Vuelven las viejas maneras de hacer las cosas, nuestra insaciable fiebre por la nostalgia ha llegado a casos de reaccionario extremismo, particularmente en el vecino del norte, que ha visto despertar una intensa ola de lo que consideran “la grandeza de antes”. Sin duda, la cadena de restaurantes McDonald’s es uno de los pilares centrales que ayudaron a construir el mito de Estados Unidos contemporáneos y que se ha convertido en uno de los iconos más reconocibles de la colonización cultural que la globalización hizo posible.

La raíz de la cultura de negocios y del entrepreneur, anclada en el neoliberalismo económico, es lo que está al centro de Hambre de Poder, la más reciente película del cineasta John Lee Hancock, cineasta de oficio del conservadurismo estadounidense -recordemos aquella entretenida, si cuestionable, parábola de benevolencia blanca Un sueño posible (2009) que le dio a Sandra Bullock su cotizado Oscar- y que muestra cómo es que McDonald’s se convirtió en el coloso culinario que es en la actualidad.

La película presenta la historia de Ray Kroc, un vendedor con la suerte en contra que transformó el negocio de los hermanos McDonald en uno de los negocios más lucrativos de la era contemporánea.

Hambre de poder se basa en los valores que el periodo de la posguerra dejó en Estados Unidos, particularmente la visión de autores como Clarence Floyd Nelson y la utopía de “America” como el lugar donde las fantasías de riqueza se satisfacen con obscena abundancia, pero tales valores son vistos bajo una luz sobria y de ambigüedad matizada, sin volverse una exaltación gratuita de la avaricia ni una punzante crítica de la misma.

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La película lleva una progresión sencilla, pulcra, rápida y eficiente, igual que la forma en que los Hermanos McDonald preparaban las hamburguesas y vendían el concepto de gratificación inmediata, uno de los factores que los llevó a alcanzar enorme popularidad, pero Kroc fue lo suficientemente agudo para percatarse que el negocio estaba en otro lado: bienes raíces.

Cual colonizador moderno, Ray Kroc, interpretado con desgarbado brío y cínico encanto por el gran Michael Keaton, alimenta no sólo un negocio, sino lo que él pomposamente bautiza como la “nueva iglesia americana” y para ello edifica una personalidad de negocio, igual de intimidante y peligrosamente seductora que la del personaje, más no individuo, que ahora ostenta el título del hombre más poderoso del mundo “libre”.

Las siguientes guerras no habrán de librarse en Libia, Siria o Palestina, sino en elegantes y opulentos salones de retretes y arcos dorados, en los que la voracidad de la utopía de Estados Unidos busca nuevos terrenos para colonizar, con un hambre que ni millones de hamburguesas podrían saciar.

 

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