Por Máximo Santos Miranda*

La prensa económica internacional viene hablando desde hace meses de forma continua de los efectos que la guerra comercial entre China y Estados Unidos están teniendo sobre la economía mundial. La magnitud de esta guerra comercial es enorme habida cuenta que estamos hablando de las dos mayores economías del mundo y que sus ramificaciones afectan a muchos otros Estados con la que estos dos gigantes están económicamente entrelazados. El final de esta guerra aún es incierto, pero lo que sí que resulta evidente en este momento es que, por una parte, está contribuyendo a detener el motor económico mundial y, por otra parte, está mostrando al mundo una nueva forma de dirigir las relaciones internacionales. Esta nueva forma de conflicto que podíamos denominar “Tripiana” o de utilización del comercio como arma en las batallas diplomáticas constituye un modelo inspirador para otros líderes mundiales.

En el mes de julio comenzó otra guerra comercial, de la que no se habla tanto en la prensa, pero cuyos efectos también pueden ser muy negativos para ese motor económico mundial que se está deteniendo. Me estoy refiriendo a la guerra comercial entre Japón y Corea del Sur, dos economías que sin ser tan importantes como las de China o Estados Unidos, presentan una relevancia en el comercio mundial de primera magnitud. Este conflicto que amenaza las cadenas de producción globales viene a poner de manifiesto que la manera “trumpiana” de lidiar con las relaciones económicas se está abriendo paso en la geoeconomía mundial.

El inicio de esta guerra comercial tiene su primer hito en el mes de julio cuando el gobierno japonés limitó el acceso a Corea del Sur de tres materiales de alta tecnología: la poliamida fluorada, los fotoprotectores y el fluoruro de hidrógeno que son esenciales para la industria de chips semiconductores coreanos. Para poner en contexto lo que esto significa baste señalar que Japón produce el 90% de estos compuestos y que Corea produce el 60% mundial de los chips de memoria. Por todo ello, una guerra comercial bilateral con estas bases genera un cuello de botella de primer orden para todo el mercado mundial de productos digitales.

El origen de esta guerra comercial tiene su arranque en un motivo histórico y que no es otro que la ocupación japonesa de la península coreana en la primera mitad del siglo XX. La presencia japonesa en Corea dejó dos heridas profundas que todavía no se encuentran cerradas. La primera, es el de las mujeres empleadas como esclavas sexuales conocidas bajo el eufemismo de “mujeres de confort” por parte del ejército japonés y, en segundo lugar, a la realización de trabajos forzados por parte de hombres coreanos en beneficio de grandes empresas japonesas.

A finales del 2018 la Corte Suprema Coreana estimó que todas las víctimas de aquellos hechos podrían solicitar reparaciones. Esta sentencia causó un enorme malestar en Japón, ya que consideraba que el asunto estaba zanjado gracias a un acuerdo bilateral firmado en el año 1965 por el que ambos países restablecieron sus relaciones diplomáticas y que supuso una contraprestación económica por parte del Estado japonés. Sin embargo, el gobierno coreano considera que ese acuerdo era un pacto entre Estados y que no resarcía a las victimas concretas de los abusos japoneses

Como consecuencia de esa sentencia y ante la negativa del gobierno coreano de paralizarla, el gobierno japonés reaccionó con las sanciones comerciales anteriormente citadas. Junto a ellas, Japón amenazó con eliminar a Corea de la lista de “países blancos” o países que reciben un tratamiento preferencial en materia de comercio. Esta medida sería de gran calado, ya que Japón nunca ha eliminado a ningún Estado de esa lista y además Corea es el único país asiático integrante de la misma. En este punto, Corea amenaza con llevar la disputa al seno de la Organización Mundial del Comercio y mientras tanto el gobierno de Tokio considera la posibilidad de elevar el caso a la Corte Internacional de Justicia si se diera el caso de que la OMC falle en su contra y que los activos de empresas japonesas en suelo coreano fueran expropiados.

Las sanciones han sido recibidas con furia en Corea y amplios sectores de su población han comenzado a organizar boicots contra los productos japoneses. Por su parte, los políticos japoneses también han elevado su retórica y retratan a Corea como un socio poco fiable. En definitiva, ninguno de los líderes políticos coreanos y japoneses cuentan con incentivos domésticos que favorezcan la resolución del conflicto, sino que más bien sus ciudadanos apuestan por su recrudecimiento.

Las sanciones japonesas golpearán a Corea de forma notable, ya que su industria depende de estas importaciones y será difícil para los productores surcoreanos de semiconductores encontrar otros productores alternativos. Esta otra guerra comercial presenta muchas derivadas y entre ellas supone un problema adicional para China, ya que sus empresas tecnológicas son muy dependientes de los productos intermedios coreanos. Si Corea no puede cubrir esta demanda, Pekín debería recurrir a la adquisición de productos estadounidenses y en estos momentos esa alternativa no satisface al gobierno chino.

Podemos concluir que esta nueva guerra comercial supone un nuevo freno en el motor económico mundial. Al mismo tiempo, pone en primera plana el auge de las políticas proteccionistas en un orden mundial globalizado que ha generado una enorme riqueza y progreso gracias, en gran parte, a ser un sistema basado en cadenas productivas en las que interactúan muchas economías. En la resolución de este tipo de crisis está en juego la arquitectura comercial mundial actual y no sólo las relaciones comerciales y diplomáticas de los dos países “contendientes”.

*Doctor en Economía y experto en temas de banca, finanzas y hacienda.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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