Ahora seremos espectadores de la lucha anual en el Congreso, cuando los grupos empresariales asistan a tratar de negociar la baja de los impuestos y los legisladores empiecen a negociar favores con los grupos fácticos, y se cree, con esto, el típico monstruo fiscal anual.

 

 

 

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A nadie nos gusta pagar impuestos, de ahí el nombre: son im-puestos, lo que, además, me recuerda la frase que hiciera famosa Benjamín Franklin, en el año de 1789, en una carta dirigida a Jean-Baptiste Leroy, en el marco de la promulgación de la nueva Constitución de Estados Unidos, que decía textualmente: “En este mundo nada se puede decir que es certero, excepto la muerte y los impuestos” (death&taxes), y que, en realidad, fuera acuñada originalmente por Daniel Defoe, en su libro The Political History of the Devil, datado en 1726, que básicamente nos dice que sólo esas dos cosas nos van a pasar a los humanos en este mundo.

En México, los políticos en el poder no han querido nunca aumentar impuestos. Es el pecado más grande que pueda cometer un político. De hecho, las únicas promesas de campaña que pueden valer votos es la cancelación de algún impuesto y, para muestra, un botón: las últimas dos elecciones de este país fueron ganadas por varios candidatos con un solo argumento: la cancelación de la tenencia, impuesto creado en 1968 para financiar las Olimpiadas y que nunca fue eliminado, hasta hace dos sexenios y que muchos candidatos lo vendieron como promesa cuando llegaran a gobernar, la mentira era que, en ese momento, ya estaba derogado a nivel nacional.

Ante este escenario, el que hoy el paquete fiscal defina nuevos impuestos a todos nos pone los pelos de punta y nos preocupa. Por supuesto, las grandes empresas ya amenazan, ante este aumento, que como consecuencia van a tener que correr gente y existe el riesgo de una recesión, etc., etc., mientras que por el otro lado, puede uno ver cómo la mayoría de las empresas multinacionales anuncian con bombo y platillo que sus filiales en México son de las más rentables y reportan utilidades de las más altas que en todo el mundo.

Desafortunadamente, en México se nos olvida la gran cantidad de pobres y el gran problema de la informalidad que, para mal de México, es una práctica muy común auspiciada por todos. Si usted compra películas piratas en el mercado, está fomentando la informalidad y el hecho de que no exista crecimiento hace que la riqueza se concentre en pocas manos. No debemos olvidar que México es un país de empresarios ricos y empresas pobres, bajo el único razonamiento de no querer pagar impuestos.

Lo difícil del momento es que el razonamiento fácil del IVA generalizado es lo que puede hacer que todos paguemos más impuestos y que los informales también, pero puede ser una bomba social que podría estirar la liga en demasía y pudiéramos tener mayores problemas en las calles. Tal vez mucha gente no se ha dado cuenta, pero el hecho de la generalización de las policías comunitarias, las marchas y mítines de los maestros, los secuestros y el aumento de la delincuencia, son, en el fondo, muestras de la desigualdad que tenemos en el país y que aun no estalla como pasa en estos momentos en Brasil y Egipto.

Ahora seremos espectadores de la lucha anual en el Congreso, cuando los grupos empresariales asistan a las Cámaras a tratar de negociar la baja de los impuestos y los legisladores empiecen a negociar favores con los grupos fácticos, y se cree, con esto, el típico monstruo fiscal anual.

Lo más curioso del momento es que el PRI, con este giro hacia el centro izquierda de la geometría política, quiere ser más social, alejándose de la visión derechista de los últimos dos sexenios y que, de rebote, le desarma el discurso a AMLO y a la izquierda más cercana a los más abandonados del país.

Esperemos a ver cómo termina la reforma y el paquete fiscal en los próximos dos meses, que es lo que se llevará la discusión en el Congreso.

 

 

 

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