Por Andrés Arell-Báez

A sólo horas de haber recibido una ovación de pie en la Universidad de Harvard, en respuesta a su exposición sobre su Plan de Ordenamiento Territorial (documento que estipula el uso del suelo), otorgada en su calidad de alcalde de Bogotá, Gustavo Petro leía que los principales medios de su país calificaban ese mismo texto como catastrófico.

Meses antes de su visita al Vaticano, donde habló sobre igualdad económica y del reciclaje como una política pública de la mayor relevancia, Petro era destituido de su cargo por el procurador general (encargado de disciplinar a los funcionarios estatales) por la creación, precisamente, de una empresa pública del reciclaje. A la par, los principales comentaristas lo calificaban como un inepto y a su programa como uno improvisado.

Caso contrario, Michael Bloomberg, para aquel entonces alcalde de Nueva York, lo invitaba al City Lab a realizarse en su ciudad, esperando compartiera sus políticas, espacio mismo donde además recibiría elogios por parte de Al Gore.

Esa dicotomía es una constante en la vida de Gustavo Petro. Para ciertos sectores, es un político con ideas brillantes pero incapaz de ejecutarlas. Gran congresista, pésimo alcalde, podría ser la sentencia más repetida entre quienes tratan de definirlo desde la orilla opuesta a la de su ideario.

No obstante, las cifras con que entregó la ciudad hacen del análisis de su gestión algo mucho más arduo, puesto deja sin base a sus críticos, y a él con el orgullo de poder decir que “se llevó a cabo una revolución”. Y es que, finalizado su cuatrienio, la tasa de homicidios bajó hasta niveles no vistos en cuatro décadas. Algo parecido pasó con los hurtos, las empresas públicas rindieron en bolsa mejor que las privadas, la educación pública tuvo una inversión histórica e igualó a la privada, la mejora en los indicadores ambientales fue notoria, la mortandad infantil se eliminó, el embarazo adolescente se contrajo, el desempleo bajó a mínimos, el déficit habitacional por poco se acaba y la pobreza multidimensional casi desaparece.

Se podría decir que las distantes valoraciones sobre Petro no se deben a su gestión, per se, sino al hecho de que su ejercicio en el poder produjo un choque entre dos visiones: sus opositores luchaban por unas ideas, su programa implantaba otras.

En sus palabras, el objetivo trazado era “cambiar un modelo de ciudad expansivo que depreda el territorio”, por uno que la “adapte al cambio climático”. Buscando crear un puente entre su visión y lo legado por su administración, Petro dictaminó que el éxito de la ‘Bogotá Humana’ (su plan de gobierno) se debía “medir en vidas humanas y no en ladrillos, cemento o acero”.

Empero, su discurso no caló del todo entre sus gobernados: Enrique Peñalosa, su principal contradictor, ganó las elecciones para sucederlo, promoviendo un programa opuesto. Sin importar eso, su motivación sigue intacta. Según su conversación con El País, Petro espera que con su obra en el Ejecutivo suceda lo mismo que con la del Legislativo: que el tiempo le dé la razón. Y hay eventualidades que hacen creer que ya está pasando. Hay encuestas, a siete meses de dejar el cargo, que lo colocan en segunda opción por la carrera presidencial, mientras que su sucesor, quien busca acabar con todo lo hecho por él, está considerado el peor mandatario local de todo el país.

Ahora, donde opositores y seguidores de Petro encuentran puntos en común es que tiene ideas y análisis brillantes sobre la sociedad. Y son éstas mismas las que en el mundo de hoy van encontrando preeminencia, pues su obsesión como político es detener “la amenaza más grande enfrentada por el ser humano: el cambio climático”.

Hoy, las proyecciones sobre el daño que la contaminación puede causar son preocupantes, y en todo el mundo la concientización sobre el tema ha llevado a crear una fuerza política de importancia. Tal vez la más reconocida se haya dado en Estados Unidos, donde Bernie Sanders se transformó en un fenómeno mediático impredecible gracias, en parte, a su discurso ambientalista, y donde Hillary Clinton se ha visto forzada a tener que cambiar su posición frente a las industrias más contaminantes.

En ese contexto es que tenemos una conversación en exclusiva con Gustavo Petro, quien charla con nosotros sin cortapisas. Para él, “el gran responsable del cambio climático es el capitalismo. El socialismo soviético lo hubiera sido también, pero ya no existe. Lo es el capitalismo y lo es por estar construido alrededor del petróleo. Casi todas las industrias dependen de él. Eso no tiene nada que ver con la izquierda o la derecha: Venezuela es más contaminante que Colombia. En mi experiencia, tanto al interior de la sociedad bogotana como en los encuentros internacionales, puedo decir que hay pocos avances en la mitigación del cambio climático, y que éste es imposible de solucionar dentro del sistema capitalista, puesto que hay un juego de intereses muy poderoso alrededor de él. Hay medidas, iniciativas, avances… la economía verde es una respuesta desde el mercado para solventar la crisis, pero soy escéptico que se pueda, puesto que éste es realmente un problema político”.

Jack Ma, fundador de Alibaba, se convirtió en viral este año por las respuestas dadas en una entrevista en el Foro Económico de Davos. En palabras del afamado empresario, China, hoy, debe cambiar un modelo de crecimiento cuantitativo por uno cualitativo. Se venden y construyen, en su país, los mejores autos y autopistas, pero no se pueden usar por culpa de la contaminación atmosférica. Se podría decir, entonces, que de lo que se trata es de crecer mejor, algo que compagina con la visión de Petro:

“Es un cambio de cultura. En una frase fácil debemos decir que hay que consumir menos. Consumir menos significa menos ganancias en el capitalismo, y he ahí un gran problema. La gran mercancía de la economía petrolera es el carro. Hoy tenemos mil millones. Según los mismos planes de la industria automotriz, vamos a tener dos mil millones en las próximas décadas. Las ciudades del mundo que se construyen lo hacen alrededor del carro. Ése es el modelo de Estados Unidos. Grandes autopistas que depredan el territorio, para movilizarse a toda velocidad en los autos, consumiendo combustible. Si todo el mundo se organiza como Estados Unidos, si creamos un mundo para dos mil millones de carros, se acaba la vida en el planeta.”

Con esa visión como norte, y buscando el mencionado cambio cultural, Petro impulsó desde la alcaldía el uso de la bicicleta, hizo varios días lúdicos en que no se usaba el auto privado (“días sin carro”) y promovió la reconstrucción del centro de la ciudad, con tal que se habitara cerca del puesto de trabajo o de estudio, de forma que no hubiera necesidad de recorrer grandes distancias y poder movilizarse usando medios de transporte alternativo:

“Un mal urbanismo contrae una mala movilidad. Nuestras ciudades latinas se construyeron como europeas, para ser movilizadas por medios férreos con alta densidad en el centro, pero a las que se les importó el modelo de movilidad de Estados Unidos, centrado en el carro y los buses, con gente viviendo en los extremos. En medio de las áreas con mayor urbanización del mundo, la solución a la movilidad está en reemplazar el auto por un medio de transporte multimodal, que incluya Metro, tranvías, cables aéreos, ciclorrutas, vías peatonales y buses, densificando los centros.”

Lord Stern, autoridad mundial en el cambio climático, propone que para detenerlo nos convirtamos al vegetarianismo, puesto que es la industria de la carne la mayor causante de los gases de efecto invernadero. Petro le concede la razón al profesor, y complementa su punto planteando “una política de la vida que busque el cuidado de sí mismo, de los animales y del medio ambiente”.

Ese grado de conciencia lo llevó a librar una fuerte lucha por eliminar la fiesta taurina en Bogotá, la que se vio clausurada durante su gestión, acción que lo hizo merecedor de grandes elogios y minoritarias pero poderosas críticas.

“Para eso –continúa Petro– se necesita un cambio de paradigma que supere el filtro izquierda y derecha, porque políticas de la muerte están en los dos lados. La izquierda latinoamericana es una izquierda fósil, centrada en la explotación, en la depredación del planeta para seguir moviéndonos por el petróleo.”

Es claro que la amenaza que el cambio climático cierne sobre nosotros es de tal tamaño que exige una fuerza que supera la acción individual. De ahí que el segundo gran punto de su programa haya sido el fortalecimiento de lo público, lo que Petro explica de manera tajante:

“Fortalecimiento de lo público no quiere decir necesariamente fortalecimiento del Estado, sino de lo común, porque hoy no se puede pensar en una política eficaz para superar y mitigar el cambio climático sin lo público. La tesis dominante en la ONU, en las COP, resultado del lobby empresarial, es que el mercado puede solucionar el problema medioambiental. Se cree que la banca capitalizará a los países que se quieran adaptar, a través de proyectos financiables.”

Aunque suena bastante pragmático, la verdad es que tener esta perspectiva contrae una problemática. “Bajo ese modelo –continúa Petro– llegaríamos a una decisión racional, desde la lógica del mercado, de que debemos dejar morir a centenares de millones de personas, que no produzcan los recursos para pagar los préstamos que sus países necesitan para mitigar el cambio climático. Bajo esa visión, es lógico dejar que se mueran los habitantes de las islas a punto de hundirse, porque sus inversiones para adaptarse al cambio climático no generan los beneficios que atraerían a la banca.” Una visión aterradora en momentos en que el nivel del mar asciende de forma amenazante, según reporte del New York Times.

Durante la administración de este economista, por otro lado, las empresas públicas de Bogotá vieron un renacer considerable, mejorando su situación financiera y comercial. No obstante, para Petro, quien se clasifica en la izquierda, su visión es muy centrada a la hora de visionar el papel del Estado en la economía, llegando a considerar la estatización total un error:

“Cuando yo llegaba a Caracas siempre me quedaba en el Hilton. Ahora que es del gobierno funciona mucho peor que cuando lo tenía la multinacional. Cuando estaba en la alcaldía me opuse a la estatización de los buses, porque creo que el Estado no es capaz de manejar una flota y su trajín diario, pero luché por un Metro público. El arte: en Bogotá abrimos desde el Estado los espacios para que se hiciera arte, pero no era el Estado el que producía ese arte.”

La visión de fortalecimiento de lo público en Petro pasa más por una democratización del poder en la sociedad. “En el Caribe, cada techo de cada casa podría convertirse en un generador de energía a través de la instalación de paneles solares, habiendo que pagarle a los dueños de ellas. ¿Eso es algo público o privado? Es fortalecimiento de lo común. Nuestra empresa pública de reciclaje en Bogotá era temporal; lo que buscaba era formalizar a 14,000 recicladores, pero que no por pobres dejaban de ser privados. La idea era que cada uno de ellos se empoderara hasta convertirse en grandes actores económicos, incluso algunos de ellos ricos. El manejo del agua, que se convierte hoy en un derecho, no debería manejarlo una empresa, sino que debería hacerse desde una visión de satisfacer un derecho fundamental.”

El fortalecimiento de lo público tiene dos objetivos desde la visión de Petro.

  1. Encontrar la fuerza para frenar el cambio climático.
  2. Superar la segregación en la sociedad.

Aunque Petro deja en claro que esto nace de una obligación ética, hay una profunda razón económica y de progreso para hacerlo. “El medio de producción fundamental de la economía de hoy es el cerebro. Y eso es un cambio radical: en el análisis de Marx, los medios de producción eran las maquinas, pertenecientes al capitalista, pero hoy es el cerebro, perteneciente al trabajador.

“Unas sociedades progresan más que otras porque aplican más la inteligencia humana. Hacer un celular es un saber colectivo de alto nivel profesional. Crear un celular requiere, entonces, de una sociedad altamente educada. Si uno segrega los cerebros, si uno piensa que hay cerebros que no sirven porque son pobres, por ejemplo, está delimitando los medios de producción de la economía moderna. Entonces, entre menos segregues, más capacidad tienes como sociedad de potenciar el principal motor de la economía.”

De ahí que la gran inversión de Petro, durante su alcaldía, haya sido la educación pública. “Varios economistas han hablado de la equidad como la base del desarrollo. Hoy, la estructura educativa actual es piramidal, en favor de quienes tienen más capacidad económica y quienes –gracias a sus recursos– monopolizan el conocimiento. En la China de Mao se hablaba de crear una figura rectangular, de ir creciendo desde abajo hacia arriba todos como sociedad, horizontalmente. Me gusta ese modelo porque produce un crecimiento del saber general. Si usted lee a Paul Romer, del Banco Mundial, que yo creo es neoliberal, él dice que el problema no está en la cantidad de educación, sino en la cantidad de educación que se irradia en la sociedad. Si no segregas el conocimiento y lo irradias, estás creando una sociedad sin límites, una que progresa.”

En palabras de George Bernard Show: “Si tú tienes una manzana, y yo otra, cuando las intercambiemos cada uno tendrá una manzana. Pero si tú tienes una idea y yo tengo otra, cuando las intercambiemos cada uno tendrá dos ideas.”

Según cuenta la leyenda, cuando a Winston Churchill se le solicitó, por parte de uno de sus ministros, que detuviera las inversiones en cultura, puesto que se necesitaba reinvertir el capital en la guerra, el estadista británico replicó: “Si acabó la cultura, qué es lo que estamos defendiendo.”

Movido por una ideología similar, durante el gobierno de Petro se implantó la educación artística en más de 90,000 jóvenes. “El gran problema de América Latina es la inversión en cultura –nos dice Petro–. Y mi gran preocupación era cómo producir cultura. Y la única forma es incentivándolo en la niñez. La educación artística, entre los jóvenes, facilita el aprendizaje de todas las áreas del conocimiento. Y he ahí lo que puede llegar a generar una sociedad más avanzada, más frugal, que encuentre placer en manifestaciones artísticas, académicas, que es el tipo de sociedad que se necesita para estos tiempos de cambio climático. A nuestra juventud le decíamos ‘es mejor ser que tener’. Y nos entendieron perfectamente. Y si hubo sectores de la sociedad que apoyaron la ‘Bogotá Humana’, ésos fueron las juventudes y la niñez.”

Pareciera que no nos equivocamos al determinar, casi como un punto aparte, el área de seguridad como aquella donde más revolucionó este gobernante:

“La paz urbana es un problema mundial. Cuando uno analiza las insurrecciones juveniles en Estocolmo, París, Londres, en Bogotá, uno encuentra un elemento alto de segregación: económica, política, cultural, étnica, racial. Esa exclusión de juventudes genera nuevos tipos de violencia, difusa, pero que mata, y en América Latina, con el tema de las drogas, se convierte en la región más violenta. Y en ese contexto se aplica la política de la cero tolerancia, que lo único que hace es incrementar la segregación y que se muestra como un fracaso, tanto en América Central como en Bogotá.

“Nosotros hicimos lo contrario: la inclusión. Le pagábamos a los jóvenes pandilleros para que estudiaran en colegios con énfasis en el arte.”

En ese mismo nivel, Petro atracó otro problema de seguridad, tratando a los narcodependientes como enfermos, de forma que fueran tratados a través de médicos, incluso ofreciéndoles dosis, de forma que no tuvieran que llegar al hurto para conseguirla.

He ahí gran parte de la explicación del porqué las tasas de homicidios y hurtos bajaron hasta niveles inéditos en muchos años. Y como lo mencionó en su momento el director nacional de ONU Habitat en Colombia, el señor Édgar Cataño, “las políticas públicas de la administración ‘Bogotá Humana’ en materia de seguridad y mitigación del cambio climático han demostrado éxito, convirtiéndose en hitos internacionales importantes para brindar seguridad y reducir la segregación social de los ciudadanos”.

La eliminación de la segregación, básicamente, significa usar los recursos del Estado para invertir en educación y cultura, en los sectores que más lo necesitan. Ese mismo Estado debe ser el que responda la amenaza que el cambio climático nos está haciendo, pero debe hacerlo como respuesta a un fortalecimiento de la sociedad, no del ente gubernamental.

Bajo esa premisa, Petro nos dice que “el modelo de Estado-nación está superado por la problemática mundial. Las capacidades de un gobierno son locales, mientras que los desafíos son globales. Me rehusó a decir que estamos frente al final de capitalismo, pero sí diría que estamos frente al final del neoliberalismo, puesto que éste nos llevó a una crisis económica sin precedentes, que compaginó con una crisis humana. El neoliberalismo debilitó los poderes del Estado en pro del mercado. Un gobierno global es lo necesario para solucionar las amenazas actuales. La ONU es un balbuceo, pero la veo presa de los grandes intereses económicos.

“Una de las ideas que di en una de las COP era que impusiéramos la tasa Tobin (un impuesto a las transacciones financieras), encontrando ahí los recursos para hacer las inversiones necesarias con tal de adaptarnos al cambio climático. Ahí habría una solución. Incluso, existe la infraestructura: el FMI podría recaudarla. Pero no hay el poder público que pueda ejecutarla. Hoy, los capitales se esconden por todo el mundo con tal que no los tasen y ningún gobierno tiene la capacidad para perseguirlos.”

Victor Hugo, el gran poeta francés, dijo alguna vez: “No existe en el mundo nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo.” En un momento en el que vemos que en China se cierran las minas de carbón como respuesta a la contaminación atmosférica, que los intereses ecológicos en Estados Unidos obligan a Obama a detener la construcción del oleoducto Keystone XP, que por las mismas razones Holanda prohíbe la fracturación hidráulica (fracking), cabe preguntarse si está llegando el añorado sueño de tener una sociedad global, que podrá superar nuestro más grande enemigo: el cambio climático.

Al Gore, mismo que halagaba a Petro por su “paradigma urbano del siglo XXI”, concluía la presentación de su documental, An Inconvenient Truth, recordándonos que el ser humano ya superó la crisis de la capa de ozono, algo que además parecía imposible, puesto que requería del involucramiento de todas las naciones. En esa ocasión, no se necesitó de la creación de un mega-Estado, sino de un interés de la sociedad por lograrlo. Eso que Petro llama “fortalecimiento de lo público”.

En agosto de 2014, The Huffington Post hizo un listado de los alcaldes que estaban transformando sus ciudades. Petro apareció ahí. Y es que la ‘Bogotá Humana’ fue el primer gobierno, tal vez en América Latina, que puso las exigencias del ambiente por encima de los intereses económicos. No se trataba de construir más autopistas para los autos, sino de tener un mejor transporte público; no había que seguir expandiendo la ciudad, había que densificarla; no se promovía el consumo, pero sí la cultura.

Ningún alcalde en la historia de Colombia tuvo la presión mediática que tuvo Petro. Sólo el tiempo dirá si fue resultado de su ineptitud o, por el contrario, de haber querido instalar una agenda de avanzada y necesaria para nuestros tiempos, que chocó con arcaicos pero poderosos intereses. Hoy pareciera que el tiempo le está dando la razón.


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Andrés Arell-Báez es escritor, productor y director de cine. CEO de GOW Filmes.

 

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Twitter: @andresarellanob

 

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