“En el momento en que uno deja de cambiar de opinión, deja de contradecirse, entonces está listo para morirse”, dice Joserra Ruisánchez, cuyo trabajo más reciente no es novela ni ensayo, tampoco poesía… Es algo más.

 

Se llama José Ramón Ruisánchez, pero sus amigos —y, sobre todo, sus lectores— lo conocen, simple y sencillamente, como Joserra. A él no sólo le gusta, le encanta. Y en ese gesto (trivial, anodino, superficial), él, Joserra, es como si se describiera a sí mismo. Porque en persona —platicando con él en este preciso momento— no deja de ser afable, sencillo, liviano.

Sí: a Joserra se le ve feliz. No lo oculta: lo expresa. Primero con palabras: ¡Hola!¿Qué tal? ¿Cómo te va?, exclama apenas me ve llegar. Luego lo hace con gestos: me da un abrazo, como viejos amigos reencontrándose. Y, sí: regreso ese mismo abrazo.

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—Cuánto tiempo, ¿eh? —dice en voz baja, aunque a mí me da la impresión que se expande por todo el lugar… Es mediodía, y en las oficinas de Ediciones Era reina un silencio casi completo, apenas interrumpido por el teclear de computadoras y las voces susurrantes del personal alrededor…

Sí: a Joserra se le ve feliz. Razones no le faltan: desde hace unas semanas ya está en librerías su más reciente trabajo. No es novela ni ensayo, tampoco poesía… Es algo más. Se titula Pozos, y, como escriben los editores en la contraportada, es un libro híbrido: a medio camino entre el ensayo y la crónica, o entre el cuaderno de apuntes y el relato. Constituye un recorrido intelectual a través de las obsesiones surgidas de las lecturas del autor, al mismo tiempo que una profunda exploración de sus recuerdos personales, gustos, algunas angustias persistentes, sus primeros acercamientos al ejercicio de la literatura, su descubrimiento de la belleza.

Afable, sencillo, liviano…

Afable, sencillo, liviano…

Precisamente por ese camino comienzo la charla: ¡Vaya lío en el que ha metido a la gente que le gusta encasillar libros!, le señalo a Joserra, apenas nos sentamos. Y él sólo sonríe. Así que preciso más aún: al libro lo podemos calificar de formas varias: un diario personal, una crónica de vida, un cuaderno de apuntes, incluso una recopilación de entradas para Facebook…

Él vuelve a sonreír. Y se toma un momento para articular lo que va a decir.

—El origen de mi libro —responde Joserra al cabo de unos segundos— está en el nacimiento de otro, que hizo también Ediciones Era, y que se llama Trazos en el espejo. Es un libro muy lindo en el que le piden a 15 escritores, en ese momento todos menores de 40 años, hacer un texto autobiográfico. A mí me invitaron a participar, así que me puse a escribir. Fue ahí, mientras redactaba ese texto, en el que literalmente se me descubre un registro, una manera de escribir que antes no había ejercido. Yo había hecho novelas, algo de ensayo; de hecho, sucedió algo curioso: dejé una novela a la mitad. Es decir, en cuanto entrego “Constelaciones” para Trazos en el espejo, ya no pude seguir con la novela, la puse en pausa. Y ahí sigue…

—¿En serio? ¿Qué pasó?

—No lo sé, simplemente ya no pude continuarla. Pero fue cuando el libro empezó a tomar forma en mi cabeza, y comencé a escribirlo. Por eso no es tanto que haya rebuscado apuntes anteriores y demás… Las partes que publiqué, por ejemplo, en Facebook y en otros lados, ya las estaba escribiendo para el libro… Lo que quiero decir es que no es una recopilación, una incorporación de textos sueltos, sino que está pensado como conjunto, como totalidad… Si le tuviéramos que inventar un género, yo lo llamaría “conversación”. Más que un ensayo estructurado sobre un tema, insistiría en que es una conversación (en el sentido de que uno conversa con amigos: que pasas de un tema a otro, retomas un tema que se había quedado atrás, recuperas ideas que querías expresar en otros encuentros o momentos).

—¿Conversación? ¿Como lo que estamos haciendo en este momento?

—Sí-sí. Exacto. Claro, no necesariamente me refiero a la charla en la cantina o en el café o en casa de alguien, sino conversaciones de meses, incluso de años atrás, que vuelven de pronto… No sé si lo logré…

—Yo pienso que sí.

—Pero, fíjate: armarlo fue toda una historia. O sea, ya teniendo los materiales, yo sabía que el libro estaba terminado; la pregunta era cómo acomodarlo… Requerí literalmente la ayuda de mis amigos y de mi mujer, Tamara Williams. De verdad: ¡casi nos divorciamos!

—Ja-ja. ¿Por qué?

—Sí. Porque le dije: ¿por qué no me regalas de cumpleaños el libro armado? ¡Qué mala idea! ¡Qué mala idea! Casi acabamos separados. Ja-ja. Al final, el libro llegó felizmente a puerto, en esta forma. Eso sí: en algún momento dado pensamos en hacerlo temático, dividir cada una de las nueve partes en temas más duros, pero, al final, decidimos que mejor el libro fuera una conversación… Me gustaría llamar esta obra una conversación que visita el género ensayístico, aunque también hay aquí cuentos y poemas…

—¿Hubo alguna otra razón de peso para que este libro tomara esta forma?

—No… Acaso, que el público lector se involucre… Es decir, el libro tiene espacios en blanco para que el lector se involucre, imagine qué es lo que sigue y reacomode el libro… Vaya, que también le entre a la conversación, como justamente estamos haciéndolo ahora… Ahí está ese espacio en blanco para que tú escribas tu parte, para que me digas ahí: “te equivocas” o “debiste agregar esto y aquello”.

3—Ya que habla de eso… ahora que estoy releyendo nuevamente a Mario Bunge, el filósofo de la ciencia, no dejaba de pensar en su libro —le digo a Joserra, y se pone serio; escucha atento—. Usted cita constantemente a Freud y a Lacan, y él, Mario Bunge, no deja de criticarlos… a la psicología no la baja de seudociencia, y a Lacan lo llama charlacanismo…

Joserra suelta una risita. Se toma unos segundos. Después, dice: “Está muy bien. Yo creo que la polémica es muy importante, y es lo que hace que el conocimiento avance, que la literatura cambie.”

Hace una pausa. Quiero agregar algo, pero me interrumpe:

—Mira, lo que el avance de las neurociencias pueda llegar a probar de cómo es que funciona nuestra psique, está bien. Eso no va a cambiar que, al menos para mí, estos autores son imprescindibles en cuanto a canteras casi inagotables, en términos literarios. O sea, si alguien comprueba que el cerebro funciona de otro modo y que se equivocaron de manera garrafal, no importa. A mí me funcionan como grandes ensayistas, como grandes creadores de formas… Mira, al final, el conocimiento científico son metáforas adecuadas a la realidad, y éstos son grandes creadores de metáforas. Si algún día logramos superar sus metáforas, estaré de acuerdo…

—Va. Le entiendo.

—Ahora bien, algo es cierto de lo que dice Bunge: la prosa de Lacan es de un narcisismo insoportable. Así que lo que traté de hacer en el libro fue quitarle muchas de esas vueltas innecesarias: barroco narcisista, yo lo llamaría. Vamos, dejar momentos muy felices, porque también los tiene. Hay momentos en que escribe muy bien. Creo que, en lo personal, era un tipo pesado; quizá no hubiera sido lindo conocerlo en persona, pero me parece que su aporte, el dedicar una obra, muy vasta, al tema del deseo, me parece fundamental. No hemos acabado de pensar y escribir sobre ello…

—Algo que también me llama la atención es el título. Desde mi punto de vista, me parece que Pozos tiene que ver no sólo con un aspecto geográfico, como lo describe en el libro, sino con una cuestión, digamos, personal, mental. Ahí están términos como la “caverna” o la “cueva”.

—Te agradezco esta lectura muy aguda, porque sí hay mucho de eso. La mente es un pozo, en eso estoy completamente de acuerdo. Pero, además, yo, en mi vida, he sido muy miedoso. Entonces, al mismo tiempo, me fascinaban y me aterraban los pozos… Esto no lo pongo en el libro, pero recuerdo asomarme al tiro de la mina de la Valenciana, en Guanajuato, y sentir una enorme fascinación, y, a la vez, un hondo horror… Y creo que eso es el deber de la literatura: asomarnos a ese abismo, que somos nosotros.

—¡Por supuesto! En un momento dado me dio la impresión que el libro es la historia de un hombre que se busca, que se encuentra…

—¡No! No que se encuentra. ¡Ojalá..! Pongámoslo así: es la historia de los encuentros que tengo, como autor, con quienes me ayudan a decirme. Es decir, el libro está lleno no sólo de Freud y Lacan, también de José Emilio Pacheco o de Jorge Luis Borges, incluso de mi tía, que es dentista, pero de repente tiene cosas que me iluminan. Yo creo que la literatura es una herramienta extraordinaria para, uno: como decía José Emilio Pacheco, ayudarnos a ponernos en el lugar del otro; dos: para poder articular lo que sentimos, intuimos, tenemos, necesitamos. Nos da la herramienta que hace posible acercarnos. Así que no, no creo que sea el encuentro. Lo que sí te puedo decir es que el libro es muy fragmentario… O sea, hay encuentros, hay iluminaciones, pero nunca acabamos… A lo que voy: siempre cambia nuestra circunstancia, siempre nos estamos modificando…

—Digamos que José Ramón Ruisánchez sigue en construcción…

—Ja-ja… ¡O en destrucción..! Pero, sin duda, en cambios. Sin duda, se modifica. A mí me parece que conforme envejecemos, conforme oímos a otras personas, conforme vemos ciertos cuadros, cambiamos… En el momento en que uno deja de cambiar de opinión, deja de contradecirse, entonces está listo para morirse… Al menos, eso es lo que yo creo.


Nota bene: Además de Pozos de José Ramón Ruisánchez, Ediciones Era tiene entre sus novedades Inmaculada tentación de Gonzalo Lizardo; De la infancia de Mario González Suárez, y Cavernas de Luis Jorge Boone. Asimismo, ya está en circulación Estado de guerra de Carlos Illades y Teresa Santiago; este último, un libro indispensable: examina la violencia que ha vivido México en los últimos años.


 

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