La calidad de las infraestructuras es un factor esencial de reputación en el caso del turismo y las zonas francas. Específicamente, la red vial es una clave. Las carreteras primarias más importantes del país unen esencialmente a la capital con algunos de los polos turísticos más importantes, así como a centros de producción.

 

Por Eduardo Hernández-Aznar*

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En el caso de República Do­minicana, cuidar los ámbitos en función de aquellas áreas donde desde el punto de vista del inversor es competitiva, puede definir la diferencia entre el éxito o el fracaso en la atracción de capitales que ayuden a generar riqueza. Y las tres principales fuentes para ello en esta segunda década del siglo XXI siguen siendo el turismo, las zonas francas y las remesas.

La calidad de las infraestructuras es un factor esencial de reputación en el caso de los dos primeros motores. Especí­ficamente, la red vial es una clave. En 2012, según datos del Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones, República Dominicana poseía una longitud de 18,075 kilómetros, dividi­dos en 5,403 km en carreteras y 8,672 en caminos vecinales. Los restantes 4,000 km los completaban los llamados cami­nos temporales o trochas. Luego de las últimas inversiones, la cantidad de kilómetros ya ronda los 19,000.

Las carreteras primarias más importantes del país unen esencialmente a la capital con algunos de los polos turísticos más importantes, así como a centros de producción. La autopista Duarte, terminada a fi­nales de los años 90, está dotada de unos 150 km entre Santo Domingo y Santiago, en el corazón del país. Gracias a esa construcción, la dis­tancia se realiza en un tiempo que ronda las dos horas, cuando antes se invertían cerca de cuatro.

El proyecto vial más largo hasta ahora es el desarrollado hacia el este. Comenzó con la construcción de la autopista Las Américas hasta la altura de San Pedro de Macorís, unos 80 kilómetros. Las ampliacio­nes sucesivas que culminaron con la inauguración el pasado año de la carretera Bávaro-Miches y, antes, la autopista del Coral, con las circunvalaciones de San Pedro y de La Romana incluidas, llevaron la longitud del corredor del Este a 280 kilómetros. Gracias a ello, el trayecto entre Santo Domingo y Punta Cana se ha reducido alrede­dor de 50% en tiempo. Más o me­nos la misma reducción se da en el recorrido entre Bávaro y Miches. Y La Romana queda a una hora de la capital —un poco más a Bayahibe—, siendo que antes de contar con esta infraestructura podían emplearse entre una hora con 45 minutos y dos horas.

Merece especial mención la (en ocasiones controverti­da) carretera Juan Pablo II, hacia el nordeste del país a través sus 102 km de extensión. Destino final, Terrenas y Samaná en poco más de dos horas desde la capital, cuando anteriormente había que tomar una ruta de entre cuatro y cinco horas a través de poblaciones del Cibao. En cuanto a la ruta hacia el suroeste, la autopista 6 de Noviembre que une a Santo Domingo con San Cristóbal en un tramo de 21 km, desde el año 2000 acortó el uso de tiempo entre ambos puntos. Las ampliaciones que está sufriendo para continuar el camino hacia el suroeste impli­can las circunvalaciones de Baní y Azua. Asimismo, se están ejecu­tando circunvalaciones en Santo Domingo y Santiago. Alrededor de la capital ya se ha abierto un tramo entre la autopista Duarte y Haina, en el extremo oriental. Se sigue trabajando para completar la parte que unirá dicha autopista con el puerto de Caucedo-Boca Chica, lo que ayudará a reducir los tiempos y costos de movimiento de carga entre las dos principales terminales portuarias del país y la conexión entre el Cibao con el suroeste y el este, así como la ruta directa entre ambos puntos al no tener que cruzar por las calles de Santo Domingo.

Y queda por mencionar la circunvalación norte de Santiago, que hace más eficiente el tránsito entre la autopista Duarte y Nava­rrete, donde se pueden tomar las rutas que conducen a Puerto Plata y a Montecristi y la línea noroeste. Actualmente, está en planes culmi­nar la circunvalación sur, llamada a mejorar aun más la agilidad del tránsito alrededor de la segunda ciudad más poblada del país.

La realidad descrita hasta ahora prueba que República Dominica­na ha sufrido una transformación en su red vial en las últimas dos décadas. Estos avances son tomados en cuenta por organizaciones como el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) a través de su Índice de Competitivi­dad Global, el cual evalúa la infraestructura de cada país y la red vial es uno de los indicadores medidos.

En el Índice 2015, en el caso es­pecífico de las carreteras, la Repú­blica Dominicana ocupa el puesto 53 a nivel global, subiendo desde el puesto 62 que ocupó en las dos últimas ediciones del estudio. En esta medición, aparece solo después de El Salvador y supera al resto de países incluidos en el Tratado de Libre Comercio con Estados Uni­dos (DR-CAFTA).

Estos resultados quieren decir que República Dominicana tiene mejor red vial que la mayoría de sus competidores directos, lo que le ayuda a forjarse una reputación de país con desplazamientos, a priori, más rápidos, más seguros y menos costosos, y eso le llega al inversionista que, por ejemplo, está valorando colocar su capital en el sector turístico o en el de zonas francas, por mencionar dos de los principales motores de la economía nacional. En ambas situaciones, la reputación de la red vial dominica­na sería mejor que la de otros países que tengan peores indicadores. Sería un factor positivo a la hora de valorar dónde hacer la inversión.

En los últimos tres años, el Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones (MOPC) ha inver­tido más de 50,000 millones de pesos de República Dominicana (a un tipo de cambio de 45 pesos de RD por dólar)  para construir 6,500 km de red vial (carreteras y caminos vecinales). Como dijo el ministro de Obras Públicas, Gonzalo Castillo, “cada vez que se construye una carretera, el país ahorra tiempo y petróleo. Ahorrando en petróleo ahorra­mos en divisas y contribuimos al medioambiente, los fletes de los productos bajan y el país se hace más competitivo”.

Pero más allá de construir más y mejores carreteras, los retos para el país también están en los ámbitos del mantenimiento, la reducción de la siniestralidad y el fomento a la libre competencia en el transporte terrestre de carga. Un estudio multifase de rehabilitación y mantenimiento de la infraes­tructura, financiado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), acredita que la red vial dominicana presenta un cuadro de deterioro que de no actuar a tiempo, podría convertirse en un problema, no solo para la administración, sino para la sostenibilidad económica del país.

Por otro lado, de acuerdo con el Informe Situación Mundial de la Se­guridad Vial 2013, publicado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) el pasado año, República Dominicana es el segundo país, de los 182 pertenecientes a las Nacio­nes Unidas, con más muertes por accidentes de tránsito. Tiene una tasa de 41.7 fallecimientos por cada 100,000 habitantes. La isla Niue, en el Pacífico, la supera con 68.3 fallecimientos.

Por último, el sector productivo nacional lleva años quejándose de la falta de libre competencia en el transporte terrestre de carga, lo que encarece las operaciones y resta competitividad. En febrero de este año, Deloitte se refería a la ineficiencia en dicho ámbito tomando como referencia datos del Doing Business del Banco Mun­dial. Cerca de 30% del costo de exportación-importación del país corresponde al transporte terrestre necesario para llevar la mercancía al o desde el puerto.

*Eduardo Hernández-Aznar es director de Cuentas para Llorente & Cuenca en Santo Domingo. 

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Foto: cortesía del Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones.

 

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