Si bien el concepto de Intensa mente no es nada original, la estructura de la cinta cumple con su cometido: ser lo suficientemente sencillo para resultar universal.

 

I don’t need anyone
But a little love
Would make things better
‘Bang’ – Blur

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Vivimos en un mundo artificialmente feliz. ¿Te sientes bajoneado? Tómate dos de éstas y llámame por la mañana. ¿Tu novia de años decidió dejarte? No pienses en ella, un chorrito de esto en tu té nocturno y dormirás como si nunca hubiera sucedido. Acceder a medicamentos para combatir cualquier tipo de disgusto es sencillo, se reparten como si fueran mentas para el aliento. Un mundo feliz (A Brave New World) de Aldous Huxley se queda corto si comparamos sus imaginería con los adelantos químicos de los últimos años. Ésa es la principal razón por la que una cinta como Intensa mente (Inside Out, 2015) sorprende.

Alegría ha intentado mantener contenta a Riley, la niña cuyo centro de operaciones comanda, desde el momento de su nacimiento. Y, al parecer, ha hecho un buen trabajo a pesar de las intervenciones de las otras emociones a su lado: Tristeza, Enojo, Miedo y Desagrado. Juntos intervienen en todas las actividades de Riley, siendo Tristeza la aguafiestas del grupo, siempre haciendo sentir mal a la pequeña. Pero un cambio drástico se avecina, los padres de Riley han decidido dejar Minnesota para iniciar una nueva vida en la soleada y telúrica San Francisco. Una ola de complicaciones se avecina para las emociones, porque en un descuido Alegría y Tristeza son alejadas de la consola central, provocando un cortocircuito en la personalidad de Riley.

Si bien el concepto de Intensa mente no es nada original –Woody Allen en uno de los segmentos de Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo* pero nunca se atrevió a preguntar (Everything You Always Wanted to Know About Sex * But Were Afraid to Ask, 1972), Los Simpsons, entre otros ya habían planteado un escenario similar dentro de nuestros cerebros–, la estructura de la cinta cumple con su cometido: ser lo suficientemente sencillo para resultar universal. No todos nos mudamos a San Francisco y dejamos nuestro equipo de hockey, no obstante pasamos por traumas similares a lo largo de nuestro crecimiento. Un paso que su director, Peter Docter, ya había ejecutado en dos de las producciones más sólidas de Pixar: Monsters Inc. (2001) y Up: una aventura de altura (Up, 2009); aquí en mancuerna con Rolando Del Carmen.

Esa es la sencillez que ha capturado a niños y adultos por igual, la película fue una de las mejor calificadas en el Festival de Cannes aun cuando no estuvo en la Competencia Oficial. Además Docter y Del Carmen se están divirtiendo, se nota, evitando abordar su tópico con seriedad, desde ese estudio de cine donde se crean los sueños –un poco de nostalgia para esas fábricas que crearon Hollywood, hoy día naufragando–, a esas ciudades de nubes o el entrañable Bing Bong, una mezcla de gato, delfín y elefante.

En su centro Inside Out es un retrato sobre el doloroso proceso de crecer, ese necesario aprendizaje que otorgan los años donde aprendemos a desprendernos de cosas, sucesos o personas que pensamos necesarios para nuestra existencia, aunque en el final no lo sean tanto. Nos ayudaron a llegar a ese punto y esa es su importancia. Es la lección que Alegría y Tristeza comprenden, la clave de un crecimiento sano no es reprimir nuestras emociones sino aprender a vivir con ellas. Quizá el abanico emocional se encuentre incompleto, como han apuntado Richard Brody o Alonso Díaz de la Vega, ni quién se acuerde de los celos o la líbido. La intención de los cineastas no es ofrecer una experiencia toda abarcadora sobre la niñez y la entrada a la adolescencia, sino desatar un regreso a esos años que nos marcaron y, en el caso de los niños, mostrarles que el cambio es necesario.

Sentirse triste o nostálgico, está bien, como experimentar enojo, miedo o cualquier cosa contenida dentro de la gama emocional, también. Ninguna está por encima de las demás, al contrario, nuestra humanidad depende de la combinación adecuada.

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