La industria editorial genera 330 millones de libros al año, pero la mayoría son escolares. La venta de títulos asciende a 10,000 mdp, pero son muchos los obstáculos que enfrenta: una pobre infraestructura, una desbordante piratería y, sobre todo, una miserable cultura de la lectura.

 

Por Jorge Cervantes

 

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Berenice González vive a tres calles de la Biblioteca María Cárdenas Malpica, en Santa Cecilia, Estado de México, y desde hace más de un año es una de las encargadas de este centro promotor de la lectura. Abre a las nueve de la mañana, llena de entusiasmo, porque imagina que recibirá a cientos de visitantes ávidos de devorar libros. Pero esa sensación le dura sólo un instante. A pesar de que cerca hay una secundaria y una primaria, el récord de asistencia es de 20 personas al día. A veces, cuando se programan actividades como la lectura de cuentos infantiles, la cifra llega a 60. Pero no más.

La crisis por la que atraviesa la Biblioteca María Cárdenas Malpica no es extraordi­naria. Su abandono es reflejo del estado que guarda la lectura en México, donde se producen 0.6 libros al año por cada mexicano, advierte José Ignacio Echeverría, presidente de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (Caniem). Por otro lado, la infraestructura pública puede contarse con un ábaco: a nivel nacional hay una librería por cada 15,566 habitantes.

Además, al tiempo que la industria editorial en México produce 330 millones de libros al año, enfrenta otro gran problema: la piratería, que tan sólo en el naciente mundo digital registró 90 millones de descargas ilegales en 2013.

“¿Qué se creen esos piratas y las auto­ridades que los protegen? ¿Acaso piensan que quienes escribimos nos alimentamos del árbol de los billetes?”, pregunta con sorna el escritor Xavier Velasco, quien añade otro punto de quiebre en este complicado pano­rama editorial del pastel que representa la venta de libros: los autores se quedan con 10% del monto total. Acotación: se asoma una luz de esperanza con la publicación de libros online, a través de empresas como Amazon, en que los autores podrían captar hasta 70% de las ventas.

 

¡Viva la revolución!

Mariana tiene 12 años y es una alumna que a pesar de que cursa el quinto grado de primaria, jamás ha leído un libro que no sea de los que están considerados dentro de las obligaciones escolares.

Para Carlos Ramírez, director de Santi­llana Ediciones, esta situación es más que la­mentable en un país como México, que aspira a despuntar entre las economías emergentes. “No es posible tener índices de lectura tan bajos.”

De acuerdo con el Inegi, la inversión que cada familia destina de su gasto a la compra de libros es de 0.19%. ¡Una ridiculez! Sobre facturación total existen dos registros: el de la Caniem, que en 2012 reportó 10,500 millones de pesos (mdp) en ventas, y el del Inegi, que contabilizó 8,500 mdp. Como sea, el balance de lectura es mezquino.

Al respecto, Lorenzo Gómez Morín, presidente de la Fundación Mexicana para el Fomento de la Lectura, enfatiza que la gente no acude a las librerías porque se tiene la idea de que los libros son caros.

Esto, según las fuentes consultadas, sig­nifica que el hábito de leer en México es mo­tivado por obligaciones ligadas a la política educativa, no al simple gusto o a la afición por dejarse desbordar por un buen libro. El tema no es menor, acusan los analistas, tomando en cuenta que la lectura de información general permite acceder al conocimiento más avanzado.

Margarita Saldaña, presidenta de la Comi­sión de Cultura de la Cámara de Diputados, ubica al eslabón que podría cambiar el giro de esta historia: el maestro, que tiene la obliga­ción de fomentar en los niños la lectura y la cultura general. Carlos Ramírez, director de Prisa y Santillana Ediciones, coincide y explica que los malos hábitos hacia los libros no cam­bian porque no hay un rol transformador, y el único capaz de generar esto es el maestro en clase. “Eso sería lo adecuado para tener otro proyecto de país.”

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¡Despertemos la imaginación!

El novelista y alguna vez director de Lite­ratura en Difusión Cultural UNAM, Hernán Lara Zavala, considera que no se trata de leer por leer. “Lo ideal sería que cada quien des­cubra el maravilloso mundo de la literatura.” Hay que revisar muy bien que se dote a los alumnos de libros acordes con sus edades, porque si se obliga a alguien a leer El Quijote en segundo grado de secundaria, se estará perdiendo la posibili­dad de conectar a un probable lector con la literatura, por lo que recomienda ser selecti­vos y disponer de una oferta ad hoc para cada público.

Hay alguien que predica con el ejemplo: Pepe Gordon, responsable del proyecto Imaginantes —que busca fomentar la lectura a través de cápsulas en la TV—, se impuso la encomienda de asombrar a los lectores con la gran creatividad de los autores. Él habla con conocimiento de causa: “Cuando los niños ven las cápsulas buscan los libros por­que descubren algo fascinante, algo que les abre puertas, inteligencia. Ésos son nuestros grandes autores y no la colección de estatuas y biografías que hay que aprender para pasar un examen de historia. Son historias que resuenan con nuestra imaginación.”

Ésta sería una salida a un problema que se intensifica cuando no hay espacio para promover la lectura. Así, hay localidades como Villahermosa, Hermosillo o Ciudad Juárez donde la distribución de libros es limitada, y eso ha permitido que surjan otros canales. “Hay lugares donde vemos que quien vende nuestra producción es Bodega Aurrerá, Walmart y Comercial Mexicana”, dice Carlos Ramírez.

En efecto, de acuerdo con el Informe Esta­dístico de Librerías de Caniem, Tabasco, con más de 2.2 millones de habitantes, tiene seis librerías tradicionales; Tlaxcala, con un millón de habitantes, cuenta con cuatro tradicionales y dos librerías-papelerías; Nayarit, con poco más de un millón de pobladores, suma dos librerías tradicionales.

En este entorno, la Ciudad de México es un oasis para esta industria, ya que cuenta con 191 librerías tradicionales, 114 edito­riales, 19 universitarias y 29 de consumo cultural; en otras palabras, concentra 30% de los puntos de venta de libros que existen en el territorio nacional.

 

Bienvenido, mundo digital

Los bajos niveles de lectura se traducen en bajas ventas de libros, y esto, a su vez, deviene en economías vulnerables de las editoriales que se ven impedidas para tomar riesgos, para apostarle a nuevos autores.

José Ignacio Echeverría, de la Caniem, explica que en el proceso de producir un libro y ponerlo a la venta, las tiendas se llevan generalmente 40% de lo que paga el consumidor, los editores entre 30 y 35% (ellos generalmente asumen el costo de papel, impresión, encuadernación), los distribuidores de 15 a 20%, y finalmente los autores se quedan con un raquítico 10%.

De ahí que también las editoriales hagan su lucha y busquen alternativas para incrementar sus ventas. Un buen ejemplo es la “venta nocturna” que se instituyó en la Feria del Libro de Guadalajara y que se ha convertido en el máximo escaparate de venta de libros. Ahí se ofrecen obras con hasta 50% de descuento, muchas incluso premiadas pero que no lograron colocarse en el mercado.

De vuelta en el tema del reparto de las ganancias, Xavier Velasco, Premio Alfaguara 2003, dice que los autores merecerían más de 10%, y denuncia que muchas veces no reciben nada. “Los escritores deben confiar en que las editoriales vendieron lo que dicen, y con las grandes es posible que así sea, pero con los editores pequeños no. Con ellos, el autor está totalmente desprotegido, a menos que ten­ga un agente, pero esto es imposible cuando no se tienen ingresos.”

Sin embargo, vislumbra vientos de cambio con la venta en línea. El mundo digital, afirma, está abriendo nuevas perspectivas a los escritores a través de firmas como Amazon, que ofertan sus productos directamente en la web, sin generar costos de papel, impresión o distribución del material, lo que les permite recibir una utilidad neta de 70%.

 

¿Y el final feliz?

Lorenzo Gómez Morín advierte que no se ven políticas efectivas de acceso a la cultura escrita; el sistema de fomento de la lectura más equitativo deberían ser las bibliotecas públicas, pero existen muy pocas en el país.

Bajo su administración se abandonó el proyecto de bibliotecas de aula y bibliotecas escolares, que podrían incidir rápidamente en la formación del hábito lector, “y cuya inver­sión no se compara con el dispendio en campañas políticas, anuncios publicitarios o grandes obras que terminan siendo un fraude”.

Lamentablemente, dice el presidente de Funlectura, hasta hoy no ha habido un movimiento que le exija al Estado actuar como el gran igualador de condiciones para la educación a través de la lectura. “Como sociedad debemos demandar que la lectura sea prioridad para el desarrollo de la nación.”

En el ámbito legislativo, Margarita Saldaña presentó ante el Congreso de la Unión una iniciativa con proyecto de decreto por el que se reformaría el Artículo 226 Bis de la Ley del Impuesto sobre la Renta, para otorgar estímulo fiscal a proyectos de inversión en la producción de artes plásticas, danza, obras literarias, música y promoción de películas nacionales.

En un escenario ideal tendrían que buscarse alternativas para reducir el costo de los libros, así como establecer una relación virtuosa entre el Estado para que invierta, al tiempo que la industria editorial produzca más y mejores obras.

El mundo soñado sería multiplicar la producción de libros y reducir su precio. Bajo ese supuesto, Carlos Ramírez admite que la producción en masa sí impactaría en el precio final, porque hasta ahora las editoria­les no pueden salir con tiros de 2,000 o 2,500 unidades y pensar en abaratar un bien que cuesta producir.

Por lo pronto, las bibliotecas públicas son la única posibilidad real de acercar los libros a los ciudadanos. Pero Berenice, la encarga­da de la Biblioteca María Cárdenas Malpica, en el Estado de México, no tiene muchas esperanzas.

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