Desde niños fuimos programados para pensar que el exitoso era quien traía el carro más nuevo, quien se graduaba de la mejor universidad y conseguía trabajo en una multinacional, quien lograba hacerse rico a como diera lugar, incluso corrompiendo.

 

 

El éxito, como concepto utilizado de manera cotidia­na, define muchos de nuestros objetivos, y como nuestros obje­tivos definen nuestras estrategias y enfoque de tiempos y esfuerzos, el éxito se vuelve una guía muy fuerte en nuestra vida. Sin embargo, usamos el concepto de manera tan automática y espontánea, sin darnos cuenta que su uso define vidas a nuestro alrededor y la nuestra. Hemos sido irresponsables con el uso cotidiano del concepto éxito.

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Desde niños fuimos programados para pensar que el exitoso era quien traía el carro más nuevo, quien se graduaba de la mejor universidad y conseguía trabajo en una multinacional, quien lograba hacerse rico a como diera lugar, incluso corrompiendo. Si nuestros seres queridos y maestros admi­raban al rico, al poderoso, al de la empresa grande y al que aplastaba a sus competido­res, sin duda, como aprendizaje automático, crecimos con esos deseos, mismos que también representaban el “camino” para ser admirado. En contraste, somos capaces de entrar en depresión si no alcanzamos los indicadores de éxito que otros han definido en automático.

Pero hemos vivido en un error. La pro­gramación mental a la que fuimos sometidos alrededor del éxito es un engaño. Así lo de­muestra el estudio al que he titulado El gen exitoso y que llevo haciendo más de un año con la participación de más de 900 personas.

De cientos de aprendizajes, quiero com­partir dos que me parecen fundamentales en la redefinición del concepto éxito:

1. Los indicadores de éxito los defines tú. Cuando un indicador de éxito para ti es uno que te fue impuesto, el éxito deja de serlo automáticamente y pierde su sentido más profundo. Alcanzas el éxito cuando logras los objetivos que tú mismo, en plenitud racional, definiste. Si logras indicadores de éxito que otros te impusieron estarás dán­dole triunfos a esas personas, no a ti mismo; no hay persona verdaderamente exitosa que dedique todos sus esfuerzos y tiempo en lo que otros quieren.

Así, tenemos que comenzar a ver el éxito no como algo exclusivamente del terreno profesional, sino como algo profundamen­te unido al terreno personal. Cuando eres exitoso en el terreno personal es más fácil que logres el éxito en el terreno profesional, no al revés.

2. Los indicadores del éxito son machis­tas. Históricamente, el éxito se ha medido bajo indicadores ubicados en el territorio de los hombres, no el de las mujeres. El cerebro del hombre está cableado para buscar adic­tiva e instintivamente el poder, el triunfo, la superación sobre los demás. El cerebro masculino presenta ciertas diferencias fi­siológicas cerebrales, así como en el sistema hormonal, que lo predisponen a buscar ciertos indicadores de éxito, más en el territorio profesional que en el personal. El núcleo dorsal, la amígdala y el área tegmen­tal ventral son áreas más activas y grandes en los hombres que en las mujeres, lo cual, sumado a la alta producción de testosterona, dopamina y vasopresina, los mueve impul­sivamente a buscar defender su territorio, la recompensa, la superación jerárquica, la dominación y la admiración social.

El varón desde muy pequeño comienza a competir y a ser agresivo para lograr triunfar; al contrario, la niña es socializadora y capaz de ceder mucho para lograr vínculos emo­cionales fuertes con los que juegan con ella. Estamos cableados, eso no lo podemos negar.

Hoy, con la participación tan activa de las mujeres en las áreas que antes eran pre­dominantemente de la responsabilidad de los hombres, es fundamental redefinir los indicadores de éxito que utilizamos de mane­ra cotidiana.

El gen exitoso nos permitió descubrir algo sumamente interesante para el éxito: cuando la mujer saca su lado femenino en el territorio profesional, es cuando empieza a ser plena, feliz y sumamente productiva. Así lo confesó más de 80% de las mujeres que participaron en el estudio.

Una de ellas, una mujer sumamente exitosa en los negocios y en su vida personal, dijo: “Me di cuenta que quería replicar a los hombres en el trabajo, tenía que ser dura, ambiciosa, insensible, enemiga de mis com­petidores, pero ‘me cayó el veinte’; entonces dejé salir mi lado femenino y comencé a fluir en el trabajo”.

Hoy, los negocios, la política y las orga­nizaciones sociales necesitan mucho el lado femenino de las mujeres, que viva al máximo, que salgan las emociones, las relaciones honestas, su capacidad negociadora y de bienestar mutuo. Dejemos de imponerles indicadores de éxito que cuadran más con los impulsos cerebrales de los hombres.

Es hora de redefinir el éxito.

 

 

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