Mercedes Sosa, Violeta Parra, Chabuca Granda o Celina González son algunas de las voces femeninas latinoamericanas que se vienen a la mente, si de tradición vocal de la región hablamos. Cuando el primer disco de Juana Molina apareció en el mapa, una de las cartas fuertes en torno a una nueva cantante latinoamericana había sido tirada, pero pocos vieron los dotes artísticos de Molina con claridad.

Sin embargo, pese al folk y el armado de piezas emotivas y memorables, el corpus sonoro de la argentina no iba incluida dentro de toda la oleada de artistas exitosos, en términos comerciales de la época: Aterciopelados, Babasónicos, Los Tres, Café Tacvba, Julieta Venegas o Ely Guerra. Lo de Molina iba a paso sosegado pero firme, en otra dirección, quizás uno más profundo.

Figura intermitente de su país, Molina ha tenido momentos notables, unos más rockeros otros más introspectivos, pero siempre con una depuración de la experimentación composicional y vocal, en donde la electrónica, la exploración íntima del ser y la elaboración de atmósferas de embrujo han sido una excepcional constante.

Una mujer con fuerza, artista total; Molina tiene el dote histriónico que enriquece su desempeño arriba del escenario, gracias en buena medida a su trabajo como actriz en los ochenta y sus constantes apariciones en la televisión de su país, mismo que de alguna manera influyó en la recepción un tanto tibia y hasta negativa de su música durante un buen tiempo.

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Tras 21 años de carrera discográfica, en donde los bandazos de estilo y la exploración en pos de una voz genuina no ha cesado en ningún momento, Molina vuelve con el que quizás sea su disco más sólido y contundente a la fecha.

Séptimo álbum de estudio y con un trabajo de estudio excepcional, Halo es un disco que supura genio creativo a raudales. Un disco oscuro, esotérico incluso, en donde Juana Molina expone su búsqueda y ánimos por enfrentar miedos, indecisiones y embates propios de la vida humana contemporánea.

Molina parece haber cerrado las costuras sueltas de sus discos anteriores (Rara del 96, Tres Cosas de 2002 y Son de 2006 quizás los más notables), y se enfrenta a la confección de un disco compuesto por 12 temas, en donde el amor, la muerte, la brujería y la oscuridad son ingredientes perfectos para levantar capas sonoras en pos de un disco excepcional, el cual va revelando sus secretos de a poco.

En diversas entrevistas recientes en torno a lo más reciente de su carrera, Molina se ha mostrado como una mujer que va ganando sus batallas internas con sutileza y firmeza, con una convicción y exigencia en donde, como ella dice, “lo mejor es enemigo de lo bueno.  Pero por lo menos tiene que llegar al nivel de bueno”. La autora de Un Día (2008) y Wed 21 (2013), se dice siempre dudosa en cuanto a su música, pero lo suficientemente paciente como para lograr discos entrañables.

Y Halo vaya que lo es; un disco sorprendente con una narrativa clara y congruente en su concepción estilística y letrística, aunque, por fortuna, las canciones no se encuentran limitadas por su linealidad sino más bien por sus humores, atmósferas e hipnotismo.

Basta con escuchar la abridora “Paraguaya”, en donde Molina, quien muta a gusto pero con cadencia y sensualidad inteligente, canta “lo devora una pasión. Pero pronto yo, ni lo miro

Está embrujado y yo ya no, lo valoro”, encarnando una historia de embrujo y hechizo de cara al desencanto. Pieza que sirve además como un vertedero de brea pesada y autoimpuesta, para ir revelando sus destellos de luz si el escucha es atento, como en la bellísima y onírica “Cálculos y oráculos”, que dice “soñé que yo, soñé que vos, soñé que hablábamos, decías que al bosque no, decías que mejor no cruzáramos solos”.

“Ojos que ven con ojos de gato y ven con acierto lo que otros no”, continúa Molina, como quien sabe pero veda de forma introspectiva la sensibilidad exclusiva para captar ángulos del alma humana como pocos.

Cuando pensamos en voces latinoamericanas que han trastocado la tradición musical de forma afortunada, se viene a la mente Juana Molina, una artista que si bien ha caminado a la sombra de las giras mastodónticas y la sobreexposición mediática, ha sabido consolidar en cambio una carrera en donde las canciones profundas y agradables al cuerpo, espíritu, mente y corazón humano han sido un norte por demás notable.

Habrá que ver qué pasa con Halo, en donde un entorno saturado, polimorfo e inmediato marca las tendencias, su vértigo y efímero foco de atención. Sin embargo, me atrevería a decir que este último disco de Juana Molina no sólo es el mejor en toda su carrera, sino uno de los grandes trabajos discográficos de, fácil, los últimos diez años. Grande, Juana. Esperemos verla pronto en vivo.

 

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