Aunque México tiene muchas necesidades en términos de infraestructura social, redes, comunicaciones y servicios de salud, la inversión pública hoy es menos de 20% de la inversión total.

 

Antes de profundizar en la importancia que tiene la inversión pública en específico, vale la pena abordar brevemente cuál es su rol en la economía de un país.

La inversión es uno de los componentes principales de la demanda agregada, y a su vez es uno de los factores que impactan más en la oferta agregada. La razón es simple: el gasto de inversión empuja la demanda de algunos bienes y servicios, y a su vez genera capacidades para la producción (el lado de la oferta).

Partiendo de las identidades básicas macroeconómicas, la inversión es financiada por el ahorro, sea éste nacional o sea ahorro extranjero, por lo que en los modelos de crecimiento y en la tradición desarrollista se considera al ahorro como el precursor de la inversión (acumulación en el stock de capital) que ha de impulsar a largo plazo el crecimiento.

El truco está en el crecimiento de la Productividad Total de los Factores (PTF), de la cual ya se discutió un poco en este mismo espacio,. Este progreso técnico o mejoras en la productividad son producto de la acumulación de capital humano, es decir, capacidades, conocimientos, habilidades por parte de la fuerza laboral y capital físico (maquinaria, equipo, tecnología, etc.). En pocas palabras, es fácil darse cuenta de las múltiples formas en que la inversión tiene impacto en el crecimiento de una economía.

 

El rol central de la inversión pública

Teniendo claro que la inversión es crítica para el crecimiento de la economía podemos dirigirnos a un aspecto crítico de la economía mexicana: el rol de la inversión pública.

Para muchos parecerá indistinto cuál es origen de la inversión mientras ésta se realice: si es pública o privada parecería no ser una distinción menor; sin embargo, esta distinción es muy importante. La inversión pública es diferente de la inversión pública en una serie de factores que tienen efectos a lo ancho de toda la economía y, más importante, de la sociedad.

La distinción principal es que la inversión pública tiene alta rentabilidad social. ¿Por qué? Porque tradicionalmente la inversión pública se concentra en el desarrollo de infraestructura que impacta de manera transversal a la sociedad, en bienes y servicios públicos, en cosas críticas como la salud, la educación, las comunicaciones, la generación de electricidad, por decir unas cuantas.

Esta rentabilidad social de la inversión hace que la gran mayoría de la sociedad se vea beneficiada por la inversión, y que, por lo tanto, mejore sus niveles de capital humano (salud, educación), mejore la productividad tanto de las personas como de las actividades económicas que suceden a su alrededor (vías de comunicación más rápidas, energía, etc.), y dota al país de activos, de capital físico que permite el desarrollo de regiones y de la expansión de sectores de la economía.

Esto no implica que la inversión privada no sea útil o no pueda contribuir de muchas formas al crecimiento y a la sociedad; sin embargo, la inversión privada es menos transversal, no se concentra en el desarrollo de infraestructura y sus efectos suelen ser muy localizados dentro de la industria en cuestión. Si bien existen los efectos del derramamiento de esta inversión (spillovers), éstos son pequeños en comparación.

La inversión pública tiene otra ventaja: es una guía para el mercado. La inversión pública identifica oportunidades de inversión que de otra forma no serían tomadas, por ejemplo, en ciencia básica, promoción de sectores de alta tecnología, etc. Este rol de la inversión pública como picaporte para la inversión privada requiere de una bien ajustada política industrial.

 

El estado de la inversión pública en México

Habiendo aclarado los puntos anteriores, ¿qué ha pasado con la inversión en México?, y en particular, ¿qué ha pasado con la inversión pública?

México, como todos los países que decidieron tomar políticas activas de desarrollo económico, rápidamente comenzó a desarrollar su base industrial canalizando fuertes sumas de inversión pública. Desde finales de la década de los treinta hasta principios de los ochenta, la inversión pública en México siguió una trayectoria de crecimiento gradual promedio de 40% de toda la inversión en la economía. Justo en ese periodo el país experimentó el famoso milagro mexicano, el desarrollo estabilizador y la mayor construcción de infraestructura con impacto social de nuestra historia. Pasados esos poco más de cuarenta años, en el periodo que comprende de la década de los ochenta a la fecha, la inversión pública comenzó un gradual pero constante retroceso.

Hoy en día la inversión pública es menos de 20% de la inversión total, en un cambio que ha venido de la mano del cambio en la conducción de la política económica durante los últimos treinta años. Durante estos años hemos visto una política económica sin rumbo, descansando en la apertura comercial, sin hacer política industrial activa, sin estimular el desarrollo regional y la generación de valor agregado en la producción.

Este cambio en la política económica y en los resultados de la misma, un crecimiento promedio de apenas 2.6% anual, tiene una fuerte correlación con los bajos niveles de inversión pública.

Fuente: Elaboración propia, con datos de series históricas de INEGI.

Fuente: Elaboración propia, con datos de series históricas de INEGI.

Al observar la evolución de la inversión tanto pública como privada desde 1940 podemos ver con claridad las dos etapas mencionadas con anterioridad.

La inversión total como porcentaje del PIB ha sido cercana a 20% por la mayor parte del periodo. El cambio ha sido una sustitución de inversión pública por inversión privada, particularmente tras las crisis de deuda de los años ochenta y el auge de las privatizaciones al comienzo de la década de los noventa. Sin embargo, a pesar de mantener niveles de inversión totales más o menos estables, el crecimiento de la economía se ha estancado.

Una hipótesis, como ya se esbozó desde el inicio, es que la inversión pública tiene una mayor rentabilidad social y, por lo tanto, tiene más impacto en términos de productividad y acumulación de capacidades que terminan por contribuir al crecimiento. Otra hipótesis es que conforme los países se desarrollan y llegan a cierto nivel de industrialización, requieren más inversión para sostener niveles de crecimiento superiores, particularmente si aceptamos el rol que tiene el Estado y la inversión pública en servir como guía para la inversión privada creando o expandiendo mercados existentes.

En cualquiera de los dos casos, la conclusión es que México requiere más inversión pública, no menos, y que ésta es vital para lograr un mayor bienestar en la población. México tiene muchas necesidades en términos de infraestructura social, redes, comunicaciones y servicios de salud, por mencionar algunos.

A pesar de eso seguimos en esta tendencia de menor inversión pública. En 2015, la inversión pública, medida como inversión bruta fija, está casi en los mismos niveles con respecto al PIB que en la década los cuarenta, y de acuerdo con el Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación, para 2016 la inversión pública sufrirá un recorte de 20%. Como resultado, en 2016 México tendría niveles de inversión pública no vistos desde la década de los treinta e incluso podría ser próximos a los de los años veinte.

Esta situación es especialmente preocupante porque sin una mayor inversión total y pública resulta complicado vislumbrar un escenario de mayor crecimiento para la economía. La única forma de hacer crecer el PIB potencial es invirtiendo en mejorar las capacidades de la economía, y la forma de hacerla crecer es cerrar la brecha entre el crecimiento potencial y el actual. Tristemente, México ha dejado de hacer la tarea de acrecentar estas capacidades y, como consecuencia, la economía está creciendo menos.

 

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