TEFAF Maastricht ha establecido estándares, ha iluminado el camino y ha liderado las estadísticas del éxito que el resto de ferias han tenido como referencia.

 

TEFAF Maastricht celebró su 28 edición del 13 al 22 de marzo. Desde sus modestos inicios en 1975 como The Picture Fine Art Fair, hasta su posición actual como la feria de arte más prestigiosa del mundo, TEFAF Maastricht ha establecido estándares, ha iluminado el camino y ha liderado las estadísticas del éxito que el resto de ferias han tenido como referencia. TEFAF es, en gran medida, un asunto de densidad de arte por metro cuadrado que te deja sentir el actual estado del mercado como si fuera un aroma que percibes al recorrer la feria.

Por eso, con independencia de lo concreto, hay una forma de pasear la feria como paisaje, algo similar a pasear el bosque y sentir su estado de mayor o menor sequedad o de fronda. Maastricht 2015 olía intensamente a un renovado optimismo. Percibir la feria no puede ser sólo un acto inteligente; casi diría que al contrario, tiene que ser, sobre todo, un acto de instinto, de sensaciones. Por eso hay que hacer, claro, un ejercicio de rutas –hay ciertas cosas que hay que ver–, pero se ha de llevar a cabo sin quitar protagonismo al necesario deambular. Y este año ese deambular te lleva sí o sí, a Botticelli… Y, de pronto, ahí está, en el espacio de la Gallería Moretti, “The Madonna and de Child with goldfinch” –La Virgen y el Niño con el Jilguero.

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Heinrich Campendonk 1889-1957. Galería Alon Zakaim (Foto: vía Carmen Reviriego).

Heinrich Campendonk 1889-1957. Galería Alon Zakaim (Foto: vía Carmen Reviriego).

Cuando la escritora estadounidense Donna Tartt publicó el año pasado “El Jilguero” después de 10 años de silencio, no pude evitar precipitarme por las más de 800 páginas del libro que a los 12 meses obtendría el Pulitzer. La trama habla de un atentado terrorista en el MET de Nueva York, en el que el protagonista pierde a su madre. Su mirada se había posado, por última vez, en un su cuadro preferido que estaba de visita en una exposición; era “El Jilguero” de Carel Fabritius, pupilo de Rembrandt y maestro de Vermeer –sí, existió un pintor en ese lugar casi imposible de imaginar en la historia del arte–. La trama describe a un adolescente perdido que vive con el secreto del cuadro robado en un mundo hostil. Y aquí estoy yo, frente a uno de esos “jilgueros” que pintaron Rafael, De Bartolo –casi como un cisne–, Leonardo, Tiépolo, Bellini… El que contemplo es la versión de Botticelli. Una versión muy deseable, porque está a la venta. Está en el mercado. Miro la pintura, y de pronto todo se esfuma a mi alrededor y estamos a solas la obra y yo. Y, como casi siempre frente a una obra maestra, pasaron cosas que no esperaba. Sí preveía, claro, la emoción que produce esta Virgen bajo el arco del marco en la parte superior que Botticelli opone con genialidad a su repetición inversa, ya en el lienzo, en una arquitectura que deja el óvalo del rostro de la Virgen como una diana perfecta para la mirada. Hay tanta armonía, que parece que en TEFAF se hubiera hecho el silencio. Es sólo un instante. Luego lo veo todo, la textura gruesa del pan de oro del marco, la pincelada plana… Y es en ese momento cuando, de pronto, me encuentro con una mirada que me interroga. El Niño, que sostiene en su mano el jilguero, me mira directamente. Me interroga, casi me desafía “¿te das cuenta?”, ésa es la pregunta. Esa mirada no está presente en otras versiones, como la de Rafael.

Marino Marini “Cavaliere” 1952. Galería Landau (Foto: vía Carmen Reviriego).

Marino Marini “Cavaliere” 1952. Galería Landau (Foto: vía Carmen Reviriego).

Comprar en TEFAF da confianza. A ello contribuyen decisivamente 29 comités especiales de investigación. Y por eso, en TEFAF 2015 están presentes 260 de los más prestigiosos marchantes de 17 países que se reparten entre las seis secciones de la feria: Pintura, Arte Moderno, Papel, Alta Joyería y Arte Clásico.

Botticelli, “Madona and Child with a Goldfinch” Galeria Moretti.

Botticelli, “Madona and Child with a goldfinch”, Galería Moretti.

Cruzo la calle de la sección de Pintura a la de Arte Moderno, y me doy cuenta de que apenas 250 metros separan al Botticelli –que dirigía mi mirada hacia la Virgen pero me interrogaba desde la mirada frontal del pequeño Niño–, a un espectacular autorretrato en rosa chicle de Andy Warhol que también me mira a los ojos. Me parece uno de sus autorretratos más bellos. Del Botticelli, la galerista me recordaba que había estado en el MET más de 70 años –el mismo MET del jilguero de la Tartt, pasión y la resurrección, rojo y oro–; del Warhol, el galerista me habla de un incremento de precio para retratos de la serie de un millón anual. 27 años y Warhol sigue siendo el rey de la fiesta, el gran director de escena, el que representó mejor que nadie la sociedad de su época. La obra me hace sentirme violentada, observada por unos ojos gélidos e impenetrables que penetran sin permiso. Siempre he mirado buscando, y no encuentro nada en esa mirada, más allá del frío y la distancia. No logro abstraerme porque esta persona con los pelos de peluca, me incomoda, me agrede. ¿Se sentirían sus retratados, a los que convertía en series de sí mismo como ahora me siento yo? “¿Te das cuenta?”, es la pregunta. En su presencia corremos el peligro de ser sólo cosas, latas de sopa, Coca-Colas… productos de una sociedad de consumo consumidos. Del Warhol tengo la convicción de que lo volveré a ver quizá dentro de dos años, en una gran subasta o en otra feria, cuando quizás hayan “transcurrido” 2 M más de euros. Del Botticelli me despedí sabiendo que posiblemente nunca nos volveremos a encontrar. La diferencia que hay entre el artista y el embaucador, entre lo que es y lo que permanecerá siempre, es sólo la de que permita una conversación íntima que se dé –más allá de tiempo y espacio, lo llaman arte inmortal– entre el creador y el espectador. Esa conversación, que a veces comienza con una mirada escrutadora, como me ha ocurrido a mí con estas dos maravillosas obras, una conversación en un lenguaje en el que sólo saben hablar las obras maestras, en el lenguaje del alma, que es el lenguaje de la supervivencia, el mismo en el que hablaba el hombre de hace 500 años, el de hoy, y el de dentro de mil años. El lenguaje de la posteridad.

 

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