“Ahorita me paga, no se preocupe”, dice un vendedor a su cliente, mientras empuja un carrito de supermercado (repleto de refrescos, limones, hielos y una que otra cerveza) hacia el otro lado de avenida Circunvalación, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Pero ¡qué más da si ya no le paga!, pues un hombre que porta un radio comunicador le dice que “ya vienen”.

Minutos después llegan los policías y con sus teléfonos inteligentes graban las anomalías que ocurren en la calle. Lo curioso es que siempre detienen a algún vendedor establecido que puso un stand o un pequeño módulo afuera de su establecimiento, o a un incauto que tuvo ‘la brillante idea’ de ir a ver si podía vender algo (un peluche, una guitarrita, qué sé yo) para sacar lo del día.

Tan pronto como los oficiales se van, el muchacho de las aguas, y todos los demás vendedores ambulantes, regresan a sus posiciones, para volver a jugar este gran juego de engañarse, una y otra vez, durante todo el día. Y digo gran porque representa ganancias millonarias para todos los que lo juegan, hecho que hace sumamente difícil acabar con él.

Por ejemplo, el año pasado la Cámara de Comercio, Servicios y Turismo de la Ciudad de México (Canaco-Servytur) denunció que 40% de las ventas del comercio de la capital en 2014 tuvo lugar en la informalidad (285,543 mdp), y que detrás de este negocio hay piratería, falsificación y contrabando.

Además, los últimos datos del Sistema de Comercio en Vía Pública (Siscivip) de la Ciudad de México indican que hasta febrero de 2015 había 105,304 comerciantes informales en las calles, de los cuales 68,534 son independientes y el resto pertenece a organizaciones. La mayoría está en las delegaciones Iztapalapa (18,279), Gustavo A. Madero (17,112) y Cuauhtémoc (17,071). Sin embargo, las cifras no son del todo confiables, pues simplemente Ricardo Monreal, delegado de Cuauhtémoc, calcula que en su demarcación hay 68,000 vendedores ambulantes.

Los números van de la mano de la rentabilidad, tanto para quien trabaja como ambulante como para los gobiernos locales y la policía. Hagamos cuentas de cuánto dinero se mueve, si tomamos en cuenta que hay quien paga cuotas de 705 pesos al mes, como indica el estudio ‘La economía informal en el Distrito Federal’, presentado por la Confederación Patronal de la República Mexicana Ciudad de México (Coparmex CDMX), en agosto de 2015.

En cifras conservadoras, supongamos que los 105,304 vendedores registrados por el Siscivip pagaran solamente la mitad de los 705 pesos para poder trabajar, entonces estaríamos hablando de 37 millones de pesos en cuotas, más las ganancias que hay para los vendedores, sus empleados –cuando los tienen–, los proveedores, los fabricantes –incluidos los de discos piratas–, etcétera. E insisto, en cifras muy, pero muy conservadoras.

A menudo escuchamos hablar a los funcionarios de la capital que van a reordenar el comercio informal, pero difícilmente va a ocurrir, porque tenemos una ecuación complicada: bajos salarios; falta de fuentes de empleo; pocas iniciativas gubernamentales que realmente impulsen el empleo; mafias de distribuidores, y un gran botín para los funcionarios, quienes supuestamente son los encargados de cambiar las cosas.

Basta con leer un poco más del estudio de la Coparmex CDMX, el cual indica que 52% de las cuotas llegan a manos de los líderes, 24% a los delegados, 17% a los funcionarios locales y 6% a la tesorería. Con un negocio de 50-50 para líderes y funcionarios, cómo no van a seguir jugando al juego de engañarse.

 

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