Un sacerdote maya, de 94 años y que se encuentra en perfecto estado de salud y anda en bicicleta cual chiquillo de nueve años, me dio una cátedra sobre la herencia, que me ayudó a tener una nueva visión de ésta completamente distinta de la que se nos enseña en las grandes ciudades y las universidades modernas.

 

Como parte de un proceso de reconstrucción de mi vida y redescubrimiento de mi vocación, después de sucesos dramáticos he recurrido, entre muchas cosas, a la sabiduría de varias civilizaciones antiguas. Así, tuve la oportunidad de convivir con miembros de dos de las comunidades mayas que aún mantienen rasgos originales: El Señor y Tixcacal Guardia, ambas enclavadas en la jungla de Quintana Roo, a hora y media de Felipe Carrillo Puerto.

Allí pude dialogar con habitantes, guías de turistas, sacerdotes, curanderas y h’men mayas. Entre muchas lecciones, una de las que más me impactó y dejó huella fue la visión de los mayas acerca de la herencia. Sí, eso que para nosotros significa trasladar dominio de nuestras posesiones a alguien más antes o después de morir. Un sacerdote maya, de 94 años y que se encuentra en perfecto estado de salud y anda en bicicleta cual chiquillo de nueve años, me dio una cátedra sobre la herencia, que me ayudó a tener una nueva visión de ésta completamente distinta de la que se nos enseña en las grandes ciudades y las universidades modernas.

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Todo partió de una pregunta: ¿Qué les preocupa a ustedes? A lo que el sacerdote, de nombre Lorenzo, me respondió (en maya, y el guía me tradujo su respuesta): “Pues, nada. Vivimos por más de 100 años, las enfermedades son muy sencillas y nos las trata la curandera, tenemos alimento y agua de sobra. No nos da miedo morir porque nos convertimos en aire, para más tarde reencarnar. Aquí no hay divorcios ni separaciones.”

Quise profundizar: ¿No hay estrés aquí? Él respondió: “El estrés es una enfermedad del hombre blanco. Y una de las fuentes principales del estrés es el deseo insaciable de heredar.” ¡Pum! ¡Zas! Su respuesta fue contundente y me sacudió.

–¿Me puede contar cómo ve usted esta necesidad insaciable por heredar del hombre blanco? –le pedí me ayudara, puesto que pensé que, sin duda, había dado con el talón de Aquiles de la civilización moderna.

–El hombre de la ciudad dedica toda su vida a acumular y proteger aquello que desea heredar. Esa necesidad lo lleva a enfocarse en el trabajo, no en la familia. Lo lleva también a mentir, a engañar, a vender algo que no siempre es bueno, a explotar a trabajadores. Todo esto le genera mucha culpa, tristeza y dolor. Al mismo tiempo, al buscar acumular para heredar a sus hijos, quienes ni siquiera le han pedido a sus padres eso que van a heredar, van construyendo en su imaginación la percepción de que sus hijos necesitan esa herencia para sobrevivir.

“¡Claro! –traté de organizar las ideas–, si queremos tanto heredarle a nuestros hijos es porque los percibimos incapaces de sobrevivir sin esa herencia. Hasta cierto punto, los estamos menospreciando desde niños.”

Él siguió: “Las ganas de heredar son las ganas de quedarse en la Tierra, no respetar el ciclo de la vida de continuar después de la muerte. Buscan heredar para que su nombre sea recordado, para que en las empresas su foto permanezca en las paredes, para que escuelas y calles lleven su nombre. Eso es querer seguir atados a esta vida y no añorar lo que sigue después. Por eso la herencia es la fuente principal del estrés en el hombre blanco, porque le resta fuerza a la vida espiritual y ata al hombre a la vida material.”

Quise agregar algo: “Para nosotros, la herencia es una forma de protegernos por lo que podría suceder en el futuro: posibles carencias, enfermedades, problemas…”

“¡Claro! –dijo él en su lengua–, y seguramente pensando así se atraerán carencias y problemas, ja, ja, ja (rió como un niño).”

“¿Entonces ustedes no heredan?” –la pregunta parecía redundante, pero quise hacerla.

“¿Acaso me ves estresado? –me lanzó–. Si tuviera que heredar no podría estarte dedicando tantas horas sin estar estresado por volver a la milpa o al banco.”

“¡Wow! –exclamé–, la herencia no sólo desenfoca mucho al hombre y a la mujer de su propia familia para enfocarse en el trabajo, sino que va formando una percepción limitada sobre los hijos y nos ancla en esta Tierra. Sin duda, la herencia es un legado de la parte primitiva del ser humano, las ganas insaciables de acumular, tener, demostrar poder, pensar que valemos por lo que tenemos y no por lo que somos. Me preocupa, ahora que lo menciona, el estar acumulando para dejarle a mi hija, no estar disfrutando en el presente lo que obtenga de mi esfuerzo productivo y estar pensando en dejarle lo que ni siquiera me ha pedido. Hoy, lo único que ella pide es que esté más tiempo con ella.”

En eso, la plática dio un giro hacia otros asuntos como los aluxes, la Serpiente Emplumada, la planta que funciona como viagra entre los mayas… pero ésos son otros temas.

 

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