían hacer la diferencia y una oportunidad radical para abordar la crisis global ambiental y que, de manera insalvable, deberá pasar por cuestionar el modelo económico.

 

*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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