Por: Gerardo Islas Maldonado*

Puede ser que ellos sean el mejor ejército 

del mundo pero nosotros 

somos los mejores hijos de México”. 

Fragmento de la carta enviada por el general 

Ignacio Zaragoza al presidente Benito Juárez

 tras la victoria en la batalla de Puebla. 

Mayo de 1862.

Al recordar la historia de México un mosaico de hechos, ideas, héroes, traidores, momentos, guerras, personajes, mitos y leyendas brotan a la mente. México cuenta con una riqueza histórica incomparable, una cierta magia indescriptible habita en los relatos históricos de nuestra nación. 

La grandeza cultural del México prehispánico, la conquista, la independencia, los caudillos, la república de Juárez, el porfiriato y sus consecuencias revolucionarias, son ejemplos de la vasta y fascinante historia de México. 

La lista es grande y multifacética, pero existe una historia que es ejemplo histórico de grandeza y gloria mexicana, una historia de altura: la batalla del 5 de mayo de 1862 en Puebla. 

En 1862, la situación de México era crítica, recién se había perdido la mitad del territorio, acababa de suceder la Guerra de Reforma, la cual había dividido al país entre liberales y conservadores. 

Debido a los conflictos, gran parte de México estaba destruida y sumergida en la pobreza. El 70% de los recursos económicos se iban al pago de deudas externas que tenía con tres potencias europeas: España, Inglaterra y Francia.

El presidente Juárez tomó, entonces, una decisión determinante: México suspendería los pagos de la deuda externa para poder reconstruirse. 

Ante ello, la reina de España, Isabel II; el emperador de Francia, Napoleón III y Victoria, reina del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda; suscribieron un acuerdo diplomático, conocido como la convención de Londres, por medio del cual las potencias europeas movilizaron a sus mejores tropas hacia nuestro país. 

Estando aquí, Juárez invitó a los representantes de esas naciones a dialogar y llegar a un acuerdo. Por medio del Acuerdo de la “Soledad”, España e Inglaterra optaron por retirar a sus tropas. Sin embargo, los franceses, dando por sentado que ganarían, decidieron permanecer en México y concretar la invasión.

El ejercito francés, comandado por el Conde de Lorencez, era en ese momento el mejor ejercito del mundo, el más experimentado y el más eficaz en el campo de batalla. El olor a derrota era respirado por el pueblo mexicano y el gobierno de Juárez. 

Las tropas mexicanas estaban conformadas, principalmente, por voluntarios. Esos voluntarios eran, en su mayoría, personas que nunca habían utilizado un arma, es decir, sin instrucción militar alguna. Por otra parte, el ejército francés estaba conformado por veteranos de guerra que habían luchado en guerras tan trascendentales como la de Crimea.

Era evidente que el ejército mexicano, de creación improvisada, con pocas municiones y artillería vieja, no tenía oportunidad contra semejante enemigo. Sin embargo, el ejercito mexicano tenía algo que los franceses no tenían: la unión entre las características del mexicano (la sabiduría, la confianza, el coraje, la humanidad, etc.) y su voraz hambre de triunfo. 

Contra todo pronostico, nuestro país, con ese espíritu triunfalista que lo caracteriza, se unió ante un adversario más poderoso y logró vencerlo. 

Hoy, a 158 años de aquella gesta histórica, México se enfrenta a una nueva batalla; esta vez el enemigo es microscópico y nuestro ejercito de batas blancas. 

La pandemia del Covid-19, ha cobrado varias muertes por todo el mundo, ha impactado profundamente y de diversas formas en nuestro presente y futuro, principalmente en materia económica, y nos ha puesto a prueba a todos como sociedad. 

Por si no fuera suficiente, la polarización se propaga a la misma velocidad que el virus, y amenaza con romper la unidad nacional. 

Ante la complejidad del reto colectivo por delante y en medio de una dura batalla epidemiológica, recordemos la batalla de Puebla del 5 de mayo de 1862, la cual nos dio una gran lección histórica de cómo por medio de la unidad y de la voluntad de ganar podemos vencer cualquier adversidad. 

La pandemia representa un enorme reto colectivo pero también traerá consigo oportunidades que podemos aprovechar hacía el futuro, se están abriendo un amplio espectro de nuevos sectores económicos en virtud de los recientes hábitos y patrones de consumo, así como de la rearticulación de cadenas de valor en los mercados. 

Bien decía Octavio Paz que una sociedad se define por su actitud ante su pasado y su futuro. En nuestras manos está el futuro de México, estamos a tiempo de convertirnos en el ejemplo mundial del país que logró unirse para enfrentar y vencer al Covid-19 y que aprovechó las oportunidades generadas a partir de un periodo de crisis para iniciar su proceso de convertirse en potencia moderna. Ya la historia nos juzgará. 

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