Si Galileo (1564-1642), padre de la física y la ciencia moderna, despertara hoy en un quirófano, no podría entender dónde se encuentra. Pero si lo hiciera en una universidad, no tendría dudas. Es difícil pensar, entonces, que desde ese ambiente universitario surjan jóvenes como los del título de este post.

En el hemisferio sur, el 29 de febrero comenzaron las clases. Es conocido el rezago relativo que tiene toda América Latina con relación a los países desarrollados en cuanto a los indicadores de educación. Uruguay no es una excepción. De hecho, el país que fue denominado la “Suiza de América” por sus indicadores de avance social (el avance en educación era un diferenciador), hoy recibe comentarios no tan destacados de organismos internacionales.

Un informe de la OCDE destaca que “la desigualdad en el acceso a educación de calidad es el más importante desafío para las autoridades uruguayas, especialmente en lo que hace a la escuela secundaria, donde se registran altos niveles de deserción y repetición”. Existe, además, una “fuerte correlación en el rendimiento de los estudiantes con su nivel socioeconómico”, añade el texto.

Sin embargo, estos malos indicadores, compartidos por la mayoría de los países de América Latina, no han imposibilitado para que Uruguay sea un país pionero en implementar el programa Una Computadora por Niño (One Laptop per Child, OLPC).

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El plan que ha hecho esto posible se denomina Plan Ceibal. Esto les ha permitido a muchos niños de educación primaria (de 6 a 12 años) acceder a la tecnología, reduciendo así la brecha digital.

La adopción rápida de la tecnología le permitió a dos adolescentes de 14 y 16 años continuar la racha ganadora que destaca a los estudiantes uruguayos en la competencia de programación internacional organizada por Google. Google Code-in invita a jóvenes estudiantes de entre 13 y 17 años a escribir código, crear y editar documentos, corregir errores, diseño de interfaz de usuario, entre otras tareas relacionadas con el desarrollo de software.

Vicente Bermúdez, alumno del liceo público número 18, programa desde los 11 años; en ese entonces usaba la ceibalita del hermano. “Mi interés empezó cuando quería hacer un juego de un personaje que matara bichos. Busqué en Google cómo hacer uno y decían que tenía que aprender Java y aprendí”, relató.

Hasta ahora, no ha asistido a ningún curso, pero maneja HTML, JavaScript, Ionic y Git. “Nunca aprendí tanto en tan poco tiempo”, añadió. “Mi familia está feliz. Durante el concurso me quedaba trabajando hasta las 2 de la mañana y me decían: ‘no podés estar todo el día con eso’, y me rezongaban”, se rió.

La historia de Ezequiel Pereira, alumno de 2º año de bachillerato en informática en UTU (escuela secundaria técnica), es similar. En el último año de primaria aprendió las bases de la programación en Python y, al igual que Vicente, su primera computadora fue una ceibalita. Lo primero que hizo fueron unos videojuegos “simples”.

Queda claro que estos dos jóvenes, como varios de los niños que están estudiando con base en el uso de tecnología, son autodidactas, globales y competitivos. Tres características que la educación formal no les ha dado.

Su interés y motivación los han llevado a aprender cosas nuevas, muchas veces no impartidas en cursos formales de educación, muchas veces fuera del horario escolar; de hecho, las más veces durante las vacaciones.

Esto va de la mano con las grandes tendencias a nivel de acceso al talento que están desarrollando las empresas tecnológicas más innovadoras. Por ejemplo, el caso de Google: su vicepresidente de Recursos Humanos, Laszlo Bock, afirma que “los antecedentes académicos no sirven para nada”, y que “las puntuaciones de los candidatos en los test son inútiles como criterio de contratación”.

Laszlo Bock afirma que “existe una desconexión entre lo que se enseña en la universidad y el trabajo que se realiza en la compañía”. Y amplía: “La gente que tiene éxito en la universidad es un tipo de gente específicamente entrenada para tener éxito en ese ambiente. Una de mis frustraciones cuando estaba en la universidad es que sabía que el profesor estaba buscando una respuesta específica.”

En 2013, Nikos Adam fue contratado por Google con tan sólo 12 años (nunca había recibido clases formales de programación). La búsqueda de Google –como otras– se centra en personas que se sientan cómodas con grandes dosis de caos, innovación y cambio en su trabajo. Que sean autodidactas, globales y competitivos, en lo que se están convirtiendo los pequeños “programadores uruguayos”.

En definitiva, aunque el sistema de educación formal no funcione, y muchas veces a pesar de él, los jóvenes a través del mundo digital, de seguir sus instintos, sus intereses y sus sueños, se están convirtiendo en personas que serán reconocidas como talentos por las empresas más valiosas del mundo. Entonces, ahora que comienzan las clases, ¿les mandamos a nuestros hijos apagar las tablets, consolas de videojuegos y computadoras?

 

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