El autor habla de cómo nos convencemos a nosotros mismos de que las cosas son como la mayoría de la gente cree que son, aunque esta idea nos lleve a la ruina económica o a una crisis financiera global.

 

El concepto de disonancia cognitiva, en Psicología, hace referencia a la tensión o desarmonía interna del sistema de ideas, creencias, emociones y actitudes que percibe una persona al mantener al mismo tiempo dos pensamientos que están en conflicto, o por un comportamiento que entra en conflicto con sus creencias.

Formulado por primera vez por el psicólogo Leon Festinger, plantea que al producirse esa incongruencia o disonancia de manera muy apreciable, la persona se ve automáticamente motivada para esforzarse en generar ideas y creencias nuevas para reducir la tensión, hasta conseguir que el conjunto de sus ideas y actitudes encajen entre sí, constituyendo una cierta coherencia interna.

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La manera en que se produce la reducción de la disonancia puede tomar distintos caminos o formas. Una muy notable es un cambio de actitud o de ideas ante la realidad.

Por ejemplo: Sé que algo que se está haciendo quizás es bastante irracional, pero pareciera ser una nueva “moda”, la cual cuenta con un montón de expertos que tienen explicaciones inteligentes de por qué es aceptable hacerlo. Todo el mundo lo está haciendo, y si yo sigo siendo fiel a mis principios, me voy a quedar afuera. Mi propia mente se pone a trabajar para yo mismo encontrarme una excusa de cómo poder participar y, al mismo tiempo, sentirme cómodo conmigo mismo. Podría ser que me convenza a mí mismo que sólo lo haré por un periodo de tiempo corto y luego lo dejaré, o puede ser que acepte valorar la opinión de los expertos por sobre la mía.

Cuando tuve la oportunidad de llegar a Nueva York al negocio financiero, todo el mundo alrededor me hablaba de empresas que se habían listado en la bolsa con un concepto que iba a vender cientos de millones de dólares y, por lo tanto, habían sido valoradas acordemente y listadas en la bolsa. Yo, sin mucha experiencia en el mercado de capitales, acepté que el mundo había cambiado, aunque no me había enteramente convencido.

Jóvenes de mi propia edad y con poca experiencia estaban siendo contratados por sueldos sobre un millón de dólares para hacer marketing de un nuevo concepto que iba a revolucionar al mundo. La prensa, los analistas, la gente entera: todo era, como diría Charly García, un “inconsciente colectivo”.

Tiempo después, llegue a vivir a Miami, donde las propiedades valían cada semana más caras y había que comprar porque de otra forma no se iba a poder tener un techo, ya que el inventario se iba a acabar. “Las propiedades nunca bajan de valor”, me decía un experto. Nuevamente en televisión y prensa veía historias de cómo muchachos recién salidos de la escuela ganaban cientos de miles dólares al mes comprando y vendiendo casas (las cuales, en muchos casos, ni se habían construido). Por segunda vez, llegaba a trabajar al negocio de la bolsa. En esta ocasión, transferido por el banco para el cual trabajaba, y me cuestionaba yo mismo si no sería mejor dedicarme a hacer aquello. Todavía no lograba convencerme en esta teoría de “dinero fácil”, tal como en la situación anterior se vendían libros de “como enriquecerse con tal formula”.

Si quieren saber cómo sigue la historia, sólo prendan su televisor, lean un periódico o compren un libro de la nueva economía y busquen en su mente una forma de auto-convencerse mediante la disonancia cognitiva de cómo aceptar esta nueva fórmula infalible de dinero infinito y gratuito.

Yo, mientras tanto, usaré el mismo proceso para auto-convencerme todos los días de que no estoy equivocado. Al final, son todos juegos de nuestra propia mente.

 

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