Combate a la delincuencia, inclusión financiera, educación y hasta la posibilidad de hacer frente a los fenómenos naturales con anticipación son algunas de las bondades que hoy en día ofrece el avance de las tecnologías de telecomunicación, de las que, por supuesto, Centroamérica no está exenta.

 

Por Manuel Grajales

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Para 25 millones de personas que habitan en el corazón de la selva amazónica en Brasil era mejor no enfermarse, pues en ello podría írseles la vida al tener que viajar entre cuatro y cinco horas para llegar a la clínica más cercana.

Llevarles servicios médicos a estas poblaciones se convirtió en un reto para el gobierno de ese país que, en conjunto con la firma de origen sueco Ericsson, echaron a andar hace un lustro un programa de telemedicina, que consistió en habilitar decenas de embarcaciones en hospitales flotantes.

Estos barcos recorren las acaudaladas aguas del Amazonas para visitar aldeas de entre 40 y 1,000 habitantes y brindarles servicios de diagnóstico y emergencias médicas. La principal característica de las clínicas móviles es que están equipadas con acceso a banda ancha, con lo cual el cuerpo médico puede solicitar servicios de traslado implementados en Centroamérica, en donde se cuenta con una gran cantidad de comunidades rurales que se verían beneficiadas con este tipo de proyectos.

Para ello se requiere un mayor despliegue de banda ancha fija y móvil que permita acercar estos servicios a las personas que habitan dichas regiones. Además se obtienen beneficios no sólo para la población, sino también para los gobiernos y las compañías en los países del Istmo, al ser un facilitador para impulsar nuevas industrias como, por ejemplo, el outsourcing, el comercio electrónico o habilitar servicios de pago electrónico.

“Algunos estudios demuestran que por cada 10% de crecimiento en penetración de la banda ancha, el Producto Interno Bruto (PIB) crece 1.25% en países desarrollados. En Latinoamérica el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ha calculado que este crecimiento es aún mayor: 3.2%”, resalta Juan Pablo Blanco, líder regional de Alcatel- Lucent para Centroamérica y el Caribe, firma especialista en ultra banda ancha.

Por esta razón, “la tecnología es muy importante para los países de la región y los operadores tienen que prepararse, porque quienes tengan mejor desempeño de red obtendrán mayores beneficios, al obtener más ingresos”, agrega José Villalobos, engagement manager de la Práctica Mobile Broadband para la región de América Latina Ericsson.

Los pronósticos para la región no son malos. Algunos expertos estiman que en un par de años el promedio de adopción de banda ancha en el istmo podría estar al mismo nivel que el resto de América Latina, impulsado principalmente por el crecimiento en las ventas de equipos móviles. Países como Costa Rica tienen una tasa de penetración de conexiones de telefonía celular de 157%, siendo la más alta de todo el hemisferio latinoamericano, de acuerdo con datos de GSMA.

Un reporte de 4G Americas (con datos de Signal Telecom Consulting) resalta que en 2014 el 15% de las líneas móviles tenía acceso a banda ancha en Centroamérica. Para 2019 se espera que haya 58 millones de líneas móviles en la región, 31% de ellas estarán conectadas a la banda ancha inalámbrica.

Sin embargo, para incrementar las velocidades de conexión se requiere adoptar nuevas tecnologías como LTE (Long Term Evolution), puesto que el tráfico de datos se está incrementando de manera exponencial en todo el mundo; América Central no es la excepción y se necesitan tecnologías que soporten la carga que esto representa.

“El tráfico de las redes móviles crecerá en un promedio de siete veces de 2014 a 2020, impulsado principalmente por la venta de smartphones y el consumo de video”, asegura el representante de Ericsson.

Si bien algunos operadores en la región ya lanzaron oficialmente LTE, existen dos países que donde todavía no despliegan redes de este tipo. En Costa Rica los tres operadores de telefonía celular ICE/Kolbi, Claro y Movistar presentaron recientemente LTE; mientras que en Guatemala Tigo y Telefónica hicieron lo propio; el último de los países de la región en sumarse a este esfuerzo es Panamá, donde Cable & Wireless y Movistar ya tienen disponible esta tecnología. Pero la historia no es la misma en El Salvador y Nicaragua.

“En el caso de El Salvador el conflicto principal es la disponibilidad de espectro radioeléctrico. Este país no ha asignado espectro desde hace 10 años, eso significa que los operadores, aunque quieran desplegar LTE, no tienen espacio en donde hacerlo. Por su parte, Nicaragua está realizando pruebas y se espera que este mismo año lancen el servicio”, puntualiza José Otero, director de 4G Americas para Latinoamérica y Caribe, organización que reúne a los proveedores y operadores inalámbricos del continente.

En tanto la banda ancha fija en Centroamérica “alcanza una penetración de 28%, mientras el promedio de América Latina es de 37%, pero la tasa de crecimiento en el istmo es mayor al resto de la región, ayudando a reducir la brecha año con año”, explica el ejecutivo de Alcatel-Lucent.

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Acercando comunidades

Un factor que ha jugado en contra es la falta de infraestructura eléctrica en muchas zonas rurales de América Central, repercutiendo en los esfuerzos de ampliación de la cobertura de la red. Pese a ello, es un hecho que la banda ancha es clave para cerrar la brecha digital.

“En las zonas en donde comercialmente los operadores no quieren o no pueden entrar, el gobierno debe pensar en mecanismos de subsidio e inversión para participar en conjunto con la iniciativa privada facilitando así la penetración de banda ancha en los territorios más remotos”, comenta Juan Pablo Blanco.

Los operadores rurales –agrega el ejecutivo de Alcatel Lucent– deben intentar mejorar su oferta de servicios para mantenerse competitivos, sin incrementar de manera importante sus precios. La banda ancha móvil aparte de ofrecer mayores velocidades de conexión crea una presión en el ecosistema de la banda ancha fija para que los operadores de este servicio mejoren su oferta, en términos de velocidad y precio. De otra forma, la gente se va ir con la compañía de telefonía celular.

Más allá de una guerra de precios, esta tecnología permite llevar a las poblaciones más alejadas programas de teleducación, telemedicina, inclusión financiera, etc. En diferentes países del hemisferio latinoamericano se han implementado, por ejemplo, programas de inclusión financiera.

Por medio de un teléfono celular básico (feature phone) vinculado a una cuenta bancaria pueden enviarse SMS para hacer depósitos, pagos o transferencias de dinero; también a las personas que viven en comunidades aisladas se les puede depositar el pago de pensiones o de algún programa social, etc. Mediante mensajes cortos se les avisa si existe riesgo de algún fenómeno meteorológico que pueda afectar la comunidad, como la llegada de un huracán o posibles inundaciones provocadas por lluvias fuertes.

En telemedicina se han creado programas para ofrecer seguimiento automatizado a pacientes con enfermedades crónicas mediante llamadas de voz, mensajes SMS e historias clínicas basadas en la web.

Mencionar todos los ejemplos que existen alrededor de la inclusión digital sería interminable, pero muchos programas de este tipo podrían ser implementados en el istmo para mejorar las condiciones de vida de la población más vulnerable. “Centroamérica puede explotar mucho más el tema de la banda ancha”, asegura el ejecutivo de Ericsson, compañía que ha implementado proyectos en diversos países de América Latina, donde a través de esta tecnología se ha mejorado el servicio de transporte público.

 

Impulso en tres frentes

Llevar a cabo este tipo de proyectos requiere del interés no sólo de los empresarios, sino también del gobierno y de la creación de asociaciones público-privadas que permitan conjuntar esfuerzos para incentivar la penetración de la banda ancha.

José Otero de 4G Americas lo tiene claro: “El gobierno tiene que asignar espectro. Para las zonas rurales debe ser en banda baja porque tienes más propagación, por eso en todo América Latina se habla del ‘dividiendo digital’ para reasignar la banda de 700 MHz (esto consiste en reducir el espectro radioeléctrico dedicado a la tv, migrando hacia la televisión digital) para que la puedan utilizar en servicios de telecomunicaciones.

Otro elemento que podría contribuir a incentivar la penetración de la banda ancha es el cambio en los reglamentos de construcción, donde se especifique que los edificios nuevos deben tener en su diseño un tendido de fibra interior. “También se pueden involucrar a las municipalidades para incentivar a las empresas de servicios públicos a desplegar tuberías que permitan el tendido de nueva fibra, porque el costo más alto del tendido de una nueva red de banda ancha fija está justamente en desplegar estas redes en las ciudades”, agrega el directivo de Alcatel-Lucent.

Por esta razón cada vez es más común que compañías como las distribuidoras de energía eléctrica o gas utilicen los activos que tienen, como son sus ductos en las zonas urbanas, para que por ahí corran fibra óptica y los costos del tendido se reduzcan. Esto está dando entrada a nuevos jugadores en la industria que pueden participar sólo como intermediarios, incluso algunos de ellos están buscando concesiones para poder ofrecer servicios de manera directa al usuario final.

A nivel nacional –dice Blanco– es importante que el gobierno busque los caminos adecuados para desarrollar una red dorsal, que esté planificada a largo plazo para que pueda soportar el incremento en la capacidad de carga de datos que se espera para los siguientes años.

En el caso de la banda ancha residencial, se espera un crecimiento de 10% anual para los siguientes cinco años y la expectativa es que de aquí al 2020 la cantidad de información que cada casa genere se multiplique por 10. Esto representa un crecimiento exponencial en el volumen de datos corriendo a través de las redes de telecomunicaciones.

De hecho, ya hay esfuerzos como los de Redca (empresa considerada carrier de carriers en Centroamérica), que recientemente lanzó una red de fibra óptica de alta capacidad de 1,800 kilómetros de largo, la cual está instalada sobre el Sistema de Interconexión Eléctrica de los Países de América Central (SIEPAC), cubriendo con ello desde Guatemala hasta Panamá.

La banda ancha lanza una promesa a la que pocos países podrían resistirse: el crecimiento directo de sus economías. Para Centroamérica, además, representa la oportunidad de ser competitiva y permitir que su población no se rezague.

 

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