Los impuestos ocultos, que casi nadie documenta, son esos cargos velados que los ciudadanos pagamos sí o sí, para los cuales no hay estrategia tributaria que valga ni escapatoria posible.

 

Hay un tema en el que la Humanidad está de acuerdo con independencia de nacionalidad, credo, preferencia sexual o posición social: a nadie le gusta pagar impuestos. El que diga lo contrario está mintiendo, está haciendo una declaración para quedar bien o está loco. Ni al secretario de Hacienda le gusta sacar dinero de su bolsa para traspasarlo al tesoro público. Tanto nos choca el tema tributario que cualquier esfuerzo que se haga por pagar menos parece poco y estamos dispuestos a someternos a una serie de tormentos, como trámites y procesos engorrosos, con tal de sufragar menos. En ocasiones, perdidos entre tanta estrategia fiscal, nos sale más caro el caldo que las albóndigas, pero la sensación de darle la vuelta al fisco nos llena de satisfacción. Sentimos que ganamos la partida.

Siempre nos parece que pagamos más de lo que recibimos a cambio, sin importar si somos mexicanos, ingleses, griegos, nigerianos o de cualquier lugar. Sin embargo entendemos que por gozar de los privilegios de vivir en sociedad tenemos que cumplir con nuestras obligaciones tributarias. Entonces, como un enfermo que tiene que tomar una medicina de sabor asqueroso, cerramos los ojos, apretamos la nariz y, sin mucha felicidad, pagamos lo que nos toca. Cumplimos. Pero una cosa es solventar impuestos que están contenidos en la ley, y otra distinta lidiar con los impuestos ocultos. Los fiscalistas que elaboran intrincadas estrategias para reducir o eliminar en forma lícita las cargas impositivas, no pueden hacer nada contra los impuestos ocultos. No hay planeación útil que valga en este rubro.

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Los impuestos ocultos, que casi nadie documenta, son esos cargos velados que los ciudadanos pagamos sí o sí, para los cuales no hay estrategia tributaria que valga ni escapatoria posible. Son pagos que hace un ciudadano que no llegan a la ventanilla recaudadora de los gobiernos y que, sin duda, son su responsabilidad. Me refiero a los actos de corrupción. La descomposición del tejido social es un mal endémico que nos toca, nos afecta y nos perjudica siempre, sin importar si estamos dados de alta en el Registro Federal de Contribuyentes o no.

Este tipo de contribuciones funcionan como animales rastreros, que avanzan silenciosos y atacan a sus presas sorprendiéndolas y dejándolas en un estado de indefensión precisamente porque aparecen cuando nadie se lo espera. Gracias a la confusión, se cae en la trampa. Me sucedió a mí, le ha pasado a mucha gente y todos estamos en riesgo de padecerlo. Se manifiestan en todos niveles y con cualquier tipo de sofisticación, desde las grandes esferas del círculo de poder hasta a las personas que incautamente salen de trabajar perfectamente ajenas a la posibilidad de convertirse en la siguiente víctima de extorsión.

Hace 15 días empecé a dar un taller de emprendimiento en el Centro de la Ciudad de México. La fascinación que ejercen los callejones, los ritmos tan distintos que vive esa zona de la ciudad, lo viejo de sus edificios, las vistas llenas de cúpulas de iglesias antiguas y la Torre Latinoamericana como cereza del pastel hicieron que la ilusión por ir a trabajar ganara dimensión. El jueves pasado salí del curso alrededor de las nueve de la noche. La calle estaba sola y oscura. Tomé la vía de Isabel la Católica, y al llegar a la esquina de República del Salvador quise dar vuelta a la derecha, pero un oficial me advirtió que la vuelta estaba prohibida, pues la calle es de uso exclusivo del Metrobús. Me eché en reversa de inmediato, sin siquiera haber pisado el carril prohibido. Retomé el camino, y 100 metros más adelante llegó un policía en motocicleta que me pidió que me orillara. Eligió el lugar más sombrío. Sentí la piel chinita y el estómago me dio un vuelco. ¿Y ahora qué quiere este sujeto?

La historia ya la pueden intuir: varios amables policías del Centro Histórico de la Ciudad de México se agolparon en torno de mi coche como si fuera una manifestante con bomba Molotov. Sirenas, luces, torretas y un enjambre de uniformados aparecieron de Dios sabe dónde. Los oficiales Jaramillo y Padilla, líderes del operativo, me dispensaron la cortesía con la que tratan a la gente de bien. Me amenazaron con llevarme al corralón, me advirtieron que ya estaba dada una alerta por radio a todas las unidades de la zona para que no pudiera escapar, y que si lo hacía había una pena corporal que purgar. ¿Qué hice? Infringió la ley. ¿Cuándo? Se dio la vuelta en República del Salvador. No, me eché en reversa. Deme sus documentos. ¿Por? ¿Quiere que llame refuerzos para que la arresten? Llámale a la grúa para que enganche esta unidad.

Estaba sola, rodeada por una jauría dispuesta a bajarme del coche y dejarme en la penumbra de la calle. Yo seguía confundida, sin entender la gravedad de mi delito. Entregué mis documentos, temblando ante la posibilidad de pasar la noche en un separo del Ministerio Público del Centro. Ya lo antiguo de los edificios y los callejones no me parecían tan pintorescos. No había nada de romántico en la situación; todo era más bien gótico. Era el tiempo de la Inquisición del siglo XXI. Estaba siendo acusada por una falta que iba a cometer y sólo por eso tenía que pagar por ello. Sus majestades Jaramillo y Padilla no entendían razones. Señores, vengo de trabajar, de hacer las cosas por la buena. Me equivoqué al tratar de dar una vuelta prohibida pero no la di. ¡Ay, güera, que necia eres! ¿Por qué no buscamos la manera de arreglar las cosas, madrecita? Adelántate, estaciónate allá en la esquina para ponernos de acuerdo. Y, claro, llegó la solicitud de un impuesto oculto.

Siempre he defendido a los policías porque creo que son un sector muy maltratado, porque los tienen mal entrenados y sin muchas garantías. Creo firmemente en la figura del policía de la esquina, ese individuo que protege a la gente, la conoce y forma parte de la vida de los barrios. Ese uniformado que ayuda y da seguridad. Ése que me cuida gracias a que pago impuestos. Por desgracia, los agentes Padilla y Jaramillo se encargaron de ponerme frente a una realidad terrible. Ellos no quieren proteger a nadie; quieren extorsionar, quieren ser esa ventanilla que cobra impuestos para su propia hacienda. El Centro está lleno de bandidos que portan uniforme, tienen permiso de sacar una pistola, tienen la autoridad de detener a una mujer y amenazarla con llevarla a los separos y meterla ahí a pasar la noche. No soy la única que padece este tipo de abusos. La oficina del Jefe de Gobierno está a unos cuantos metros de donde, todos los días, se extorsiona a la gente de bien. ¿Qué nadie le contará lo que pasa justo en sus narices?

No hay quien disfrute del pago de impuestos. A nadie en su sano juicio le gusta pensar en su declaración anual. Sin embargo, de todos los impuestos, los peores son los ocultos. Ésos que la sociedad conoce, tolera y que mayores disgustos le causan. Ésos que en vez de contribuir solidariamente a construir una mejor nación, sabemos que descomponen, atacan y desintegran al tejido social.

Casi nadie habla de los impuestos ocultos, aunque todos los hemos padecido. Tal vez este tema se deje de lado por pudor, por vergüenza o como una falsa defensa de las buenas costumbres. Fingimos demencia y disimulamos. Ésa es la mejor forma de contribuir a que este padecimiento siga sometiendo a la gente de bien. Por eso es mejor empezar a documentarlo, hablar de él para encontrar formas efectivas de erradicar este mal.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

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