La nueva cinta de Amat Escalante y una revisión a la obra teatral del dramaturgo mexicano Jesús González Dávila son las propuestas de esta semana.

 

Cine. La ingenuidad y espontaneidad de sus personajes, extraídos del mundo real, los diálogos mínimos y la impresión de realismo casi documental, hacen de Heli una historia entrañable. A pesar de sus perturbadoras escenas de tortura, el tercer largometraje del mexicano Amat Escalante toca la sensibilidad del espectador al mostrar experiencias y sentimientos universales, sin perder el ritmo narrativo de su intriga principal. Heli visualiza la terrible experiencia de una familia humilde que se ve involucrada con la delincuencia, a la vez que refiere el despertar sexual de algunos de sus integrantes, el desencuentro amoroso, la ambición, la sensualidad, el amor fraterno y la temeridad de la gente común y corriente. Heli se aleja del humor negro en torno a la llamada guerra del narco (como el que apreciamos en El infierno, de Luis Estrada o en Miss Bala de Gerardo Naranjo) para dar a sus protagonistas un perfil más realista y humano.

En un remoto poblado michoacano, Heli, obrero de una industria local, vive con su mujer, su pequeño hijo, su hermana Estela y su papá en una vivienda de sólo dos habitaciones. La pesada rutina laboral agobia a Heli y a su padre, mientras las labores domésticas mantienen ocupada a su esposa. Descuidada por su familia, la núbil Estela inicia una relación amorosa con Beto, un joven cadete que recibe entrenamiento militar. La ingenuidad de esta pareja que anhela huir para consumar su amor desatará la desgracia cuando Beto se apodere de unos paquetes de cocaína y pida a Estela esconderlos en casa. Heli descubre el plan, castiga a Estela y destruye la droga, sin considerar su altísimo valor de mercado. De esa forma, un conjunto de insólitos maleantes –que no son quienes producen los enervantes sino quienes deberían combatir su trasiego– matan al padre y toman represalias atroces contra Heli, Estela y Beto, haciéndolos pagar con dolor el precio del glorificado polvo blanco. Las violentas escenas evocan, como vasos comunicantes, lo ocurrido el dos de octubre de 1968 y nos sugieren que, en México, la historia puede repetirse con algunas variantes pero con idéntica crueldad.

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heli_3Más allá de las imágenes estereotipadas de la pobreza y el narco, Amat Escalante destaca la personalidad y los conflictos íntimos de Heli. Hombre callado y aparentemente dócil, Heli realiza un trabajo rutinario y gris, además de enfrentar el desapego de su esposa quien padece de depresión post parto y se niega a tener relaciones sexuales. Mientras tanto, su hermana Estela, niña flaca, menuda y de ojos tristes, vive el despertar sexual con un novio tan inmaduro como ella. Heli demostrará su afecto fraternal por Estela al tratar de protegerla aunque sea demasiado tarde y remontará su docilidad al cobrar animalesca venganza por el agravio perpetrado en contra de su familia. La escena final muestra la resolución del conflicto personal de Heli aunque afuera continúa la corrupción, la avaricia y la lucha por el territorio.

Las actuaciones de actores con poca o nula experiencia pero cuidadosamente elegidos por su edad y rasgos físicos resultan, a la vez, elementales y poderosas. El diálogo, reducido a su mínima expresión, apoya a estos intérpretes intuitivos que se expresan mejor con su corporalidad que con palabras. Cada uno encaja con precisión en el rompecabezas dramático que hace de Heli una historia de ficción dentro de una cruda realidad. Nada de esto elimina el estupor y horror que provocan las secuencias violentas pero la emotividad de los personajes nos compensa y demuestra que, a final de cuentas, la vida tiene que seguir y no hay mal (esperamos todos en México) que dure cien años.

En opinión de esta columna, la Palma de Oro del Festival de Cannes al mejor director que recibió este año Amat Escalante, guanajuatense por adopción y ex alumno de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, Cuba, resulta muy merecida. Además, el público mexicano ya también dio su opinión: la película recaudó más de un millón de pesos en su primer fin de semana de exhibición y se calcula que la han visto 18,000 espectadores. Nada mal para una película confinada a las “salas de arte”.

gatos_1Teatro. La pobreza como caldo de cultivo de la animalidad humana es objeto de estudio de otro gran creador mexicano, el dramaturgo Jesús González Dávila. A trece años de su desaparición, el Círculo Teatral presenta este mes un impactante montaje de la farsa de humor negro Los gatos, escrita en 1972 y revisada en 1999. González Dávila, a su vez coahuilense por adopción (ya que vivió su niñez y juventud en Sabinas, Coahuila), se interesa por dramatizar la experiencia de los niños de la calle que, sin importar su desnutrición e ignorancia, son objeto de deseo de criminales y pedófilos.

Bajo la dirección de Víctor Carpinteiro, Los gatos cuenta con un elenco de actores  bien seleccionados de acuerdo con la edad y características físicas de los personajes: Andrómeda Mejía, Armani Cabrera, Vicente Ferrer, Marisela García, Carlos Castellano, Leticia Olvera, Andrés Villanueva, Augusto Pedraza y Christian Muñoz. La obra dramatiza la frivolidad de dos muchachos que ejercen la prostitución homosexual y presenta a una jovencísima pareja de voceadores, Polo y Vera, quienes habitan en un miserable puesto de periódicos. Una descarada vecina descubre la belleza de la voceadora y la invita a tomarse unas fotos provocativas, mientras los prostitutos discuten la velada relación de Polo con un médico pedófilo. Como felinos en celo, todos los personajes se complacen en la promiscuidad al carecer de otro propósito en la vida, y arrastran a Polo y a Vera a su forma de vida reptante y amañada.

La depurada técnica dramática de González Dávila equilibra el horror de la miseria humana con la poesía de la imaginación y la esperanza, presente aún en las criaturas más silvestres. Los gatos no ha perdido actualidad y señala con insistencia la vulnerabilidad de la niñez y la juventud ante la vorágine y el pragmatismo de la sociedad actual. Las preocupaciones temáticas de González Dávila surgidas en medio del paisaje desértico y clima abrasador de Sabinas, Coahuila, se manifiestan a lo largo de su obra en títulos como De la calle (de la que Gerardo Tort filmó una versión cinematográfica en 2001), Amsterdam Boulevard, Pastel de zarzamora y Crónica de un desayuno (filmada por Benjamín Cann en 1999). Vale la pena apreciar la dramaturgia de este singular autor, alumno de Hugo Argüelles y Vicente Leñero, por su vocación subversiva y su aliento poético. La segunda temporada de Los gatos (obra estrenada en 2012) continuará a partir de septiembre en el Círculo Teatral de la colonia Condesa.

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