El té es uno de los nuevos mercados que se abren para la agricultura nacional. México produce los que se podrían llamar tradicionales: manzanilla, hierbabuena y limón, pero con un poco de sofisticación, visión y apoyo, los interesados en este cultivo podrían alcanzar una mayor capacidad para competir, primero con las importaciones, y luego a nivel internacional.

 

Mientras esperamos a que llegue la anhelada reforma al campo –uno de los grandes pendientes del actual gobierno federal– sería interesante hacer un análisis profundo de cuáles son los nuevos mercados agropecuarios que están creciendo con mayor velocidad en el mundo o que presentan una nueva opción para sustituir aquellos cultivos en los que el país es obsoleto.

No estoy diciendo que dejemos de sembrar maíz, jitomate o alguno de los productos básicos de la dieta del mexicano, sino simplemente que nos salgamos de la zona de confort, y dentro de esta esperada reforma se destine capital de riesgo para todos aquellos productores que quieran incursionar en nuevos cultivos.

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Uno que me viene a la mente es el té. Para quienes están interesados en este aún extraño pero cada día más familiar producto para los mexicanos, recordarán que hace cinco años la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) llamó a los países productores de té a incrementar la comercialización doméstica de la mano de una campaña para promocionar los beneficios que tiene para la salud, pues en los países donde se produce sólo se consume la décima parte.

Desde 2010, la FAO pronosticó que el mercado del té crecería durante la próxima década, lo cual quiere decir que a México le quedan cinco años para poder hacer las plantaciones y otorgar los apoyos que sean pertinentes para subirse a la ola de esta bebida que para muchos se ha convertido en una alternativa para el café; por ello, una de las variedades que presenta mayor oportunidad es el té negro, cuyos destinos tradicionales son Rusia y Reino Unido.

Actualmente, según el mismo documento, cerca de 40 países en el mundo producen las distintas variedades de hierba para elaborar la bebida, entre ellos China (el principal), Kenya, Sri Lanka e India.

Un caso interesante es el de Kenya, cuyas exportaciones de té son similares a la importación de alimentos; otro caso es el de Sri Lanka, donde representa 50% de sus exportaciones.

En México, el té es un tema que podría unir a productores y emprendedores, ya que en distintas ciudades del país existen esfuerzos aislados de pequeños empresarios que buscan incursionar en el negocio abriendo las llamadas “casas de té”. Uno de estos ejemplos es Darjeeling, en Guadalajara, Jalisco, que en su carta tiene una oferta de más de 40 variedades de la bebida. Aunque 70% de su consumo lo compra a productores nacionales, 30% proviene de otros países, lo que nos muestra la oportunidad que se abre para quienes se quieran salir de la casa y experimentar con un nuevo cultivo.

Según estimaciones de estudios de mercado, desde 2013 este segmento en México podría estar experimentado crecimientos de dos dígitos, lo que ha pasado inadvertido para la mayoría en una época en que el país está ávido de nuevas entradas de ingresos.

Pero si pensamos en té, no solamente necesitamos hacerlo en una humeante tasa de infusión, sino también en el que se vende embotellado y que se ha convertido en una alternativa a los refrescos.

Cifras de Euromonitor, correspondientes a 2011, apuntan que en el país se vendieron casi 178 millones de litros de té embotellado. Nestea (de Nestlé) registró las mayores ventas, con 48.1%, seguida de la marca Lipton, con 22.6%; Arizona, de Ferolito, Vultaggio & Sons ocupa el tercer lugar, con 17.1%, y el restante 12.2% se reparte entre distintas empresas.

Los números indican que el mercado está comprando un nuevo producto, pero estos indicadores son como los llamados a misa: sólo los escucha quien quiere.

 

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