Salir a rodar fuera de la ciudad ofrece paisajes hermosos y una experiencia reconfortante. Hay que hacerlo con precaución y absoluta concentración.

 

 

La advertencia fue contundente: “La bajada invita a dejarse ir, a tomar velocidad, pero tengan precaución, también suben autos y algunas curvas son cerradas”. Dicho lo cual, emprendimos el descenso en las bicis. Un compañero de rodada se cayó y por un largo rato no supo qué le pasó.

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La historia comenzó cuando un grupo de periodistas, que nos gusta rodar (mi sarcástico compañero de blog –Camarón Vaquero– nos llamó “lonjitas rodantes”), decidimos volver a recorrer el camino desde Six Flags (en el DF) hasta Tepoztlán, Morelos. Son exactamente 60 kilómetros, vía la ciclopista rural de Tlalpan, un camino que se hizo sobre las vías del tren México-Cuernavaca hace 10 años exactamente. En esta liga encontrarán la ruta completa

La ruta en su primera etapa es fácil de transitar, pero exige esfuerzo: es una pendiente de 20 km para subir a la altura de Tres Marías. Sin embargo, todo el camino está recubierto de cemento, con un carril de ida y vuelta (si bajas por ese camino llegas hasta Chapultepec, con un par de interrupciones, donde pobladores de diversas colonias se opusieron a la ciclopista y no permitieron su trazado).

En este tramo, lo que fueron las antiguas estaciones del tren las reconvirtieron en casetas donde hay un mecánico de bicis, una tiendita, baños ecológicos y, en algunas paradas, hay aparatos para hacer ejercicio.

La segunda etapa de la ruta hacia Tepoztlán, Morelos, es de bajada plena, pero el camino no está encementado. Está empedrado y exige fuerza en los brazos y destreza para no derrapar entre las piedras. Hay tramos de túneles verdes (el camino está rodeado de árboles y vegetación muy verde), de caseríos pobres, perros de pueblo, una estación del ferrocarril abandonada y una vista espectacular de la “pera”. De telón de fondo, se ve el majestuoso y ocre Tepozteco.

La administración de Morelos de hace una década se comprometió a continuar la ciclopista para llevarla a Tepoztlán, pero a última hora incumplieron y quedó inconcluso el tramo entero en el estado.

Una vez que concluye el camino empedrado estás en la parte alta entre Tepoztlán y San Juan Tlacatenco. La vez anterior que hicimos la ruta me dejé llevar por la velocidad, por la adrenalina de sentir el viento en la cara y, sobre todo, por esa sensación de estar solo en una carretera bien asfaltada que te deja bajar a 60 km/h.

Un compañero que iba delante de mi perdió el control de la bici y fue a parar a la cuneta del carril opuesto al que circulábamos. Fue muy aparatosa la caída, y si bien el ciclista se levantó pronto y dijo no tener nada, al poco rato sintió dolores en la cadera y luego supo que se había fisurado el coxis.

Por ello, antes de bajar esa pendiente, a nuestros acompañantes les advertimos que tuvieran absoluta precaución. Y sí la tuvieron, pero probablemente falló la pericia. Cuando encontramos al ciclista accidentado tenía la cara raspada, la nariz cortada y la mirada perdida. Se desorientó y por un largo rato no supo cómo o qué lo tiró: si la curva, la velocidad o una rama.

Yo seguí mi travesía a Amatlán, apenas unos 6 o 7 km más adelante. Me quedé pensando que ese día, por un acto de distracción extrema y excitación adolescente, olvidé mi casco, guantes y protector solar. Quizá por eso rodé con mayor cuidado todo el trayecto, pero fui triplemente cuidadoso en la bajada peligrosa.

 

 

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